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         Había tres lugares imprescindibles en las islas de Filipinas -al volver de nuestro último viaje lo primero que hice fue buscar información sobre este país por el que, sin saber cómo, se me había despertado una insistente curiosidad-, y de entre esos lugares habia uno que destacaba entre todos los demás, El Nido. Centrada en ese lugar, encontré un montón de pequeñas islas próximas tan tranquilas y vírgenes como uno pueda imaginar esperando a  ser "descubiertas" por cualquiera que se acercase a ellas por poca curiosidad que tuviera. Entre ellas me llamó la atención una en particular, la pequeña Pangulasian, no tanto por la isla en sí -su tamaño era tan pequeño como la manzana donde se sitúa el edificio en el que vivo-, sino porque el hotel que la ocupa tiene la particularidad de ofrecer a diario una actividad muy recomendada por todas las páginas que consultaba, el "Hopping Island".

                    Nuestra villa estaba maravillosamente situada sobre la blanca y fina arena de la playa y a pocos metros de la orilla; arena que cada día aparecía surcada por nuevas huellas alargadas y puntiagudas de la larga cola de los lizards, habitantes genuinos de la isla, Estos lizards, más parecidos a dinosaurios enanos de larga y esculpida cola que a los propios lagartos, se alejaban con parsimonia cuando se percibían de la curiosidad que despertaban en nosotros. La villa se hallaba rodeada de palmeras que periódicamente eran "descocadas" por jóvenes empleados que trepaban por su tronco con inusitada rapidez, pues es sabido que cuando un coco maduro cae por su propio peso es capaz de abrir la cabeza a cualquiera que esté debajo por dura que la tenga. El primer día, apoyado sobre una rama, asomó un mono espiando nuestra terraza; sin duda protegía a su pareja que, aposentada en otra rama cercana, amamantaba a su vástago apenas más grande que una banana.

De ese modo transcurrían los días en Pangulasian al tiempo que, y siguiendo la recomendación sobre la práctica del  Hopping Island, embarcábamos temprano para zambullirnos en lugares llenos de peces; para descubrir islas solitarias con playas escondidas y aguas límpidas y tranquilas; para abordar altos farallones que ocultan en su interior hermosas lagunas de aguas color turquesa, o aquellos otros que solo se dejan traspasar a través de aberturas imposibles y que, colándonos por ellas, y ya en su espacio interior, nos sorprendían centenares de golondrinas que salían repentinamente de los nidos ocultos en las blanquecinas paredes interiores para revolotear sobre nuestras cabezas. En una ocasión, apenas iniciada la excursión junto a otras parejas, mi gorra recuerdo de Bali se la llevó el viento; sentí pena pero la nueva experiencia marítima le restó importancia. Al poco, el barco fondeó en mitad de la nada y el guía saltó al agua. Todos mirábamos a nuestro alrededor tratando de descubrir algo que pudiese haber motivado la repentina parada y el precipitado salto del guía al agua. Al rato, éste retornó al barco. Nadie de entre los pasajeros sabíamos a qué se había debido la parada hasta que el guía subió a bordo, chorreando agua, y dirigiéndose directamente a donde nosotros estábamos extendió hacia mí el brazo sosteniendo en la mano, choreando igualmente, mi gorra de Bali. Me la tendió como si lo que habían hecho tanto el capitán del barco como él fuera lo más normal del mundo: parar el barco y lanzarse al agua para rescatar una gorra, que se había llevado el viento, de una pasajera poco precavida. Sin embargo, aquel acto fue para mí una muestra de empatía y respeto que me emocionó. El guía se llama Manuel.

Las siguientes excursiones marítimas las haríamos en privado con Manuel como guía. Todas ellas escondían  algo fuera de lo común. Una vez saltamos al kayak delante de una roca compacta, nos dirigimos a su pared como si fuera a dejarnos paso libre a la evocación ¡ábrete sésamo! Y sí, había una falla a ras de agua por donde penetramos. En el interior había un pequeño lago y al fondo una franja de arena blanca. La sensación era de "descubrimiento" de un lugar exclusivo. Sin embargo, mi espíritu aventurero es de un alcance bien medido y después de dar un paseo por la playa y dar unas brazadas por el lago me dispuse a buscar la salida al exterior donde nos esperaba el barco. Manuel se me adelantó y me alargó una especie de mini boya  colorida atada a su cintura para que le siguiera  buceando pues la abertura por donde habíamos entrado no podría verla ya que ahora se encontraba bajo el agua.

Igual que esa playa escondida llegamos a otra con un solitario columpio sobre la arena colgado de la rama de un árbol. Me subí a él como si con ello volviera a mis años de niñez en el patio del colegio. Después el guía me condujo a un lado de la playa donde había una torrecita de piedras en equilibrio. Fui en busca de una que fuese plana y la deposité en la cima.

Cada excursión que hacíamos en el barco nos aportaba una experiencia insospechada como cuando nos detuvimos entre dos islotes. Dirigimos la mirada hacia donde señalaba el capitán, un punto del horizonte cercano. Se trataba de un perro de buen tamaño que iba andando sobre el agua. Mientras nos acercábamos en el kayak, intentaba recordar sin conseguirlo qué parte de la Biblia menciona el hecho de andar sobre el agua. La silueta del perro blanco que había visto desde el barco había desaparecido y creyendo encontrar el lugar donde lo había visto, puse los pies fuera del kayak y me dejé caer. Me quedé encantada al encontrarme caminando sobre el agua.

Hubo otros lugares mágicos en nuestras salidas diarias por el Nido, cada isla escondía algo especial. Sólo había algo que restó valor a mi experiencia: la no participación de Jacobo en algunas de ellas debido a su movilidad reducida; aunque siempre me esperaba a bordo con una sonrisa compartiendo mi alegría.

Me gustaría seguir relatando desde aquí el descubrimiento de otros lugares de este fantástico país que es Filipinas cuyas gentes son tan apreciadas por todos los que hemos tenido la ocasión de tener contacto con ellas. Así que ¡hasta pronto!  

 

        

 

 

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Tag(s) : #De Aventura, #Descanso, #Naturaleza, #Playa, #relatos
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