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Isla de Pascua16 (2)

 

  Veinte años después, los moai permanecían derribados de los altares. El megalitismo, como expresión política y religiosa, había sido sustituido por el culto al dios Make Make, vinculado a la fertilidad y la primavera, y por su principal ceremonia, el Tangata-Manu, relacionada con la llegada de las aves migratorias. La ceremonia del Tangata Manu, Hombre Pájaro, discurría a lo largo de varios días, incluso semanas, en torno a la competición por conseguir el primer huevo del gaviotín apizarrado, el Manutara.

El anciano jefe Matahi no llegó a pasar ese invierno, se reuniría con sus ancestros sin dejar un vástago que le sucediera; ninguno de los dos que tuvo con Mohea superó el año, ambos murieron de enfermedades propias de la infancia.

No habían pasado más de tres semanas de la muerte de su esposo cuando Mohea decidió abandonar la aldea de su difunto marido para reunirse con su hijo Heiva, que habitaba la casa de sus abuelos, en el sureste de la isla, próxima al volcán Rano Kau.

Heiva se había convertido en un joven atlético, buen nadador, cada vez más parecido a Arenui, el padre ausente al que adoraba a pesar de no haberlo visto nunca. Criado por sus abuelos, acostumbraba a burlar a sus compañeros de juegos escondiéndose en los recovecos de los peligrosos farallones marinos del Rano Kau; subía y bajaba por la superficie de las escarpadas laderas como si cada centímetro de la roca cristalina reconociera su huella.

Al llegar la primavera de aquel año, comenzaron los preparativos del Tangata Manu. Heiva era el mejor entrenado de su clan para competir por el Manutara. Los hombres más importantes de Rapa Nui, jefes de clanes, sabios o maori, guerreros o matatoa, junto a los ivi atua o sacerdotes, y todos los contendientes, se hallaban reunidos en la aldea ceremonial de Orongo, en la orilla del cráter del volcán Rano Kau, que permanecía vacía el resto del año. Durante la espera de la llegada del manutara para anidar en el vecino Motu Nui, se organizaron reuniones y se llevaron a cabo diversos ritos en honor del dios creador Make Make.

 En un momento dado, contendientes y hopos (representantes de los que se consideraban  mayores) tomaron su pora, el flotador de totora, bajo el brazo y  salieron en tropel, a empellones, como una manada desbocada que desaparecía del horizonte precipitándose por el acantilado. Muchos resbalaban o eran empujados cayendo al precipicio, otros resultaban heridos por el filo de las rocas. Heiva se libró del acoso de los otros al elegir para el descenso la pared más escarpada. Llegó al mar casi al mismo tiempo que ellos. Todos eran fuertes y buenos nadadores, y cruzaron a Motu Nui en un tiempo récord.

Ignorantes de la intención expoliadora de aquella incursión humana, las aves seguían apostadas sobre sus nidos, empollando los huevos. Sólo cuando se acercaron a robarles, se revolvían lanzando picotazos a diestra y siniestra; pero los hombres las apartaban sin miramientos con un seco manotazo. Heiva desesperaba ya de encontrar un huevo sano. Con el sol a su espalda, no pudo ver su cara, pero la sombra de aquel hombre le indicó un nido antes de lanzarse al agua. Cogió el huevo y se precipitó tras él, braceando con todas sus fuerzas. Sólo le quedaba cruzar el trecho de mar que separaba Motu Nui de la isla, y subir el acantilado. Sería el más rápido. Volvería a Orongo con el primer huevo Manutara, y lo investirían como el nuevo Tangata Manu, Hombre Pájaro; sería considerado tapu, sagrado, durante un año y ejercería gran poder en la isla. Su clan, el de su madre, tendría el derecho a la recolección de todos los huevos y polluelos de las aves marinas que anidasen en Motu Nui.

 El hombre que le había señalado el nido en Motu Nui llegó antes que él a la costa. Heiva vio, con asombro, que iniciaba el ascenso por la pared vertical por donde él había bajado momentos antes: “No lo conseguirá”, pensó ensoberbecido. Inició la escalada convencido de que el saliente en voladizo de la roca lo haría volver atrás; pero Arenui, aquel hombre que le doblaba la edad, al que nunca había visto antes, parecía conocer como él los secretos del resbaladizo farallón. Y sorteó el saliente, cortante como un filo de metal, con astucia y conocimiento. Mientras, los demás contendientes subían a trompicones por la vertiente oblicua teniendo que poner más cuidado en sortear a los rivales que en la dificultad propia de la escalada.

