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Desde el Desroches Island Resort.

 

Nadando con rayas1

 

La primera mañana en la isla, mientras desayunaba pausadamente, observaba más allá de mi mesa el encantador grupo familiar de padres, abuelos y dos hijos que ocupaban el centro de la sala. Absorta momentáneamente en el chico -un atractivo muchacho de expresivos ojos castaños que guardaba cierto parecido con mi hijo-, me sobresaltó la discusión repentina que se había desatado entre él y su padre: << ¡Te aseguro, Adam, que como sigas así…, te meto en el primer vuelo que salga para Nueva York! ¡No te quiero conmigo mientras la extravagante de tu madre no te haya enseñado buenos modales!>>  Al parecer, el muchacho había volcado, sin querer, su bol de leche sobre la niña, que descubría apenada cómo su  bonito vestido azul se había convertido en un plato de cereales. Apretando los labios con fuerza, para que no se la oyera hipar, se dejaba consolar por su madre que le mostraba sus jóvenes ojos claros, tan azules como los suyos, y una animosa sonrisa. Seguida de la mirada impotente y suplicante del muchacho la mujer se levantó de la mesa y  tomando a su hijita en brazos abandonó la sala. Por su parte la pareja de ancianos, que ya se habían levantado para seguir a su nieta, contemplaba, con actitud distante y fría y mirada reprobadora, aquel pobre muchacho cuyos ojos oscuros y hermosos, brillando de lágrimas a punto de desbordar, suplicaban con abierta franqueza no representar por más tiempo el ingrato papel  que se le había asignado: el de un miembro agregado a  su media reconstituida familia, armoniosa –¿quizá?- antes de su llegada.

Cada mañana el muchacho neoyorquino dirigía su kayak hacia la misma zona de playa que habíamos descubierto el día de nuestra llegada. Recuerdo la impresión que tuve al ver a través del agua bamboleante, pero límpida y clara, aquellas pequeñas manchas oscuras del fondo (rocas, sin duda, había pensado…) que cuando me acerqué y quise poner el pie encima, se levantaron raudas –afortunadamente para mí- barriendo la arena con su cimbreante látigo, dejando tras de sí una polvareda  bajo el agua. Sin embargo a Adam no le asustaban las rayas, más bien podría decirse que anhelaba encontrarse con ellas. Una de aquellas mañanas le vi asomar por entre los cocos que separan la arena de la playa del campo y la villa. Le hice hola con la mano y él gritó levantando el caldero de peces que llevaba en la mano:  <<¡Comida para las rayas!>> Le pregunté si no le daban miedo, al fin y al cabo son animales salvajes. <<¡Qué va! ¡Son mis amigas! –respondió ufano- ¡Comen de mi mano!>>.

Un tercer encuentro seguido de una reveladora conversación tuvo lugar en la tarde del día siguiente. Esta vez Adam no venía solo, le seguía su hermana, algo alejada, dando cortas carreras para alcanzarle. Contó que el resto de la familia había acudido a tomar el té a la residencia del Presidente (la suya  y las casas de los trabajadores del hotel son las únicas viviendas que hay en Desrroches). También dijo que su padre, que había sido destinado a Mahé por su gobierno -el de EEUU-, conoció a Jenny a través del presidente de Seychelles. <<Luego se casaron. –Tras un instante de ensimismamiento, Adam añadió-: Yo no le caigo nada bien…. a Jenny, quiero decir. ¡Pero ella a mí sí! Cuando le hablé de mi aficción por las rayas, dijo que le encantaría nadar con ellas pero… ¡no le gusta bañarse en el mar! –rió burlándose - ¡Solamente nada en la piscina!>>. Se volvió haciendo un gesto a su hermana invitándola a que se acercara: se preguntaba si yo podría quedarme con ella sólo por un rato: << El tiempo que tardo en ir, dar de comer a las rayas y volver>>. Era una niña deliciosa, muy espabilada, y yo estaba encantada de pasar un rato con ella.

Desroches. Seychelles6Cuando Adam volvió no vino directamente a recoger a su hermana sino que, haciéndome hola con la mano, continuó camino de su villa que era vecina a la nuestra. También me sorprendió que en lugar de dejar el kayak en la arena de la playa, como era costumbre, continuara arrastrando la embarcación a través del campo hasta dejarla varada delante de su piscina. Estaba anocheciendo cuando se llevó a la niña. Dijo a modo de disculpa que había estado preparando una sorpresa a Jenny, su madrastra.

El mar brillaba bajo un cielo azul sereno, y tendida en la arena de la playa, con el agua cálida subiendo y resbalando por mi espalda, admiraba la inabarcable infinitud de la  las estrellas, que allí son otras distintas a las que yo conocía. Estaba a punto de volver cuando oí un grito procedente de la piscina de la familia americana. Luego silencio. Me preguntaba si al fin la madrasta de Adam habría conseguido nadar con las rayas.

Seychelles Keti 076 Vista Web grande

 

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