Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

Desde el Hotel Amazing Ngapali Beach. Myanmar

 

A Myanmar (Ngapali)14

 

La semana empezó bien, con pétalos en la cama y en el baño y globos de colores flotando por todas partes. Pero hay muchos hoteles donde hacen lo mismo. Aunque en éste las rosas se convierten en rosales y desgranan sus pétalos cada día. Su situación es fascinante; porque cuenta con casi todas las ventajas. Por un lado están las cálidas aguas del mar de Bengala, y, por otro, se halla en el estado Rakhine, una región aislada del resto del país por la cordillera de Arakan. Las invasiones turísticas suelen optar por quedarse al otro lado de las montañas, o se dirigen a hoteles de la vecina Tailandia, a playas mejor comunicadas y más explotadas. Así que el que viaja aquí con la esperanza de combinar exotismo y tranquilidad está bastante acertado. También el que saciado por la abrumadora presencia de pagodas del país, busca un lugar sencillo para retirarse, que no tiene ninguna de las características de, por ejemplo, Punta Cana, uno de esos sitios con bunker playero que impide al ambiente que lo rodea repercutir dolorosamente en la desprevenida conciencia del turista.

Bien, pues en este lugar de Ngapali, instalados en una placentera rutina, se nos proporcionaba todo lo que queríamos tener: una casita luminosa, palmeras cargadas de cocos -inquietantes cocos-,  desayuno en la piscina, alguna que otra langosta y pescado recién cogido… Pero, sobre todo, la franja de arena blanca y fina (esa que no quema por mucho que el sol abrase ni se levanta con el viento), con suaves ondulaciones anacaradas en la orilla que te quedas mirando mientras piensas: <<Dejaré el libro en la hamaca y me quedaré en esa bendita agua todo lo que queda de día>> .A-Myanmar--Ngapali-.jpg

La tarde, perezosa y somnolienta, se conmueve al anochecer como todos los días: miles de cangrejos, los huéspedes genuinos de la playa, levantan la arena sobre sus guaridas, y todos a un tiempo, como a toque de corneta, corren enloquecidos en todas direcciones -¿irán a por comida o habrán salido a buscar  pareja?, quizá sólo quieran tomar el fresco y verse con otros-. Quiero pasear entre ellos; pero al sentir las pisadas, corren timoratos a esconderse, desaparecen por el primer agujero que encuentran por minúsculo que sea. Y cuando en el horizonte los barcos de pesca encienden el mar con sus luces y miras fijamente el abismo y ves el cielo bajar engalanado con estrellas, piensas y te repites lo mismo de siempre, que tienes más de lo que puedes abarcar.

Por supuesto que esa deliciosa rutina, esa placentera sensación de vaciedad apaciguadora, algo así como los preciosos sentimientos después del amor, sólo duró los primeros días. Es impensable que Alonso pueda mantenerse dentro del estricto círculo vital al uso cuando intercambia un par de frases seguidas con la misma persona durante más de dos días, sea en un pueblo, en unos grandes almacenes o en un hotel del fin del mundo. Así que fuera por eso o por deformación profesional, desde el momento en que descubrió aquel gordezuelo garbanzo negro sobresalir primoroso del impoluto cuello blanco de la camisa del director del hotel, no  pensó en otra cosa que no fuera en extirparlo. La falta de instrumental apropiado no resultó ser impedimento suficiente y, atando un hilo al cuello de la verruga, la hizo desaparecer para siempre. La noticia corrió de boca en boca y las rakhine, mujeres al fin y al cabo, sienten la misma pasión por la cirugía estética que las europeas, americanas o tailandesas. Con esto se rompió la rutina. Y en la habitación ya no había sólo flores, también tartas, dulces y hasta un muñeco hecho a base de cocos. 