Heiva consiguió acortar la distancia. Se encontraba a menos de un metro de la cima cuando vio la silueta de su rival al otro lado del saliente que los separaba. Un relampagueo de odio y admiración brotó de su mirada iluminando el escaso espacio entre sus rostros crispados. Por encima de ellos sólo había una grieta en la superficie de cristal  adonde agarrarse. Los músculos de ambos se alargaron, esforzados, al tiempo que sus dedos se adherían a la pared cristalina. Bastaba con que un pie del rival perdiera el apoyo para acabar con sus pretensiones. El más joven soltó una pierna y el otro perdió pie al querer sujetarle. Mirando a Heiva entre asombrado y suplicante, esperanzado, se mantuvo colgado unos instantes, agarrado solo con las manos... Pero Heiva no pudo o no quiso -nunca lo sabría con certeza- hacer nada por ayudarle. Los rasgados dedos de Arenui no aguantaron su propio peso y cayó sobre las húmedas peñas del fondo del precipicio.

El recibimiento del primer huevo manutara fue apoteósico.

En la pared interior del cráter del volcán se encendió el fuego de proclamación del ganador que anunciaba a toda Rapa Nui que el nuevo Tangata Manu, el sagrado Hombre Pájaro, pertenecía a los clanes orientales. Con la cabeza afeitada y pintada de rojo como marcaba la tradición, Heiva descendía satisfecho por la ladera del Rano Kau acompañado de los cánticos de los tangata maori rongo rongo,  los sacerdotes sabios que leían los jeroglíficos rongo rongo dibujados sobre tablillas, dirigiendo la danza que culminaría en otro volcán, en el Rano Raraku.

Al llegar a la explanada, los cánticos de los sacerdotes se vieron apagados por el murmullo de los que se agolpaban en torno a dos hombres que venían abriéndose paso cargando el cuerpo de un tercero. Cuando vieron de cerca el cuerpo inerme del herido, exclamaron incrédulos:

-¡Es Arenui!

-¡Arenui! –le aclamaron los de su clan con el terror asomado a sus rostros coléricos-. ¡Él es el verdadero Tangata Manu!

- Su propio hijo fue quien lo mató –dijo uno señalando a Heiva. Yo vi cómo lo empujaba al precipicio cuando estaba a punto de ganarle.

-¡Has matado a tu propio padre! –gritó el maori supremo -. No eres digno de ser Tangata Manu -sentenció.

Heiva se acercó al cuerpo sin vida de Arenui. Le temblaban las manos; todo el cuerpo le temblaba. En aquel rostro desfigurado por las heridas quiso reconocer la sombra sobre el nido del manutara, recuperar la mirada cruzada unos instantes en la pared del farallón. Y vio unos ojos cargados de esperanza y decepción alejarse de él y desparecer en el vacío. Sintió las garras de un oso arrancarle el corazón, estrujarlo y exprimirlo hasta eliminar sus líquidos mezquinos.

Tizones encendidos le atravesaban la garganta y lágrimas como pequeñas gotas de hielo pinchaban su cara como puntas de acero. Tomó el huevo Manutara y lo dejó sobre el pecho ensangrentado de Arenui, posó sobre él las manos rotas de Arenui apretándolas con las suyas hasta que el contenido viscoso asomó entre los dedos, rasgados y cadavéricos entremezclados con los suyos, más oscuros.

Se alejó con pasos inconscientes sin que nadie hiciera nada por detenerlo. En el borde de la pared del farallón marino del volcán, se dejó llevar por el consolador vértigo al abismo; por el deseo der volver el tiempo atrás, de bajar y hendir la roca cristalina con su puño, antes fuerte y ahora tembloroso; cambiar aquella mirada suplicante por la mirada primigenia, luz de sus propios ojos.

 

¿Quién se lo diría a Mohea? Sobrevivió a la muerte de sus otros dos hijos pero... Heiva… Heiva siempre había sido su preferido.

Decidieron darle la noticia de Arenui en primer lugar: Había vuelto a Rapa Nui y resultó herido durante la competición Tangata Manu. Y murió...

No fue necesario seguir. Mohea adivinó el resto... Un tremendo grito, como el rugido de una tigresa, salió de  sus entrañas. << Heiva. Heiva… ¡Dios. Oh Dios! ¡¿Por qué te lo llevaste antes que a mi?! ¡¿Por qué?!  ¿Es que no me entiendes, Dios? ¡No! ¡Nunca me entendiste! ... Nunca me entendiste…>>, repetía mientras lloraba pagadamente.

 

  Y como se apaga una llama ante la falta de oxígeno, así se fue apagando Mohea, lentamente... Y enmudeció. No pasaría ese duelo; ese duelo, no. Bajó al túnel donde veinte años atrás se encontrara con Arenui, al lugar en el que Heiva había sido concebido. Y siguió hasta la boca que se abría al mar. Se despojó de la ropa que la cubría y apoyó la espalda desnuda contra la pared de la formación rocosa que emergía del suelo como un pivote. Mientras ataba su cuerpo con fuertes nudos al pivote, evocaba, una y otra vez, las últimas palabras que Heiva le había dedicado. Aquella noche sin luna, tardó en subir la marea. 

 

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