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Vietnam. Cocodrilos del Mekong1
 

En pocos lugares del mundo se pueden encontrar perlas tan grandes y tan perfectas como las australianas; eso todo el mundo lo sabe. Pero hay una piedra semipreciosa que en pocos lugares alcanza la belleza de las que se han encontrado en Australia: el ópalo.  Independientemente de su tamaño, lo fascinante de estas piedras es que no puede haber dos iguales, su variedad es infinita. En su pulida superficie pueden aparecer todos los colores del arco iris, o uno sólo con infinidad de matices. Pueden formar aguas tornasoladas o dibujos abstractos en colores puros; o reflejar tantas figuras como la mente sea capaz de imaginar. Siendo opacas y planas, combinan luz y color en ondas brillantes, a distintas profundidades, semejando ríos de aceites de colores en un lago iluminado por los últimos rayos de sol. Son tan sugerentes, con tan distintas cualidades unas de otras, que resulta difícil decidir cuál es la más perfecta. Por otro lado, la belleza del ópalo es difícilmente cuantificable y no se tallan como sucede con otras piedras preciosas por lo que valorarlo es bastante subjetivo. Particularmente, estuve a punto de sucumbir a la fatal atracción en una estupenda joyería de George Street si no fuera porque las cifras que barajaba su amable propietaria me dejaron completamente desubicada.

-Me habían dicho que el ópalo en Australia estaba más barato –me quejé al salir de la tienda.

-La gente dice cosas sin saber –aseveró Alonso-; y tú te lo crees todo.

Seguimos por la misma calle hasta unas galerías comerciales, QueenVictoria Building, un robusto edificio construido en el pasado siglo en sillería, y con entrada por varias calles. En el hotel nos habían dicho que lo que allí no hay es porque no existe (exagerando, supongo).Sydney1

Y yo tenía un encargo de María, mi mejor amiga. Tenía el capricho de un bolso de piel de avestruz, una piel rara y bastante cara pero que en Australia, le había dicho su madre, era  muy común.

El interior del edificio era muy luminoso (la luz entraba a raudales por el techo de cristal) y estaba bien conservado. Los pasillos que discurrían alrededor de cada una de las tres plantas estaban compartimentados en tiendas de todo tipo que, por las fechas en las que estábamos, aparecían decoradas con adornos de Navidad.

Después de dar vueltas y más vueltas, piso arriba piso abajo, llegamos a la conclusión de que en aquellos almacenes, donde se podía encontrar de todo, de piel de avestruz no había nada de nada.

-¿Con que es una piel muy común en Australia…? ¡Pues si!… –dije hastiada, renunciando a seguir buscando la dichosa piel.

Pero los australianos, no policías, son muy amables, pacientes y serviciales, y nos facilitaron la dirección de una tienda en una calle cercana.

Haríamos un último intento.

Moverse por las principales calles de Sydney es muy sencillo, están orientadas según los cuatro puntos cardinales. Así, St Pitt es paralela a George Street, y la tienda se encontraba en una calle perpendicular; era una calle corta y dimos fácilmente con ella. En el escaparate se exponían varios artículos de piel, bolsos, carteras… algunos en piel de avestruz. Nos recibió una joven pero enseguida vino a atendernos un hombre entrado en años, afable y hablador que chapurreaba nuestro idioma. Dijo que era el dueño de la tienda y que sus artículos eran de fabricación propia. De entre todos los modelos que nos enseñó, elegí uno ¡de piel de avestruz! en color natural y acorde con el estilo deportivo de mi amiga.

Mientras lo empaquetaban, me puse a curiosear por las estanterías repletas de bolsos y maletas.

-Es de cocodrilo –dijo al observar mi interés por un maletín negro y brillante en lo alto de una estantería. Mandó a la joven que lo bajase y dijo-: Aquí no tengo más que éste pero si le interesa… Tenga esta tarjeta -dijo pasándome una de un montón encima del mostrador-; es de mi yerno. Tiene una granja y también fabrica bolsos y maletas. Si va a estar por aquí unos días y quiere, puede enseñarle la granja.

-¿De cocodrilos?... ¡Noo, gracias…! Los he tenido demasiado cerca para que me gusten.

-Pues le voy a contar una historia –salió por fuera del mostrador y nos siguió hasta la puerta-. Pasó hace unos años en una granja de cocodrilos.

La historia que contó era más o menos así:

Un hombre y su mujer montaron una granja de cocodrilos en el este de Australia, donde había muchos. Como el marido se ausentaba largas temporadas recorriendo el país en busca de clientes, incluso había viajado a Europa, pusieron al cargo de la granja a Pierre, un robusto joven experto en la cría y cuidado de los animales. Después de tantas ausencias, ella y el cuidador de cocodrilos habían iniciado una relación amorosa. Un día llegó una carta del marido comunicando que volvía.

La mujer que había decidido abandonar la granja y marcharse con su Pierre, escribió una nota al marido rogándole que no la siguiera. Cuando hubo recogido todas sus cosas para marchar al día siguiente, bajó a la piscina a reunirse con su amante y liberarse del estrés que le ocasionaba la nueva situación.

Encontró sus ropas, pero a él no lo veía. Escuchó el rugido del motor  de un coche alejándose de la casa y miró en torno suyo. El terror la dejó paralizada: la verja que separaba la granja de la piscina estaba entreabierta. Entonces, sintió las aguas a sus espaldas agitarse con violencia. En medio de un torbellino, las fauces del padre de los cocodrilos asomaban a la superficie. Y, desesperada, se lanzó al agua para seguir el mismo destino que su amado.

Al terminar su historia en la puerta de la tienda (era tarde y ya iba a cerrar) preguntó:

-¿Se imaginan quién soltó los cocodrilos?

-El que huyó en el coche ¡claro!, el marido… –dijo Alonso.

-¡El marido, naturalmente!

-¿Y todo eso fue cierto? –pregunté.

-Salió la noticia en todos los periódicos: <<La propietaria de una granja ha sido atacada por uno de sus cocodrilos. A pesar de ello, el viudo no tiene intención de cerrarla; su socio, Pierre, seguirá al frente.>>

Le dejamos en el umbral de la puerta sonriendo socarrón.

Metidos en la noche, que avanzaba calle abajo por St Pitt hacia Sydney Harbour, las tiendas y la gente desaparecieron en la oscuridad y la calle vacía se llenó de extraños sonidos. Aún sabiendo que era imposible, me pareció escuchar el chasquido que hacen, al cerrarse, las mandíbulas del cocodrilo ¡Kkklaak!

 

Vietnam. Cocodrilos del Mekong2

 

 

22. Otras olas, otros jóvenes.

 

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Tag(s) : #Mercados y joyas

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