En Ngapali la vida de los nativos transcurre paralelamente a la tuya: pescan, cosen, cultivan, compran, cocinan para ti. No los ves si no quieres, porque estás en medio de una playa solitaria de 3Km de largo y ellos sólo van al mar a pescar. Pero basta con que te asomes al otro lado, a la carretera que corre paralela a la playa, donde el tráfico se reduce a un desvencijado autobús, una motocicleta de vez en cuando, alguna bici-taxi y raras veces un coche, y descubrirás, en parte, cómo son los rakhine. En los talleres, tiendas, pequeños restaurantes familiares o, simplemente, paseando, nada que desees les pasa desapercibido. A veces tienen su casa detrás de la tienda –tiendas que son tenderetes, pero que si juntaran su mercancía sería como un gran supermercado-. Una mujer escuchó las alabanzas que yo hacía del rico olor que llegaba desde su cocina, y cuando negociábamos con el marido el precio de un sombrero, salió de la trastienda y me ofreció un cuenco humeante de comida. Pero Alonso –le encanta el pescado- decidió que como tiene poco olfato y  yo en cambio disfrutaba ya de su aroma, debía ser él quien saboreara el guiso; me pareció justo. Cuando en una tienda me encontré sin kyat para pagar una bonita tela pintada a mano, tipo batik, que había elegido, una recepcionista del hotel que había terminado su turno, cambió de planes y en lugar de ir al café con sus amigos me llevó en su moto a la casa de cambio. Al volver, una vecina, la costurera del lugar, esperaba en la tienda para tomar mis medidas. Para llegar a su taller había que cruzar un solar maloliente frente a la lonja de pescado. Debí darme cuenta entonces y desistir: cuando trajeron al hotel el bonito longy, un persistente olor a pescado podrido había impregnado todas y cada una de sus fibras.

Una de las camareras que estaba aprendiendo español y se había autoproclamado nuestra guía y mentora, nos invitó un día a conocer Tandwe, su ciudad. <<En el café dan té de Yangón, el mejor de Myanmar>>, había dicho. Era sorprendente ver lo bajas que son allí las mesas y las sillas, casi a ras de suelo, como si les hubiesen cortado las patas por la mitad. La ciudad era un conjunto de casa bajas con techos de lata (brillaban al sol como diamantes desperdigados por el valle, vistos desde la cima de las colinas  a donde acudimos a visitar Nandaw Paya y Andaw Paya). Nos había llevado el chófer del hotel que ahora nos seguía por el paseo a bordo de un Mercedes negro, que a pesar de ser una reliquia de los años 50 tenía pasmados a los lugareños, más acostumbrados a las motos o a las bicis y a los carros de vacas que a los coches. A ambos lados del paseo (es decir, la carretera comarcal medianamente asfaltada) que hacía las veces de calle comercial, se situaban dos tipos de negocio: a un lado estaban los sin techo donde cada  dependienta, sentada en su banqueta sobre el suelo de tierra y hierbajos, ofrecía su especialidad: Una fábrica de fideos (una tina con fideos), una heladería (una tina con cucuruchos de colores y una heladera de camping),  restaurantes-mesa (una cocina-cacerola-fuente en el centro de una mesa baja rodeada de banquetas, donde una mujer cocinaba según los clientes iban comiendoA Myanmar (Ngapali)8). También había lugares más sofisticados: bajando por un caminito, varias carpas, una con pinchitos de todos los colores imaginables ¿de carne de qué…? Y a la izquierda los puestos con techo, o chamizos, con la tierra monda y lironda como suelo. Me preguntaba cuál sería la cafetería adonde nuestra mentora iba a invitarnos. Y bueno, fue uno de ellos. Juraría que las mesas con sus correspondientes sillas de plástico color rosa, procedían del embargo de alguna guardería infantil inglesa. Sin embargo, he de reconocer que a pesar  de lo incómodo que era estar sentados a una mesa de juguete, y del té en tazas de loza, si cerraba los ojos, podría creer sin dificultad que aquel dorado, cremoso y aromático té con leche había sido (si no lo es) la madre de una de las mejores variedades de té del Fortnum & Mason londinense.

Aquella semana en Ngapali fue como un sueño reparador, pues como escribiera Zweig respecto a los sueños <<el cuerpo reanimado encuentra un alma purificada y ligera, en vez de un alma saturada>>

 A Myanmar (Ngapali)15

  Imágenes del país  

Ver Imágenes del hotel


Tag(s) : #Rural

Compartir este post

Repost 0