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Siria-Apamea1-copia-1 

 

 

Lo vimos de lejos, recorría la llanura en un acto de voluntad romántica impregnando la rústica altiplanicie, reverdecida de trigales, de una irrealidad sofisticada. Pero al acercarnos desapareció de nuestra vista como si nunca allí hubiese estado. Sólo restos de monumentos, tirados por el suelo, en completo desorden, semienterrados, aparecían agolpados en lo que debía ser la entrada. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba el cardo máximo con su gran columnata?  ¿Un espejismo? ¡Qué absurdo!

Sin embargo, aquella belleza excesiva, desubicada, fuera de todo contexto razonable, podría dar lugar a pensar así. “Tengan paciencia -pidió Ahmehd-, verán cómo valió la pena venir hasta aquí”. Traspasamos la Puerta de Antioquia siguiendo sus pasos, advertidos de la existencia de culebras y escorpiones escondidos entre las piedras; cerraba la fila Khaled que, ya dije, se había contratado con la agencia turística como conductor de furgoneta durante las vacaciones escolares (era profesor de inglés), de esa forma, además de ganar unas libras, hacía turismo con todos los gastos pagados. Me animó ver a Alonso, que se había adelantado, desenfundar su cámara. Cuando llegué a su altura, al levantar la vista del suelo…, allí estaba, el cardo máximo. Sus dos filas de columnas orillaban el empedrado gris dividiendo en dos el campo, que oleándose, mecidos los trigales por el viento, resaltaba la rigidez de los fustes y lo ajeno de la belleza estática de sus capiteles. Sus casi dos kilómetros de largo la convertían en la vía columnata más larga del mundo antiguo.

Recorrer el empedrado hollado por carros griegos y romanos crea una tensión comparable a transgredir una regla a escondidas; pisar el surco que siglos y terremotos respetaron, te convierte en dueño del pasado. En el siglo IV a. C. Seleuco, el más grande y poderoso de los diadocos, señor de la parte asiática del Imperio heredado de Alejandro, refundó la ciudad persa de Pella a la que bautizó con el nombre de Apamea en honor a su mujer (algo que repetiría en otras ciudades. También las ciudades de Laodicea y Antioquia, la capital política, deben sus nombres a Latakia y Antíoco, padres de Seleuco). Además de gran estratega, Seleuco fue un  gobernante respetado, no hacía distinciones entre sirios y griegos y los animaba a mezclarse. A pesar de verse inmersa en guerras intermitentes, la luz de la dinastía seléucida brilló a lo largo de dos siglos y medio. Atrapada  en guerras civiles, se apagó definitivamente en el 63 a. C. Y la región siria, la última porción del Imperio Helenístico seléucida, pasó a convertirse, bajo Pompeyo, en una provincia romana.

Tras el terremoto, en el 115 d. C., la ciudad de Apamea se reconstruyó con la monumentalidad que correspondía a una ciudad importante de más de cien mil habitantes. Las columnas hablaban del cambio: a medida que avanzábamos por el cardo, las inscripciones en las ménsulas dejaron de escribirse en griego para convertirse en dedicatorias a Trajano, Antonio Pío, Lucio Vero o Marco Aurelio. Los fustes, al principio lisos, aparecían ahora acanalados, y más adelante, jugando con la luz del mediodía, las estrías se retorcían abrazándolos, originando una tensión que nos empujaba a seguir adelante, a alcanzar la última de las columnas levantadas. No es sólo por sentido estético por el que nos sentimos atraídos por la arquitectura griega y romana, ni siquiera es su grandiosidad la que nos lleva a recorrer el mundo en busca de restos de sus templos y teatros, es el hecho de que, contemplándolos, nos convertimos en copartícipes y dueños de un pasado del que tenemos abundantes referencias. Conocemos su historia, sus triunfos y fracasos, sus traiciones, incluso algunos de sus secretos; el tiempo nos desveló sus maquinaciones y sabemos los asesinatos que cometieron; pero no los juzgamos, los estudiamos con curiosidad, del mismo modo que observamos un animal salvaje matar las crías de su pareja para eliminar el obstáculo que le impide aparearse.

Los claroscuros creados por la luz en las acanaladuras espirales, participaban del ritmo del oleado manto verde que rodeaba el cardo. Y de pronto…, un zumbido sordo, lejano; y la tierra tembló con violencia; unos segundos tan sólo. Todo se vino abajo. Las columnas se desplomaron, el templo de Tiké y las puertas de Emesa y Antioquía fueron derribadas, el gran templo de Zeus Belos desapareció y el pavimento del ágora se distorsionó como un papel doblado; el ninfeo, las casas, las tiendas desaparecieron tragados por la tierra; muchos ciudadanos perecieron sepultados por toneladas de piedras de la que había sido la hermosa ciudad de Apamea. Corría el año 1157.

 

Una motocicleta con dos individuos ofreciendo una vasija, supuestamente antigua, había sido el origen del zumbido que oyéramos cuando contemplábamos el efecto del sol en las canaladuras espirales de las últimas columnas del solitario cardo máximo.

Siria (Apamea, Ciudades Muertas...)11

 13. La "mansión" de Simeón. 

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Tag(s) : #Arqueológico

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