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La placidez de Moorea envuelve al viajero nada más llegar a la isla. Se percibe una especie de serenidad influida quizá por el movimiento suave y el gesto relajado de sus habitantes. Es muy fácil dejarse llevar por la sensación de intemporalidad que dan aquellas sociedades que se desarrollan sin prisa, donde lo benévolo de la naturaleza que les rodea colma todas sus ambiciones. Flota en el ambiente una cierta indiferencia hacia todo lo externo; como cuando se piensa que qué más da ésto que aquello, que nada va a cambiar se haga lo que se haga. Sin poder decir exactamente de dónde o de qué provenía, me invadió un deseo, una necesidad: dejar pasar el tiempo sin apenas hacer nada.

Aquella mañana, nos dejamos perder  por una de las tres o cuatro calles anchas bordeadas de casas bajas y espacios vacíos que conforman el pueblo. Pareos de todos los colores, con flores o dibujos de Gauguin ondeaban al viento delante de las tiendas, y en el interior camisas azules y encarnadas estampadas con la flor nacional, la flor de tiaré. Aunque no hay nada que vendan barato (por ósmosis, han aprendido a valorar lo que tienen y a cotizarse alto como bien saben hacer los franceses) esa forma de vestir, con pareo y camisa holgada, era la más cómoda y adecuada para pasar los días que teníamos por delante, y Alonso fue el primero en adoptarla.

 Después de un almuerzo a base de pescados en la terraza de un pequeño restaurante, un restaurante familiar con tres o cuatro mesas, nos acercamos a ver las famosísimas perlas negras.

Tradicionalmente, los polinesios bucean a pulmón y bajan hasta las profundidades para coger las ostras perlíferas. Pero hoy en día las que llegan al mercado proceden de granjas establecidas en las islas; son las perlas cultivadas. En sus laboratorios se inicia el proceso de inducción a la ostra a producir la preciada perla: Introducen en su interior una esquirla que al ser percibida por la ostra como un cuerpo extraño irá recubriéndolo de sucesivas capas de nácar. Pasados los 30 meses durante los que permanecen sumergidas en granjas submarinas, son subidas a la superficie para extraerles la perla ya constituida. El proceso puede ser repetido con cada ostra hasta tres veces a lo largo de su vida. El espesor de la capa de nácar se ve mediante radiografía. Y ello, junto al color, la forma y la ausencia de imperfecciones en su superficie, determina el valor de la perla. Las perlas negras de los Mares del Sur tienen fama de ser las más bellas, y son tan perfectas como garantiza su precio.

Pero además de las perlas, existe en Polinesia un producto mucho más modesto y al alcance de cualquiera, son las conchas; ideales para llevarlas como recuerdo. Después de descubrir mediante pulido todo el esplendor que encierran sus múltiples capas de nácar, las recortan y decoran con motivos sencillos inspirados en la naturaleza.

 

 

Perlas y conchas de Polinesia3

 

Perlas y conchas de Polinesia1

 

 

Perlas y conchas de Polinesia2

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Tag(s) : #Compras

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