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Desde el Bora Bora Pearl Resort & Spa

Bora Bora

 

De los diez o doce cielos de la mitología polinesia, el cielo de las nubes es uno de los más inteligentes. Para evitar que el sol atraviese con sus rayos la tierra y destruya a los descendientes de Tangata, el primer hombre polinesio, esparce pequeñas nubes blancas, brillantes y coquetas que jugando al escondite aplacan su fiereza. Porque cuando Tiki, hijo de Tane, dios del cielo, creó a Tangata a su imagen y semejanza modelando arcilla roja mezclada con su propia sangre, no lo proveyó de coraza ya que, en aquellos tiempos primeros, otro de los cielos, el cielo de la capa de ozono, aún no había sido agujereado.

Los días transcurrían en una paz solitaria, quieta y azul. La gente de la laguna que sin duda la había se esfumaba durante el día, se perdía en el interior de sus cabañas o bajo el agua, o simplemente desaparecía. Y entonces, todo lo que se veía: la playa con sus palmeras, los picos altos de la isla mayor, los peces de colores, que aunque libres permanecían día tras día bajo el suelo de nuestra cabaña, el azul claro de la laguna que recorríamos nadando o buceando, y el otro, el del horizonte cortado por el arrecife puntilleado de espuma blanca, todo, todo lo que abarcaba nuestra mirada mientras el sol brillaba en lo alto y el cielo de nubes bajas jugaba a ocultarlo formaba parte de nuestro dominio personal (aunque sólo fuera un dominio temporal).

Y metidos en el agua pasábamos el tiempo recorriendo nuestro solitario dominio: siguiendo a los peces de rayas amarillas y negras, o azules, hasta sus escondites entre los corales o dando de comer a pequeñas bandadas de peces plateados, que aparecían de vez en cuando, nadando hasta la orilla y descansando en alguna hamaca colgada entre las palmeras que sombreaban la playa; o, simplemente, disfrutando del puro placer de sumergirse en las límpidas, cálidas y siempre tranquilas aguas de la laguna. A ese placer se añadía que otros tres cielos parecían haberse confabulado para que nuestros días en Bora Bora fuesen perfectos: el cielo del viento que se ausentó durante todo el tiempo, el de los espíritus que nos mantenía relajados en el más completo silencio, y el más alto, el de la luz, habitado por dioses buenos y malos, cuyas decisiones sólo concernían a los polinesios.

Al igual que el fumador busca el humo después de respirar durante un tiempo el aire puro al que se halla deshabituado, así nos llegó el momento de ir a la ciudad en busca de bullicio. A bordo de una lanzadera llegamos a la isla mayor, en el centro de la laguna; y en pocos minutos, por una carretera apenas transitada, a la capital Vaitape. No era una ciudad propiamente dicha, era un puñado de casas bajas, un mercadillo de artesanía en unas chabolas y media docena de tiendas. Y el bullicio era el justo y adecuado; es decir, ninguno. Pero encontramos una tienda muy interesante, la galería de arte Tamanu. Las pinturas y esculturas eran de una francesa afincada en la isla; también regentaba la galería. Interpretaba el mundo de los polinesios con un estilo naïf conmovedor. Me gustó particularmente una maternidad que ahora ocupa un estante en la librería de mi dormitorio. Había una litografía dedicada a Tangaroa, dios del océano, donde unos peces se agitaban y saltaban fuera del mar rindiéndole honores, y una gran concha marina insuflaba a la laguna ríos etéreos de conchas diminutas y algunas estrellas. Me recordó a mi médica y su excelente labor profesional y la compré para ella.

En la conversación que mantuvimos después con la artista, Anita Le Falher, sobre lo maravilloso que debía resultar vivir en un lugar tan paradisíaco, recuerdo que dijo algo que me pareció chocante; recapacitando, no lo es tanto:

-Es un lugar muy bonito para venir de vacaciones; el lugar más perfecto y maravilloso del mundo, un paraíso –dijo vivaz. Pero dejando traslucir un sentimiento de melancolía, añadió-: Pero sólo para eso, para estar de vacaciones, para vivir aquí y trabajar no lo es tanto…; en todo caso sería un paraíso demasiado reducido.

-¿Reducido? ¿Con tanto cielo y tanto mar…?

-Bueno, sí. El cielo y el mar son infinitos…, pero eso es todo: cielo y mar, un horizonte demasiado uniforme, invariable. Opino que el paraíso perpetuo resulta aburrido, por definición.

Después de una pausa, como elucubrando, añadió:

-De lo contrario, ¿por qué Eva iba a hacer lo que hizo si no fuera por eso, por aburrimiento?

 

Volver al motu reafirmó mi desacuerdo con la opinión de Anita: tenía ante mí el “paraíso” y disfrutaba  con mi aburrimiento. Y al ponerse el sol, la dama de la noche tiñó de rojo los cielos que circundan los mares y la tierra, el mar se vistió de negro y el silencio quedó roto por el rasgueo de dos ukeleles. Y al igual que las mariposas nocturnas, invisibles de día y agolpadas a la luz en la oscuridad de la noche, así los habitantes de aquellos dominios se vinieron a la fiesta que precedía a la cena.

El último día en Bora Bora empezó muy tarde: el cielo más bajo de los polinesios, el que contiene la lluvia, se aplanaba sobre la laguna con un gris plomizo. Una pareja de nativos nos acercó el desayuno a bordo de una canoa; el hombre subió las escaleras hasta la terraza de la cabaña y allí nos lo sirvió. Su presencia oscura sobre el cielo de tormenta me recordó a Tawaki, el dios de los cuatro dedos, el que desencadena tormentas, rayos y truenos. Dicen que fue él quien, en la antigüedad, bailando sobre el pavimento de ese cielo que está compuesto de una sustancia transparente, semejante al hielo, desencadenó el diluvio. Ya no bajaríamos al agua. Absorbida toda la luz, todos los azules del mar y todo el sol de la Polinesia, pedí a Tawaki que bailase nuevamente. Sin duda debió de escucharme porque, de pronto, la laguna comenzó a cubrirse de pequeños cráteres azules que dejaban las gotas de lluvia al caer al agua.

Nos despedimos de los peces de nuestro dominio que, acurrucados bajo la ventana del suelo, esperaban las migas que les llevábamos todos los días. No tenían de qué preocuparse: otra pareja nos sustituiría en la cabaña y, al verles, levantarían el cristal del suelo y les darían trocitos de pan del desayuno.

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Tag(s) : #Relax

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