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  Isla de Pascua1 (3)

 

 

 

 

 

El recorrido debía haberse hecho a la inversa, empezar por los ahu más grandes e importantes y terminar por los de menor relieve y deshechos. Pero no fuimos consultados.

A unos cientos de metros del Rano Raraku pudimos divisar el ahu Tongariki, el mayor de la isla. Levantado al borde de la costa en la caleta Hotu Iti ofrecía una estampa tan fuera de toda lógica que por sí sola habría justificado el viaje a Isla de Pascua. Las oscuras siluetas de los 15 moais, alineados de espaldas al mar, recortadas contra el azul compañero inseparable de la isla, aguardaban hieráticos desde su posición inalcanzable de ancestros divinizados.

Al avanzar por la pradera y acercarnos a las megalíticas esculturas, se podía imaginar a los antiguos rapanui de aquel clan sentir el mana de sus ancestros fluyendo a través del iris de obsidiana de los ojos coralinos, ahora perdidos, de sus moais. Y si esa fuerza protectora, o mana, emitida por los moais se hallaba en proporción directa a su peso, sería un clan invencible frente a los clanes enemigos: ¡Había alguno que pesaba cerca de las cien toneladas! (si hemos de creer los datos de la reconstrucción del ahu llevada a cabo por los japoneses y la maquinaria que aportaron. Lo que a sabiendas de eso parece inconcebible es que las olas del tsunami de 1960 tuvieran la fuerza suficiente como para arrastrarlos, hasta 100 metros, al interior de la isla).

Aunque hubiese sido preferible permanecer más tiempo en la contemplación, abandonamos el lugar con el ánimo satisfecho, con las sensaciones apiladas como las hojas del libro que se está leyendo.

El silencio ayudó.

Pronto las imágenes huirían por las circunvoluciones cerebrales para alojarse en esa área remota de la memoria, tan selectiva como voluble e impredecible.

 

Si el ahu Tongariki  era el plato fuerte de la isla el que vino a continuación no fue de menor importancia.

Entre tantos volcanes, grandes o pequeños, campos sin árboles, pastizales amarillentos, acantilados a pico de una costa rocosa y severa… ¿puede haber mayor contraste que el resplandor de una pequeña playa de arena blanca y fina surgiendo al fondo de un inesperado campo de cocoteros?  ¡Qué sutil efecto de la naturaleza!

Atraídos por aquella belleza, sorteando árboles interpuestos, a punto se está de pasar sin ver el paisaje único e inspirador del ahu Nau Nau de Anakena; máxima expresión de la cultura rapanui. Como contemplando la vida comprensivamente, conscientes de que el paraíso había dejado allí una puerta entreabierta, los moais del ahu Nau Nau se alinean a un lado sin interponerse, sin  entrar a disputar el protagonismo con el rincón más amable de la geografía rapanui, la playa de Anakena.

De los seis moais del ahu Nau Nau, cuatro conservan el pukao, moño hecho con escoria ocre de la cantera de Panu Pau que representa la divinidad de los ancestros, al igual que el sombrero rojo con que se tocaba el ariki, el rey. A su vez les da un carácter festivo del que carecen aquellos otros (la mayoría) que están sin pukao. Sus facciones y la expresión –si se puede llamar así- de sus rostros son más suaves y distendidas que los que, para entonces, habíamos visto. Y es que habitar Anakena, el único lugar de la isla semejante a la Polinesia francesa, sin duda dulcifica el carácter, despierta el buen humor y te vuelve benevolente con el resto menos favorecido.

 Algunos expertos mantienen que los moais de Anakena corresponden a los seis primeros exploradores que descubrieron la isla. Cuando el Mariki Hotu Matu’a, allá por el siglo IV, tuvo que escapar de sus enemigos  de las islas Marquesas, los exploradores le hablaron de una isla a la que habían bautizado con el nombre de Te Pito Hewua, Ombligo del Mundo. Hotu Matu’a accedió a embarcarse junto a cien personas más entre hombres, mujeres y niños rumbo a esa isla. La playa de Anakena fue el lugar elegido por los exploradores para el desembarco.

De ser cierta esa teoría, sería aquel grupo venido de Polinesia el primero  en habitar Rapa Nuila, y Hotu Matu’a el primer rey de origen divino.

Entre los siete hijos que tuvo, Hotu Matu’a repartió el territorio. Cada hijo dio origen a un clan, y cada clan levantó su ahu.

Como soy de la teoría de no tomar postre cuando con el segundo me quedo satisfecha, el ahu de Anakena fue el último que vimos.

 

Isla de Pascua19 (2)

43. Al modo de Atamu Takena, ariki de Rapa Nui   

 

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Tag(s) : #Viaje Antropológico

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