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Isla de Pascua8 (2)
 

Después de recorrer un tramo de costa, habíamos tomado la carretera que llevaba al interior de la isla con la tácita promesa de encontrarnos por fin con los moais miles de veces retratados.

Pasamos por entre unas rocas negras a un campo amplio cubierto de hierba sedienta. Al fondo del tapiz verde amarillento que recorría la llanura, subiendo y bajando por las ondulaciones del terreno, la hierba se encaramaba por la ladera de una montaña coronada de grandes piedras negras.

-Ese que ven ahí es el volcán Rano Raraku –dijo Claudia señalando la parte superior de la montaña. Y advirtió-: ¡Prepárense! Van a subir hasta allá arriba.

El camino no era muy empinado y tenía el aliciente de que a su lado y salpicando la ladera podía vislumbrarse que los prometedores puntos negros entre la hierba no serían otra cosa que cabezas de moais perfectamente distinguibles y bien conservadas. (No eran piedras negras semi-amorfas como las que viéramos hasta entonces, en las que para distinguir en ellas la cabeza de un moai había que echarle mucha imaginación o estar muy habituado).

¡Moais! ¡Por fin!

-¡Vamos! –Animó Claudia abriendo la marcha- ¡No tengan miedo!: Es un volcán inactivo ¡Ja, ja!

Avanzábamos por la pradera encandilados por la cantidad de moais que nos esperaban un poco más arriba.

-¡Ah, y aquí no tienen que preocuparse! –dijo animosa. Parecía como si los rayos de sol del mediodía hubiesen calentado su ánimo y la hacían mostrarse más relajada-. Pueden tocar cuanto quieran, estos moais no son sagrados. ¡Ja, ja!

¡Vaya! ¡Allí había moais pero no eran sagrados!... ¿Pero es que en esta isla no hay nada perfecto? ¿Todo ha de tener pegas?: Te reciben con collares de flores, sí; pero después de un generoso fumigado. Hotelito encantador y pulcro, sí; pero al atardecer has de contemplar  el puntual desfile de cucarachas. Piscina natural, entre rocas, sí; pero no dejes de vigilar la ola que acecha al otro lado. Piedras, sí, a montones;  pero eran sólo restos de ahu y trozos de moais abandonados boca abajo y amontonados. Moaís enteros, sí, ¡por fin!; pero “estos no son sagrados”. ¡Uf!... ¿Y para cuándo los ahu sagrados con sus moais enteros y santificados?

-¿Por qué éstos no son sagrados? –pregunté cargada de decepción.

-Porque fueron abandonados antes de ser adjudicados a ningún ancestro. Pero no se preocupe, hoy podrán ver varios enteros, santificados y en su ahu. Pero no aquí, en otro sitio. ¡No ponga esa cara, mujer! –dijo cogiéndome la mano-. ¿No se da cuenta? ¿No comprende que al no estar santificados podrán tocarlos? ¡Toque, toquen cuanto quieran! ¡Ja, ja!

Siendo así…

A medida que nos aproximábamos al cráter, la alfombra parduzca se volvía más rala hasta dejar su espacio al negro grisáceo del suelo volcánico. Claudia, que había subido sin detenerse, esperaba allí donde la montaña se convertía en un cúmulo macizo de roca basáltica.

-Ahora verán algo que les sorprenderá. Aquí está el secreto tan bien guardado: nos encontramos en la fábrica de moais.

-¡¿Fábrica de moais…?! -se oyó decir por varios del grupo.

-Así se procedía, esculpiéndolos directamente en la pared de piedra del volcán. Observen la parte que todavía le une a la roca –dijo señalando el dorso de la estatua-: es la quilla; se la dejaban en la espalda para moverlos montaña abajo.

“¡Nada de intervención extraterrestre! ¡El derrumbamiento del mito!”, pensé.

Miré estupefacta hacia donde Claudia señalaba. Sin salir de mi asombro, me quedé contemplando aquella gigantesca escultura, de más de 20 metros de largo, esculpida en el cuerpo basáltico de la montaña. Era un moai yacente, un moai sin terminar encadenado al volcán para siempre.

-Estos moais pertenecen a la última época del megalitismo. Quedaron así, sin terminar, cuando los isleños cambiaron la antigua religión, que veneraba a sus ancestros, por el culto al dios Make Make. Ya les expliqué cómo la sociedad rapanui estaba dividida en familias o mata. Cada una levantaba un ahu  sobre el que se alzaban los moais representantes de los ancestros más importantes. Los ponían de espaldas al mar y  mirando hacia la aldea para transmitirles mana, buena suerte. Por eso los hacían cada vez más grandes –levantó ligeramente la voz para que le escucharan los que se hallaban más alejados. Y prosiguió-: Pero ese culto a los ancestros requería mucha mano de obra, y los isleños abandonaban el cultivo de la tierra y la pesca para ir a trabajar en las canteras. Como consecuencia de eso se produjo una gran hambruna lo que desencadenó luchas entre familias. El odio y el rencor se fueron enconando y se desencadenaron verdaderas batallas. Destruían los ahu de las familias enemigas y derrumbaban sus moais para privarles de la protección de sus ancestros evitando que manara hacia ellos la buena suerte.

Ahora me explicaba el estado de los anteriores ahu, testimonio de  la guerra entre familias. Como si supiera lo que estaba pensando, añadió:

-Ustedes ya han visto el Ahu Aka Hanga y  el Ahu Hanga Telenga, y cómo quedaron destrozados –se lamentó. Con el sol oculto tras una nube, Claudia pareció perder el buen humor con que había acompañado sus anteriores comentarios-. Las canteras,  como esta en la que estamos de Rano Raraku, fueron abandonadas. Moais, cada vez mayores, quedaron sin ser separados del cuerpo del volcán, y otros fueron  abandonados montaña abajo. Entre los siglos XVI y XVII la población quedó diezmada por las guerras y la gran hambruna que trajeron consigo; a consecuencia de lo cual se dieron casos de canibalismo.

Claudia había pronunciado la palabra tabú. Me sonó tan lejana y ajena como la aparición del primer hombre sobre la tierra. Me acerqué a uno de aquellos moais esparcidos por entre la hierba al que había faltado el halo de un ancestro deificado para convertirse en un sagrado moai. Pasaba de uno a otro tocando sus brazos indistinguibles pegados al tronco, sus labios prominentes que semejaban carnosos. Cuando es

 

taba a mi alcance, recorría su dorso nasal chato y puntiagudo con la punta de los dedos, y percibía la tibieza de las eflorescencias en su superficie excoriada. Podía sentir el velo de aire y tiempo, de oscuridad y tinieblas extenderse entre la piedra y mis dedos. Poco costaba imaginar los moais abandonados en medio del caos de aquellas luchas de antaño, perdidos entre nieblas grises y humo denso, brotando en una isla oscura herida de muerte. Y el manto negro y opaco se volvía  carne y cuanto más grandes eran sus cabezas más árboles morían; y los gritos de los niños rompían el aire y la carne reseca desprendía humores acres. Todo cuanto permanecía erguido era un esperpento.

El sol alumbró entre dos nubes, Claudia volvió a su risa floja y la seguimos en su ascensión  hasta el cráter.

 

Isla de Pascua16

 42. Moais santificados de Ahu Tongariki y Anakena   

 

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Tag(s) : #Insólito

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