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Palacio Azem de Damasco

Paseos por Damasco2

Tras un recorrido por las dependencias del palacio Azem, nos dejamos perder por el entramado de callejuelas de la antigua ciudad damascena, acabando, a veces, en callejones sin salida que nos obligaban a volver sobre nuestros pasos. Pero en este ir y venir entre desconchadas paredes festonadas de cables, enganchados a descolgadas cornisas en precario equilibrio, topábamos con inesperados tesoros en el interior de algunas casas: al oscuro y angosto pasillo de entrada seguía un espacio amplio, recóndito, iluminado por un haz de luz cenital; como cientos de años atrás, en la intimidad de estos recogidos patios transcurre gran parte de la vida familiar.

Para el almuerzo, nos decidimos por un restaurante que alguien me había recomendado, Elissar (yo no lo recomiendo. Se negaron a darnos factura: la cuenta en cifras árabes no nos permitió descubrir si era abultada porque era caro o porque Ahmehd se daba por invitado) No era elegante, pero el comedor se hallaba en un alegre patio. Al tiempo que nosotros, entró un grupo de musulmanas ocultas bajo el hiyab. Iban precedidas de un solo hombre. Me preguntaba cómo se las arreglarían para llevarse la comida a la boca; no pude satisfacer mi curiosidad porque ocuparon una mesa a mi espalda.

De padre árabe y madre venezolana, Ahmehd había vivido en Sudamérica hasta los 15 años. Cuando las cosas dejaron de ir bien allá, su padre se volvió a Siria trayendo a su hijo consigo y a la pequeña de trece; los dos mayores eligieron quedarse con la madre. Aunque su padre había nacido musulmán, Ahmehd, como su madre y todos sus hermanos, eran cristianos. Se alojaron en casa de su abuelo, en Damasco, ciudad donde consiguió sacar adelante sus estudios de protésico dental. Un año después de obtener la diplomatura, se casó con una enfermera que trabajaba en el hospital universitario; se llamaba Salma. Tuvieron dos hijas, Zaina y Sonia.

Aunque su religión no se lo impedía, ya que no era musulmán sino cristiano, Ahmehd no acostumbraba a beber, y el vino jordano de bodegas Eagle pronto le coloreó las mejillas. Dejó los cubiertos sobre el plato y extrajo una foto de su billetera. Nos explicó que era Zaina, su hija mayor. Tenía el pelo negro y rizado y los ojos oscuros como él. Pero no tenía nada en común con aquella mujer de piel blanca y ondulada cabellera rubia que, la otra noche, en el zoco al-Hamidiyah,  nos miraba desde el móvil con sus ojos claros de circasiana; además, aparentaba demasiado joven para tener una hija adolescente como Zaina. Guardó la foto y extrajo otra más pequeña. Era de Sonia su otra hija. Tampoco tenía el más mínimo parecido con su madre.

Hablaba y bebía más que comía. Después del segundo plato, sin que llegara a patinarle, la lengua  de Ahmehd se soltó como quien abre una esclusa.  Parecía decidido a no dejar nada en el tintero y, no sé por qué motivos, había decidido que aquella comida era un buen momento para relatarnos su vida en una sola entrega.

-Ésta es Salma –dijo pasándome una tercera foto, en blanco y negro, coloreada- Es una foto antigua, poco después de casarnos, antes de que nacieran las niñas.

Entonces, ésta, Salma, era la madre de sus hijas. Pero… ¿y la rubia de ojos claros? ¿No dijera que era su mujer y que le regalara seis túnicas cuando se casaron? A Alonso parecían importarle un comino estas disquisiciones y yo tampoco quería que Ahmehd percibiera en mi gesto el menor indicio de curiosidad. Pero fue inútil. Y prosiguió.

-Desde hace unos años, Salma se ha vuelto muy violenta, ha llegado a pegarme. El otro día, el siguiente a que ustedes llegaran, me tiró el móvil a la cara cuando estaba desayunando. –Alonso arqueó las cejas, como sorprendido. Yo compuse un gesto de disgusto en lugar de decirle lo que pensaba: “Quizá encontrara en tu camisa algún pelo de la rubia circasiana que llevas en el móvil”.

Me exasperaba su confesión, sentía deseos de estrujar el plátano y las fresas del postre contra el plato, y más viendo la actitud solidaria que había adoptado Alonso, asintiendo como un vicario desde el interior del confesionario.

-Esta misma mañana, me dio una bofetada –dijo sonriendo, quitándole importancia-. Y si no la cojo por la muñeca, me da otra del otro lado. Es capaz de aprovechar eso para decir que soy yo quien maltrata. Está así desde que no duermo con ella: voy a casa todas las noches para estar con mis hijas, pero duermo en el sofá de la sala. –“¿Por qué no te divorcias” le preguntó Alonso-. Yo no quiero divorciarme. Perdería mi casa. No, no me divorcio; sobre todo, porque perdería a mis hijas.

Alonso le dio una leve palmada en la espalda. Ahmehd se sintió con ánimos renovados

-Hania es lo contrario de Salma, es dulce y comprensiva. Su marido le pegaba, no la dejaba salir de casa; y eso que es periodista ¡A ver cómo iba a hacer así su trabajo! Ella es de Alepo aunque vive aquí en Damasco. En Alepo son más cerrados. Yo la animé a quitarse el velo, y me hizo caso.

Según dicen las partidarias del hiyab, se tapan para gustar sólo al de casa, se enseñan para gustar a todos. Ahmehd se había prendado de los ojos de Hania. Lo cierto es que no había mujer joven que pasara a su lado que se librara de su insistente mirada: si iba velada, eran sus ojos; si sólo se cubría el cabello, “qué descarada”; hasta llegaba a reprenderlas: “¡Esos pantalones…!”, les decía meneando la cabeza. Sí, Hania debía tener una buena dosis de comprensión.

-Sus dos hijos, viven con la abuela, en Alepo –prosiguió-. Ella está en el piso que compré en el barrio x, en una zona de casas nuevas. Yo sólo voy a dormir allí en fin de semana.

Alonso pidió la cuenta.

Al salir, aspiré profundamente. Por la puerta abierta de las mezquitas asomaba el bermellón y oro del liwan, la sala de oración. Y en la serenidad del khan Assad Pasha, el caravasar donde los pensamientos desaparecen con el polvo atraídos a lo alto de la cúpula, nos sentamos a disfrutar de un rato de silencio. Pero Ahmehd  aún tenía algo más que decir: puesto que éramos cristianos, como él, y para que no nos escandalizáramos, quiso hacernos partícipes de la decisión que había tomado:

-Voy a convertirme al Islam. Podré casarme con Hania sin necesidad de divorciarme de Salma; así no tendré que irme de mi casa y podré seguir viviendo con mis hijas.

Damasco2.jpg 

  8. Un lugar de las montañas sirias donde escuchar la lengua de jesucristo: Maaloula. 

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Tag(s) : #Familiar

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