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28. La Mágica Playa de Nuuroa


 

La mágica playa de Nuuroa

 

Había algo que nos empujaba a volver cada noche. Desde luego no estábamos solos ni nos sentíamos aislados. Pero el murmullo de las conversaciones era tan bajo que se podía sentir el suave golpeteo del agua contra los pilotes bajo nuestros pies, o  incluso, unos pasos más allá, el shrrr que hacía al lamer la arena de la orilla y al retirarse después.

A medida que la boullabaise o los fruits de mer  o el foie avec armagnac dejaban paso al fondant au chocolat,  y el aroma de la vainilla, el oporto y el café se fundían con los efluvios liberados por el balanceo del coñac, el silencio se hacía mayor y  los reflejos del mar ocupaban el espacio que iba quedando vacío.  Entonces, dejando resbalar la mirada por el brillo argénteo de la superficie azul oscuro del mar, manso hasta llegar a la franja coralina donde cabrilleaba formando rizos blancos, podía verse cómo, en el horizonte ennegrecido, desaparecía el mar confundido con la bóveda celeste. Desde allí, el azul volvía y, punteado de luces, se cernía sobre nuestras cabezas.

Aquel ir y venir del mar y el cielo, fundidos en un todo envolvente, convertía nuestra pequeña mesa en un punto anclado en el centro del universo.

Entonces comprendí a Gauguin y a los otros: extender la mirada cada día hasta el horizonte sin que nada ni nadie se interponga; sobrevolar el mar y saltar arriba, correr de constelación en constelación, admirarse con el resplandor que sólo allí alcanzan las estrellas; y volver al punto donde nos encontramos. Entonces, si aún somos capaces de vernos sin cambiar de magnitud, debemos volver a empezar.

 Aquella playa tiene un nombre muy curioso: Nuuroa que significa horizonte alejado: los pescadores, cuando estaban en la punta, tenían la impresión de que, desde allí, el horizonte se veía más lejano. Algo así sentía yo. Aquel pequeño mundo de nuestra mesa del restaurante de la playa se convertía cada noche en una balsa improvisada navegando hacia ese horizonte inalcanzable.

 Entonces ya no importaba que el mercado de Papeete estuviera cerrado y por  eso nos hubiésemos vuelto a la playa, ni tampoco que la civilización y el progreso restase romanticismo a la isla. Es cierto que a todos nos gusta lo auténtico, es decir, que los paisajes y las gentes sigan siendo como lo que eran cien, doscientos o quinientos años atrás; quisiéramos que el tiempo no hubiese pasado, que los nativos siguieran conservando sus costumbres y tradiciones y su antigua forma de vida para que nosotros pudiéramos verlo. Pero ése es, evidentemente, un pensamiento egoísta. Además, qué sería del turista que llega a Tahiti sin las cabañas levantadas en sus playas, o las otras, construidas sobre pilotes que como cuentas de un rosario se adentran en las aguas de la laguna protegida por la barrera de coral; y, a ser posible, con todos los servicios y la comodidad de los buenos hoteles. Aunque es cierto que las inversiones de capital europeo en el desarrollo turístico de Polinesia están demasiado presentes y rodean al viajero desde que pone el pie en la isla, ¿tendría Tahiti el mismo atractivo sin estos refugios de ensueño?

Quizá si, quizá podría atraernos de igual modo sin todo eso. Como atrajera al oficial Fletcher y a los demás marineros del Bounty, o a Gauguin, y más recientemente a Louis, y a todos los Louis que, embriagados por el perfume de las exóticas flores del jardín de Tahiti, abandonan Europa para hacer realidad su fantasía de vivir en una sociedad sana y sin malicia.

Cuando los últimos rayos de sol encendían las nubes y el aire se teñía de azules, amarillos y rojos, y todo lo que hasta entonces nos rodeaba desaparecía en la oscuridad convertido en sombras, y sólo el resplandor de las velas recobraba algún rostro, era, entonces, cuando el insondable infinito, acercado por la visión de miríadas de estrellas, adquiría ante nuestros ojos la dimensión que le corresponde en el mundo en que nos movemos. Cuando somos capaces de ver eso, sólo eso, nos acercamos a comprender la diminuta dimensión de nuestro mundo interno.

Sin embargo, a pesar de ese convencimiento, al bajar la vista y mirarnos hacia adentro nos vemos grandes, importantes, los seres más importantes del universo porque estamos convencidos de que hay Algo (alguien, ¿Él?), superior a todo lo demás, que nos escucha; incluso admite algunas de nuestras sugerencias. Debo volver a empezar.

Un lugar mágico la pequeña playa de Nuuroa.

¡Nana, Tahiti!

 29.Un collar de conchas en tahiti, un collar de flores en Moorea 

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Tag(s) : #Descanso

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