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Santiago de Compostela-Galicia (España)1

 

Un Peregino muy especial para mi amiga:


   Fue en la primavera del 68, cuando el pistoletazo del mayo francés; lo recuerdo bien por lo que luego te contaré. Me dirigía por la Rúa de San Francisco hacia la facultad desde la residencia.

   El empedrado estaba aún mojado y brillante por la lluvia que había caído durante la noche; pero había salido el sol, y los peregrinos, con sus estrafalarios ropajes, avanzaban con andares cansinos para asistir a la misa del peregrino en la Catedral; de modo que tenía que sortearlos si no quería llegar tarde a clase. Sin embargo, su presencia no me molestaba, al contrario, los admiraba por ser capaces de lanzarse a la aventura del Camino.

   Un peregrino se agarró a la verja, mirando hacia arriba los escalones que tendría que subir; y, exhausto, con la ropa empapada de lluvia se dejó caer lentamente. Sentí su desaliento y casi de inmediato me dirigí allí para ayudarle a incorporarse, como haría con cualquier anciano, y recorrer lo poco que le separaba de su objetivo final.

   La Catedral estaba casi llena. La luminosidad dorada que brotaba del altar mayor, a los pies del Apóstol, se extendía a  todos los rincones y capillas, y el gigantesco Botafumeiro, que subía y descendía volando de nave en nave, exhalaba en el aire su hálito de incienso formando etéreas nubes que caían suavemente sobre las cabezas de los fieles. El Peregrino se enderezó para observar las esculturas del Pórtico de la Gloria y... ¡oh!, ¡milagro!, el que yo creía un anciano se había convertido en un hombre fantástico. Su cara se llenó de alegría y me dedicó una encantadora sonrisa.

   Santiago de Compostela-Galicia (España)2Entretanto, los grises disolvían una manifestación por La Herradura repartiendo palos a diestra y siniestra. Yo, como casi siempre ocurría, por una razón u otra -esta vez gracias al Peregrino-, me había librado.

   Pero después del incidente en la Facultad de Ciencias en que el decano, totalmente fuera de sí, dio una bofetada al muchacho que presidía nuestra asamblea de delegados (un alfeñique comunista a quien nadie recordaba haberle conocido antes de las revueltas), las protestas aumentaron de tono, había manifestaciones a diario y nos pusimos en huelga; las clases se suspendieron indefinidamente. Un grupo numeroso de estudiantes consiguió encerrarse en la Universidad Central y la represión de la policía en la calle era cada vez más contundente.

    Una de las tardes en que volvía de llevar comida a los que permanecían encerrados en la Central, me crucé con un grupo de compañeros que huía de la policía a caballo que les perseguía. Aún recuerdo el zumbido de una porra cimbrear sobre mi cabeza cuando alguien se me vino encima; cubriéndome con su cuerpo, en un abrazo fuerte, me arrastró lejos de las patas de las bestias. Yo temblaba como si estuviera helada de frío, acurrucada, hecha un ovillo contra el pecho fuerte, amplio y acogedor del hombre que me había salvado; aunque aún no había visto su cara, sabía que no podía ser otro que el Peregrino. Permanecí así durante un tiempo que no sabría precisar. Hasta que, con una dulzura conmovedora, me empujó la barbilla hacia arriba obligandome a mirarle; fue entonces, cuando me aventuré a explorar en sus ojos oscuros, que eran como puertas abiertas a través de las cuales pudiera yo entrar, caminar hacia el interior de un recinto donde habita la sabiduría, el hombre eterno. Oí que me hablaba, lo hacía con tanta ternura que estaba asustada, jamás había oído a nadie decir cariño mío con tanta necesidad.

    Incomprensiblemente, me eché a correr.

    Pasé el resto de la tarde en mi habitación de la residencia sin poder pensar en otra cosa que no fuera en esas dos palabras.

    No volví a verlo. Durante un tiempo soñaba todas las noches con él; a menudo asaltaba mis pensamientos estando despierta. Y sus ojos se interponían a cualquier otra mirada ya fuera del profesor de Algebra o de compañeros de clase; de los tunos que iban a darme serenatas a la puerta de la residencia o de los chicos con quienes bailaba en la discoteca, me acompañaban al cine o paseaba.

    A punto de convertirme en una máquina insensible al mundo real que me rodeaba, la mirada de un hombre nuevo apagó la suya; sus ojos, además, eran bondadosos.

    Sentimientos poderosos aplastaron las  dos palabras, palabras eternas, y su sonido fue a refugiarse en el lugar más apartado de mi cerebro.

    Santiago de Compostela-Galicia (España)3Cuando le hablé de mis antiguos ensueños al anciano sacerdote de la Catedral que me confesaba (requisito imprescindible para recibir el sacramento del matrimonio) su voz se dejó oír por todo lo ancho, alto y largo de la iglesia; dos viejecitas despertaron de sus rezos y me miraron escandalizadas; aunque su escándalo fue infinitamente menor que el mío; nunca más volví a confesarme.

    Durante la primera noche (como bien sabes, antes, la primera noche y la primera vez eran la misma cosa; para nosostras, se entiende), hubo un momento en que miré por la ventana por encima del hombro de mi marido. Fuera, el cuadrilátero de la plaza del Obradoiro, envuelto en una sombría neblina húmeda por el orvallo, estaba vacío; la luz de las farolas desvaída; la silueta de la Catedral difuminada, oscura. Al día siguiente se llenaría de luz y ríos de peregrinos acudirían a abrazar al Apóstol. De pronto sentí que algo se retorcía dentro de mi garganta y retrocedí meses atrás, a ese mismo lugar. Allí estaba, agarrado a la verja, mirando hacia arriba donde la pétrea fachada aguardaba inerte a que cumpliera su mística promesa; después subió y se transformó; y cuando eché a andar por el camino interior de su mirada y me ofreció sus palabras, un vínculo  incorruptible unió mi alma a la suya.

 

Santiago de Compostela-Galicia (España)5

 

 

Vídeo de Santiago:

 

 

 

Vídeo del Botafumeiro

 


 

 

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Tag(s) : #Religión

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