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A Myanmar (Bagan)1

 

Desde el mirador circular que hay en la torre color naranja, igual que la tierra que la rodea, veíamos cómo, a medida que el horizonte se convertía en una franja de luz ambarina, surgían siluetas plomizas, cada vez más lejanas, del que, por una mirada interior, preveíamos era un mar de pagodas. Lentamente, como desperezándose, se desprendían del velo de niebla gris que las cubría. Allí, en lo alto de la torre, soplaba un viento lo suficientemente fuerte como para impedir que el globo sobrevolara el yacimiento arqueológico. Desde luego era absurdo haberse levantado a las cuatro de la mañana sólo para comprobarlo; pero no había otro modo de hacerlo. Y allí estábamos, frustrados en nuestros planes de ver el amanecer navegando en globo, arrastrando un mal humor que ya venía de antes pues en Myanmar todos los vuelos son madrugadores y el que nos trajo la víspera de Mandalay a Bagan también había sido de madrugada. Todo ello mantenía a Alonso en un estado de malestar belicoso, lanzando improperios al viento, a la manía birmana de hacerte elegir entre o duermes o vuelas y a la precariedad del globo aerostático para el que sus responsables no tenian capacidad de predecir el comportamiento del viento. Un estado que sólo el bueno de Myint Khaing, con su irresistible simpatía birmana y el entusiasmo que puso en arrancar unos cuantos sones a una especie de arpa olvidada en un rincón del lobby, consiguió aplacar: Una vez que Alonso comprobó que podía dominar el rústico instrumento, se animó a interpretar algunas melodías, que sonaron a alboradas, y el amplio y solitario espacio del Aureum Palace se transformó en un auditorio sin paredes, abierto al campo.

De pronto, semejando a miles de brotes que asoman aislados por la superficie de la tierra, brotaron decenas de pagodas entre las franjas de niebla deshilachada. Tenían el mismo color ocre de los campos yermos y se distribuían al azar como si unas manos juguetonas las hubiesen dejado caer desde lo alto. Instantes más tarde, acariciadas por la luz dorada y los cálidos rayos del despuntar del día, nos ofrecieron el mágico aspecto, casi espectral, de una antigua civilización abandonada. Porque en aquellos parajes solitarios, privados de asentamientos humanos, parece que no haya más vida que la de algún ciempiés, reptil, serpiente o cualquier otro animal completamente mimetizado con el almagre de la tierra... Sin embargo hubo un tiempo antes del terremoto, antes de la invasión de los mongoles de Kublai Khan y antes de que la abandonaran los miedosos y los temerosos de los nats -espíritus que la poblaban- y de que los murciélagos se instalaran en ella hubo un tiempo, digo, en que en esta llanura situada en una curva del Ayeyarwady se encontraba la capital del imperio bamar donde además de pagodas había casas y palacios. Los palacios desparecieron porque eran de madera pero las pagodas construidas a lo largo de dos siglos y medio con materiales menos efímeros resistieron el paso del tiempo con todos sus avatares. Con todo eso, lo extraordinario de este sitio no es que se conserven sus pagodas, sino cuántas. El afán constructor que llegó a hacer de Bagan el lugar con mayor concentración de monumentos religiosos del mundo comenzó con la actitud excesiva, piadosa y desmadrada del rey Anawrahta. En lo político extendió su reino por los países vecinos hasta convertirlo en un imperio. Y en lo religioso abandonó el hinduismo y el budismo mayahana por el budismo theravada. Si bien este cambio en sus creencias religiosas no fue motu propio sino que lo hizo convencido por el monje que, a tal efecto, le había enviado Manuha, el rey mon del vecino país de Thaton. ¡Poco se imaginaba entonces el rey Manuha las consecuencias que su proselitismo acarrearía a su reino y a él mismo!. Y es que sí, Anawrahta se convirtió al tradicional theravada, pero lo hizo con tal devoción que ahora exigía al rey de Thaton que le enviase a Bagán no sólo los libros sagrados sino también importantes reliquias. Es comprensible que Manuha pasase por alto los deseos del recién convertido… Pero Anawrahta, enardecido por la nueva iluminación, reaccionó con apasionada y arrebatada piedad: Invadió Thaton para -como prueba de su fervor por el theravada- traerse a Bagán el libro sagrado Triptika, reliquias en poder el país vecino, a sus monjes y eruditos y hasta a su rey, el devoto Manuha. Todo ello con el encomiable objetivo de llevar a cabo una completa inmersión de su reino en el budismo theravada. Así, en el año 1057, se inició en Bagan lo que podría considerarse un furor constructivo de pagodas que duraría los doscientos años del primer Imperio Birmano.


Me preguntaba cuántas pagodas de las que siguen en pie –alrededor de la mitad de las 4400 constuidas- podríamos llegar a ver en los tres días que teníamos previsto permanecer en Bagan. A nuestro favor estaba el que la casita del hotel en la que nos hospedamos, situada a orillas de un lago de nenúfares, era vecina de dos estupas que había en la otra orilla donde comenzaba el yacimiento. Y cada día, desde la piscina, veíamos desbordar el agua hacia un paisaje sin fin donde las pagodas, que habían permanecido agazapadas en la niebla, cambiaban de color según la hora en que los rayos del cálido sol incidían sobre ellas.


Bagan

 

Vuelo en globo sobre Bagan:

 

Tag(s) : #En hoteles singulares - con anécdota

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