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Desde el Hotel River Club Livingstone

Africa del Sur. Zambia. Cataratas Victoria, Living-copia-3

Una silueta escuálida y oscura, recortada sobre la nube blanca de espuma pulverizada, semejante a Anubis a las puertas del Más Allá, marcaba el punto exacto del final de mi aventura como me señaló Levi: <<¿Ves aquél de allá?- dijo señalando la silueta oscura-. Es Mukombwe, ayuda a los que llegan a la Piscina del Diablo. Tenemos que llegar hasta allí, ¿okey?>>. Asentí dócilmente. Y mientras le seguía por el terreno de rocas duras de Isla Livingstone, calculaba con esperanza el peso de mi corazón, ¿sería ligero como la pluma de ibis o inclinaría la balanza para acabar en las fauces del chacal?

 Llegamos a la orilla, y sin más preámbulos, Levi se lanzó a las oscuras aguas del Zambeze. Me apresuré a seguirle nadando con todas mis fuerzas para no perder su estela a cuyo lado, río arriba y río abajo, oscuros remolinos y encrespadas turbulencias podrían tragarnos al menor descuido. Levi hizo una parada sobre una roca bajo el agua, no visible desde la superficie, y me reuní con él. A pesar de haber superado con éxito el primer tramo, la ansiedad por huir de la corriente dio lugar a que mi pie tropezara bruscamente contra la roca, lo que hizo que me sintiera torpe e incapaz. <<¿Estas preparada? –me preguntó- ¿Vamos?>>. Asentí con la cabeza, cuando realmente quería decir: <<“¡No!. No vamos. No imaginé que fuera así. Estoy muerta de miedo. Quiero volver>>. Pero volver atrás era tan absurdo como seguir adelante. Se lanzó al agua, convencido de que yo lo seguiría. Sin embargo, mis pies, afincados en la roca, se negaban a desprenderse de la seguridad que les ofrecía, y todo mi cuerpo temblaba, a mi pesar, como una hoja en medio de la tempestad; me castañeteaban los dientes como si el agua, que era cálida, estuviera helada.

Levi se alejaba rápidamente, no podía dejar de nadar a riesgo de que lo arrastrara la corriente río abajo, hacia las cataratas. Y no había ninguna roca intermedia donde esperarme. Yo desconfiaba de mi capacidad para vencer la corriente, temía no seguir la trayectoria adecuada dando el rodeo que él había dado, buscando los remansos. Cuando volví a verle se hallaba subido a una gran roca sobre las cataratas. Desbordado por la responsabilidad, me hacía desesperadas señales <<¿Qué pasa?>> parecía decirme, pues era imposible oír algo que no fuera el atronador ruido, persistente y amenazador, de la gigantesca fuerza al desplomarse. Salté al agua sin convencimiento, pero empecé a nadar hacia la roca con furia. Aún así, sin que pudiera evitarlo, fui arrastrada al borde de un remolino; aunque más bien me pareció que era el remolino que se acercaba a mí. Me vi completamente perdida, pero conservé la calma como quien conoce su final de antemano y se pone en manos del destino. Y, milagrosamente, pude zafarme. Al pasar junto a Levi agarré la mano que me tendía y conseguí encaramarme a la roca sobre la que él se encontraba. El corazón se me había acelerado. Habría llorado, y sin embargo me sorprendí riendo despreocupada.  Al otro lado de la roca se hallaba la Piscina del Diablo, una piscina natural sobre las cataratas. En ella se encontraba Mukombwe; allí había permanecido todo ese tiempo y hasta él debía nadar. Lejos de tranquilizarme me producía verdadero terror verle de pie en el labio mismo de la catarata. Un pequeño roce, un empujón y… <<¡Dios mío! ¿Pero qué estoy haciendo aquí?>> Di  unos pasos hacia delante y me tiré al agua, lejos del borde rocoso; en cuatro brazadas llegué hasta donde se encontraba Mukombwe. Me sujetó por los hombros para tranquilizarme. Miré hacia abajo y sentí una irresistible atracción. Pero aún así, bajo esa especie de hechizo, algo en mí se rebelaba contra aquella nueva forma etérea y cristalina, ligera como una pluma, en la que me había convertido, empeñada en deslizarse cataratas abajo con las encantadoras  burbujas.

 

 

Una explosión de vida llenó el aire de trinos mientras el sol, que comenzaba a asomar entre los árboles, le daba ese tono tan especial de los amaneceres africanos. Por eso había madrugado tanto. Pero era evidente que me había quedado dormida: El café se había enfriado, el jacuzzi había dejado de hacer burbujas y yo tenía la piel arrugada como una chufa. Entré en la cabaña y vi a Alonso hablando con Levi, que había venido a despertarnos y para decirnos que, si no nos importaba, saldríamos media hora antes; de esa forma veríamos con calma las Cataratas Victoria y podríamos llegar hasta la Isla Livingstone y nadar hasta la Piscina del Diablo.

 

Africa del Sur. Zambia. Cataratas Victoria, Living-copia-2

 

Vídeo de keti en la Piscina del Diablo 

 

 
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Tag(s) : #De Aventura

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