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olas


 

Hubiese querido olvidarlo, pero lo que sucedió aquella tarde en los acantilados, después de abandonar la ventosa playa de Manly con su bonito espectáculo de surf, me dejaron un regusto amargo. Resultó doloroso para mí, también para los otros, vivir de cerca un momento crucial en la vida de aquel joven adolescente.

 Venía en el autobús pensando en esa juventud tan valiosa, frágil como la copa del cristal más fino, y casi nunca consciente del peligro: aquellas aguas de un azul cristalino cuyas olas parecían diseñadas a medida para practicar el mejor surf, estaban infestadas de tiburones, había dicho la guía. Y añadió: “A pesar de todas las medidas preventivas que toman las autoridades, cada año se produce alguna víctima; un tributo que hemos de pagar”. Entonces, el autobús se detuvo. Un pequeño grupo de gente ocupaba la calzada por donde circulaba. Se hallaban parados vueltos hacia el mar, mirando hacia un mismo punto. Entonces lo vimos.

Había saltado el tablón de madera que servía de prevención de peligro. Con la mirada tendida hacia el horizonte, despreciando el abismo, avanzaba con parsimonia adelantando un pié, luego el otro, después el otro…  hasta llegar al mismo borde del acantilado.

Con medio cuerpo fuera y en precario equilibrio, se mantuvo impasible frente al vacío que tenía delante. Durante preciosos instantes, eternos instantes, la vida a su alrededor quedó en suspenso. Su delgada figura inmadura, inacabada, indolente, de espaldas a todo, se recortaba nítida sobre el poderoso e indiferente fondo azul. Aunque nadie era capaz de asimilarlo, todos creíamos saber cuál sería el desenlace final.

-Un suicida  –dijo la guía en igual tono al utilizado durante el recorrido por los barrios elegantes o las calles de prostitutas-. En Australia se suicidan muchos jóvenes cada año. Utilizan los mismos sitios fijos; éste es uno de ellos.

-¿No se puede hacer algo? –la apremiaron expresando la angustia que sentíamos todos.

-¡Cálmense! Ya han llamado a la policía –dijo-. Ellos están acostumbrados; esto es cosa de todos los días.

Sin poder atisbar el fondo del acantilado, se podía percibir, sin embargo, el bronco estruendo producido por el estallido del mar contra las rocas, el romper violento de estas otras olas no aptas para jugar a semidioses. A él, al muchacho, no parecía inspirarle temor alguno el furor de aquellas olas abismales que venían a estrellarse contra la imperturbable mole basáltica.

Indignados contra el sistema, convencidos de su incapacidad para proteger a sus hijos, observábamos impotentes, algunos con los ojos llorosos, cómo aquella débil figura, aquella vida apenas iniciada, podía desaparecer de un momento a otro sin más que cambiar el peso del cuerpo o inclinar la cabeza hacia delante. Fueron momentos de una pena, una congoja, indescriptibles. ¿Qué puede pasar por la mente de una criatura para que quiera acabar con su vida? “Se encuentra en un callejón sin salida”. Pero ¿es la muerte una salida? ¡No!; no a esa edad.

Una mujer policía nos obligó a alejarnos unos metros del lugar.

A pasos cortos, con suavidad, se fue acercando hasta donde estaba el chiquillo. Le dijo algo. Él pareció no inmutarse. Ella continuó hablándole. Mientras le dedicaba frases cortas, seguía acercándose, lentamente: cada uno de sus pasos constituiría un avance o un retroceso en la decisión final. Él no se movía, la mirada tendida hacia lo único que tenía delante: el inmenso azul de un día soleado y luminoso. Un hermoso día para iniciar cualquier empresa, una nueva vida; él lo había elegido como el último de la suya; de su corta pero quizá difícil y complicada vida.

Cuando la mujer policía lo tuvo a su alcance, extendió los brazos rodeándolo con decisión, pero con dulzura. Él no se revolvió. Permanecieron así, sin moverse del sitio, durante unos segundos. Con  la cabeza hundida entre los imberbes hombros y la mirada baja, se dejó conducir por ella sin protestar, mansamente.

Un suspiro de alivio se dejó oír dentro del autobús, el de los que habían estado conteniendo el aliento y las ganas de gritar o de echar a llorar. Todos estábamos contentos pero aún sobrecogidos; por algunos rostros rodaban las lágrimas y otros secaban la humedad de sus mejillas.

La corpulenta policía lo protegía con su cuerpo guiándolo, maternal pero firme, lejos del abismo. Los dos se introdujeron en el interior de un coche policial que debía de estar allí desde antes sin que nosotros lo hubiésemos advertido.

 
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Tag(s) : #Solidario

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