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  Siria (Palmira)17

Mientras nos dirigíamos al museo arqueológico por calles vacías, donde las tiendas permanecían cerradas por ser viernes, festivo para los musulmanes, Ahmehd intentaba por enésima vez comunicar con sus hijas. El móvil de la mayor estaba desconectado y en la casa nadie cogía el teléfono; llevaba ya varios días sin poder hablar con ellas. Estaba convencido de que, aprovechando su ausencia, la madre las había mandado a casa de algún familiar. Luego habló con Hania, su segunda como él la llamaba  -su amante, más bien, al menos hasta que no cambiase a la religión musulmana, pero eso suena excesivamente dramático-. Al terminar, Ahmehd se encontraba más tranquilo: Hania le había prometido que encontraría a sus hijas, no en vano era periodista..

Siria-Alepo14 Vista Web grandeLa monumental entrada estaba presidida por tres deidades arameas erguidas sobre el lomo de colosales monturas: el dios de las tormentas, sobre su toro, en el centro, rodeado por su esposa e hijo, éstos sobre sendos leones. Sin embargo, de su naturaleza de basalto de miles de años sólo queda una réplica en hierro y hormigón renegrido que, sobre una posición elevada, desde la vaciedad de sus ojos calcáreos, contemplan el ir y venir de gentes ansiosas por hurgar en pasados, en su mayoría, insondables. Los originales, llevados a Europa por el arqueólogo Max Von Oppenhein durante el mandato francés, desaparecieron durante los bombardeos de la última guerra. Alguna pieza del palacio real de Guzana, en Tell Halaf, corrió mejor suerte y todavía pueden contemplarse algunas estatuas del primer milenio a.C. en el museo de antigüedades orientales de Berlín. En éste de Alepo quedaron obras menores y reproducciones: figuras en basalto de hombres y mujeres, con símbolos de eternidad y muerte y la sensata desaparición del orden jerárquico, junto a algunos animales alados símbolos de  poder y fuerza; todos ellos, hombres y animales, con exoftálmicos globos oculares. Las salas del museo nos permitieron hacer un recorrido por el pasado del pueblo sirio desde el VI milenio a.C., una historia que mantiene indeleble esa espantada mirada, mi último y más inquietante recuerdo.

A media mañana abandonamos definitivamente Alepo.

Emprender la marcha hacia el reino de Zenobia era una buena escapatoria: el aislamiento y las dificultades del desierto hacen a las gentes más acogedoras.

Zenobia había sido una mujer tan bella y cautivadora como su antepasada Cleopatra, y no menos audaz y ambiciosa. Cuando en el 266 su esposo Odenato y el príncipe heredero fueron asesinados, y siendo el hijo de ambos aún muy pequeño para tomar el mando, Zenobia, a quienes algunos relacionaron con el asesinato, se hizo cargo de la regencia. Mientras que Odenato había sido encumbrado por los romanos por mantener las fronteras del imperio en Oriente, Zenobia, aprovechando la anarquía que reinaba en Roma, que estaba siendo amenazada por varios frentes, declaró su desierto de Palmyra un reino independiente. Formó su propio ejército con el que sometió toda Siria, tomó la península de Anatolia y parte de Egipto, acuñó moneda con su efigie y se hizo llamar Augusta del Imperio de Palmyra. Desde el principio de su mandato habían transcurrido tan sólo seis años.

El emperador Aureliano se encargó de poner fin a la meteórica carrera de aquella reina ambiciosa: marchó sobre Palmyra, hizo prisionera a Zenobia, y el pueblo quedó sometido. Los palmireños se sublevaron nuevamente pidiendo la liberación de  su reina que, encadenada, dicen, con cadenas de oro, había sido conducida a Roma. Pero, esta vez, Aureliano acalló la rebelión de la forma más expeditiva: mandó matar todo ser viviente, incluidos niños, ancianos y mujeres, y Palmyra, capital del reino nabateo, quedó completamente destruida.

 

A medida que la carretera se adentraba en el desierto, una fina franja de aire vítreo fluía en el horizonte cimbreando a ras de suelo, alentado por llamas de arena caliente. A poca distancia de las ruinas de Palmyra, en un pueblo que aparentaba deshabitado (más bien una calle ancha y terrosa de la que salen otras más cortas que desembocan directamente al desierto), paramos a almorzar. Khaled aparcó delante de un hotelito colonial. Corría una brisa cálida que invitaba a sentarse en una de las terrazas que bordean la calle principal. La elegida por Ahmehd fue la de un restaurante familiar con cinco o seis mesas rodeadas de sillas de plástico blanco. No tenían vino y fueron al supermercado a comprarlo; para no escandalizar, el viejo dueño ordenó a su hijo guardar la botella dentro y venir a servirnos cuando fuera preciso. El menú no encerraba ninguna sorpresa:

Mezzeh:

Hummus con tahina (una sabrosa crema de garbanzos)

Baba Ghannouj (crema, también, pero de berenjenas y sésamo)

Tabbule (fuente con tomates, pimientos, cebolla y pepino, enteros)

Carne de cordero, pollo o buey (insertadas en un pincho resultan secas; muy sabrosas la de pollo o buey servidas con arroz y yogur)

Khobz taabun (típico pan árabe consistente en delgadas y finas tortas que acompaña todos los platos, sirve tanto de tenedor como de cuchara).

Antes de empezar, Ahmehd se acercó a nuestra mesa; parecía muy contento. Alonso le ofreció una copa de vino que Ahmehd levantó triunfante: Había hablado con Hania, su segunda. En menos de dos horas lo había averiguado todo: su hija pequeña seguía en Damasco, en casa de una tía, con sus primas; a Zaina la había mandado su madre a Swaida, con su abuela. Si no nos importaba, daríamos un rodeo para verla cuando fuéramos a Bosra.

Accedimos de buena gana, no seríamos nosotros quienes lo privaran de encontrarse con la mayor de sus princesas. Además Ahmehd no se parecía en nada al macarra de los primeros días.

Entre perfumadores de ámbar y piedras semipreciosas, vasijas de esmalte y plata beduina, monedas con la efigie de Zenobia, como las del museo, y sellos imperiales “auténticos” de malaquita y lapislázuli, y mil y una joyas más, dignas de una reina, entretuvimos la tarde hasta que el sol declinó. La verdadera joya, la princesa del desierto, nos esperaba un poco más allá, junto al oasis, donde sus ruinas conservan, aún, todo el dorado de las arenas del desierto.

Palmira1

15. Palmyra, restos dorados de una ciudad antigua  

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 Una mujer de Hama

 

 

Fotos del Museo:

Museo de Alepo 06

Tag(s) : #Artístico

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