Lo más sorprendente de Berlín es que sea la ciudad que es, después de haber sido totalmente destruida en la Segunda Guerra Mundial.
De la nada a que quedaron reducidos edificios y monumentos surgen, reconstruídas, la Catedral de Santa Eduvigis(católica), la Catedral deBerlín(luterana), el Bundestag, con una moderna cúpula de cristal diseñada por Norman Foster, las iglesias gemelas de Gendarmenmarkt y cientos y cientos de edificios más.
Incluso el Altar de Zeus y Atenea del Pérgamo Museum, que trajeran piedra a piedra desde Pérgamo, Turquia, a partir de 1878 y que hoy tanto admiramos, lo habían desmantelado en 1945 las tropas soviéticas, y llevado al Museo Hermitage de S. Petesburgo.
Y si te pasa como a mí que la Puerta de Brandemburgo me pareció poca cosa (quizá la tuviese magnificada después de verla en reportajes y películas) comparada con Puertas o Arcos conmemorativos de otras ciudades, piensa que Napoleón, que era hombre de buen gusto, se había llevado a París la cuadriga que la corona como trofeo de guerra.
Berlín vive hoy inmerso en el arte, en el culto por la obra perfecta. En el Neues Museum podemos admirar el magnífico busto de Nefertiti, a quien los berlineses llaman la bella de Berlín, y en la Gemäldegalerie contemplar detenidamente Los Proverbios de Bruegel. Desde el río Spree veremos grafitis sobre el Muro de la Vergüenza silenciando lo trágicos sucesos, así como dos siluetas metálicas de un hombre y una mujer abrazándose sobre las aguas, simulando, supongo, los dos Berlín, este y oeste, uniéndose. Por fin, por todas partes, encontraremos incontables galerías de arte exponiendo las obras más vanguardistas de artistas provenientes de todos los rincones de Europa.
Para los que nos gusta la ópera la ciudad cuenta con dos excelentes teatros, la Staatsoper Unter den Linden y la Deutsche Oper Berlin, con amplios y variados programas. Y para acompañar (o viceversa) una Berliner WeiBe –cerveza blanca berlinesa- nada mejor que un codillo con chucrut en un restaurante tradicional, Zillemarkt, por ejemplo.
