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                   La mar estaba en calma, la escasa bruma se había levantado y no se avistaba ninguna otra embarcación. Pero sí empezaban a vislumbrarse oscuros promontorios, esparcidos de forma aleatoria, emergiendo a la superficie. En medio de gran quietud y silencio penetramos en un paisaje de ensueño: Ao Nang.

                    Altos y escarpados acantilados, algunos de más de 300 metros de altura, caían perpendiculares al mar y a las playas. Las playas, de blanca y deslumbrante arena, bañadas por aguas color esmeralda, llamaban con imperiosa fuerza a disfrutar de ellas. Viéndolas me sentí como hechizada sin poder apartar la vista, pero poco a poco me iba decepcionando al comprobar que las dejábamos atrás; haría falta otra vida para poder vivirla con más detenimiento. Impotente, me dije: <<Mucho mejor habrán de ser las islas Phi-Phi para pasar éstas por alto>>.

                    En un momento dado, cerca de Ko Hua Khwan y Ko Poda, apagaron los motores, echaron el ancla y repartieron tubos, aletas y gafas, para los que quisieran practicar snorkel. Aún estando casi templada, a esa hora cercana al mediodía, el agua resultaba refrescante (no sé cómo puede explicarse  pero así era) y la transparencia era tal que podían verse las arenas del fondo. Peces de atractivos y vivos colores -azul, amarillo, violeta...-, con formas inimaginables, con pintas o a rayas, se movían sin miedo a nuestro alrededor.                     
 De nuevo a bordo y después de saborear una jugosa y dulce piña tailandesa, continuamos la singladura. Con los ojos abiertos como platos, observaba los sombríos farallones,
semejantes a negros fantasmas, levantarse ante nosotros protegiendo mágicos y recónditos lugares.

                       -Miren a mi izquierda –dijo la guía, señalando con el brazo extendido-. ¿Ven esa cueva?

                       Una sucesión de montañas cortadas a pico, con grises laderas húmedas y resbaladizas, imposibles de escalar, se levantaban sobre el mar en perfecta vertical. En uno de aquellos farallones una abertura horadada en la pared rocosa, de más de veinte metros, daba paso a una cueva marina.

                       -En esa cueva hay nidos de golondrina. No sé si saben que los nidos de golondrina son muy apreciados en gran parte de Asia  para hacer sopa. Hay la creencia de que tienen poderes afrodisíacos; por eso alcanzan precios tan elevados. Las cuevas están vigiladas por guardias armados, se necesita un permiso especial del gobierno para montar los andamios de bambú que permiten escalar las paredes y recoger los nidos.                        Me quedé pegada. Alguna vez había oído hablar de la sopa de nidos de golondrina... pero había supuesto que no era más que el nombre cursi de una de pollo o verduras…, en ningún caso pensé que fuese la materia prima del plato. Cuando años más tarde la tomé en el restaurante Fangshan del Palacio de Invierno de Pekín, comprendí su fama: su sabor es… ¡realmente exquisito! (aunque no recuerdo nada referente a su otra característica, debió de pasarme desapercibida).

                        Dejamos atrás la cueva de nidos de golondrina para acercarnos a las islas Phi Phi. La más grande, Phi Phi Don, dividida en dos partes unidas por un istmo de un kilómetro de largo, está poblada por pescadores musulmanes, dispone de algunos hoteles y allí se encuentra la deslumbrante Hat Yao, la playa larga. Desde el mar, se veían verdear las montañas que bordeaban la franja llana, donde varias filas de palmeras se rendían al sol meciendo con desgana sus brillantes ramas: Era la bienvenida a los que, cual marinos homéricos, se dejaban arrastrar atraídos por tan seductora playa.
                         Al igual que Odiseo hizo oídos sordos al canto de sirenas, nuestro barco siguió de largo sin cambiar el rumbo Aquella visión perfecta, que la imaginación sola no podría inventar, empezaba a ser una tortura: quien tiene al alcance de la mano esos lugares, no se conforma con su contemplación, necesita acercarse, tocarlos, vivirlos; entrar a formar parte de su paisaje. Pero no sería hasta llegar a Phi Phi Ley, a cuatro kilómetros al sur de Phi Phi Don, donde el barco encararía proa hacia dos moles pétreas que surgían del mar como gemelos inmensos. Sus escarpadas paredes de escasa vegetación y más de trescientos metros de alto les confería el tenebroso aspecto de dos guardianes aparentemente dormidos. Sin embargo, al llegar a su altura y franquear el estrecho que los separaba, los gigantes de aspecto fiero parecieron convertirse en cómplices amigos protectores del visitante. Ante nuestros ojos surgió la joya que tan celosamente parecían guardar: el rincón más bello del mundo… quizás. No, ¡seguro!: el paraíso no solo existe en sueños y allí estaba una muestra; la espera había valido la pena.

                         Aquél lugar se llamaba Ma Ya Bay, una playa escondida, no muy grande, manejable, acogedora; protegida de la furia del mar y del viento (al menos, eso fue lo que creí en aquel momento. Un año después, cuando el terrible tsunami borró la isla del mapa, todos pensamos que desaparecería para siempre. Pero, afortunadamente, ahí está de nuevo para inspiración de soñadores y ¿por qué no? para turistas ávidos de paisajes bellos).

                         A pocos metros de la orilla bajamos del barco; el agua nos daba por la rodilla. No era de extrañar que aquél fuera el escenario de la película “La Playa” de Leonardo Di Caprio: El mar se acercaba callado, tranquilo, como pidiendo permiso; el azul oscuro quedaba fuera, parado a la entrada por su tono agresivo, mientras el verde esmeralda traspasaba la puerta entre las dos moles, suavemente, con calma; y, según se acercaba a la orilla, se volvía verde claro, transparente, brillante. Al deshacerse en espuma, era tan blanca y brillante como la fina arena de coral. Aquella era la playa más blanca y reluciente que jamás había visto.

                         El agua cálida y fresca a la vez, me sugirió un premio a algo bien hecho. Los peces, los dueños del lugar ¿se escondían o jugaban? entraban y salían de oquedades practicadas en las peñas; y los niños los perseguían. Nadamos despacio hasta unas pequeñas rocas con la misma seguridad del que nada en una piscina familiar; aquél lugar estaba protegido de forma natural.

                         En el único tenderete compramos lo que había: cocos recién cogidos. Nos sentamos en el agua de la orilla a disfrutarlos y a ver pasar el tiempo mirando a nuestro alrededor, adueñándonos del paisaje.

                          Llegó el momento de marchar. <<No quisiera irme nunca de aquí>>, me dije. Alonso pareció leer mi pensamiento:

                          -Uno nunca quisiera abandonar sitios como este.

                           Esperamos el barco sentados en la arena, intentando capturar el aroma, aprisionar el tacto y hacer indeleble el sentimiento. Los lugares especialmente bellos se amontonan en el recuerdo como las fotos en cajas, pero otros se mantienen claros y frescos como en un santuario. Aunque mil palabras no valgan más que una imagen, ni una imagen más que un instante de vida, la imagen aviva el recuerdo y las palabras lo enriquecen.

  41. De Laguna a Phuket town pasando por Patong

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Imágenes de otras islas:

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A Indonesia11Sulawesi

Tag(s) : #Cinematográfico

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