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Hama, Homs y Bosra1

Conocía bien las norias de Hama. Hablarnos de su historia, mostrarnos sus recovecos, era para ella abrir la cueva secreta de sus tesoros infantiles. Aquella primavera, después de tantos años, descubrió que la presencia de Nabil había sido la única capaz de conmover la estructura química de su cuerpo.

 A pesar del calor, Karima llevaba las manos enfundadas en largos guantes de tela negra que junto al largo abrigo y el velo islámico, igualmente negros, la cubrían enteramente; sólo sus ojos verde amarronados, chispeantes y alegres, escapaban  de tan meticuloso aislamiento. El único detalle discordante de su atuendo era un pequeño bolso beige cuajado de triviales adornos metálicos que llevaba colgado del brazo, símbolo desenfadado de su modernidad y autonomía.

Su voz aguda sonaba deformada por los quejidos de los maderos de las norias, que como esqueléticos círculos gigantes giraban y se hundían, encadenados, vivificados al fin por las opacas aguas del Orontes:

-Cuando era pequeña jugaba aquí con mis amigos -dijo Karima-. Era líder del grupo y conocía los mejores escondites.

No me costaba trabajo imaginar a Karima dirigiendo su “ejército” por las medievales calles de Hama cuyas gigantescas norias sobre el río habían convertido aquella ciudad, conocida ya en tiempos de Akenatón, en un perfecto oasis urbano. Su lugarteniente, el pequeño Nabil, tenía la misma edad que Karima. Iba con ella a todas partes: Karima sabía del último recoveco de las norias; la seguía, incluso por las resbaladizas escaleras que se hundían en el río adonde acudían a esconderse  de los otros.  Pero, al volver a casa, su hermana Assel, que podía ser su gemela pero la odiaba, la acusaba de haber permanecido escondida con Nabil durante toda la tarde. “Está celosa porque le gusta Nabil –decía Karima a su madre-. Además, Nabil es muy pequeño para mí”

-Lo cierto es que me gustaba Nabil. Pero también me gustaba hacerlo rabiar –me confesó Karima entre risas-. Me divertía verle poner ojitos de cordero pidiéndome un “te quiero”. A veces pasábamos toda la tarde escondidos, entre las dos norias de al-Muhamidiyya, o detrás de la grande, en la última escalera sobre el agua hasta que oscurecía, mientras los demás nos buscaban por todo el barrio. Pero un día… Habíamos bajado sólo hasta el segundo escalón, porque había llovido mucho. El río iba alto y las aguas bajaban con fuerza formando corrientes, grises y oscuras como ríos de grafito. Entonces Nabil resbaló, cayó al agua y desapareció. No vi por dónde ni cómo, sólo desapareció.

Era ya de noche cuando Karima volvió a casa. Esta vez, su madre escuchó a Assel  y castigó a Karima. Estuvo encerrada varios días, quizá semanas. Tiempo que pasó odiando el lamento de la noria que, más potente, había ahogado el suyo, el de una pobre niña que pedía auxilio; enfebrecida, no veía otra cosa que aguas oscuras tragando a su amigo. Preguntaba por Nabil a su hermana. Pero Assel siempre le respondía que no sabía nada.

Luego todo sucedió muy deprisa: Empezó a usar el yihab, volvía a salir a la calle y tuvo su primera regla.

Aún adolescente, la casaron con un primo de su madre que ya tenía tres esposas. Karima no sólo no estaba enamorada de él y se comportaba en la cama como una esquiva gata callejera sino que hizo todo lo posible para  amargarle la vida: Utilizó su carisma de líder para manejar el “harén” de su esposo incitando a las demás mujeres a una rebelión permanente, hubiera o no motivo, ante cualquier nimiedad susceptible de ser presentada por ella como un intento de menoscabo de algún derecho adquirido. Naturalmente, consiguió lo que quería: fue devuelta a casa de sus padres casi tan virgen como se había ido.

De todas las norias aún en pie que nos enseñó Karima -17 sieguían funcionando si no para llevar agua a las casas y regar los campos, como antiguamente, sí como símbolo del ingenio de los inventores musulmanes del siglo VIII- la llamada al-Muhamidiyya era la más sorprendente tanto por su tamaño como por su estado de conservación del que se encargaba un carpintero durante todo el año. De 20 metros de diámetro, sus 120 colectores vaciaban agua a razón de cien litros por minuto; agua que, a través de la acequia aérea de un viaducto, ahora interrumpido, llegaba hasta la Gran Mezquita. El agua que rebosaba de los colectores en su ascenso hasta la cima, donde vaciaban, se deslizaba por los oscuros maderos de la noria salpicándonos a todos.

Seguí a Karima hasta un alto detrás de la noria. Desde allí teníamos una visión completa de al-Muhamidiyya, de parte del río y del  estrecho paso de piedra que conducía a las escaleras que bajan al río; aquellas donde años antes Nabil había desaparecido. El mismo lugar donde ahora esperaba encontrarlo: Una semana antes, Assel le había comunicado que Nabil vivía en Shaba, y que tenía previsto ir a Hama y darle una sorpresa. Desde entonces no pensaba en otra cosa que no fuera en  Nabil, su pasión secreta.

-Ahí está –susurró Karima conteniendo la emoción que sentía-. ¡Es él… Nabil!

Su silueta, envuelta en una túnica negra, era fina, alargada y triste.

Karima se incorporó dispuesta a reunirse con él. Pero al instante se quedó petrificada: Una joven con túnica negra plisada y toca, atuendo propio de una recién casada, apareció tras Nabil, que le tendía la mano. Tirando de ella, se encaminaba hacia el escondite de su infancia.

Con la espalda rígida como un muro, Karima  volvió a sentarse. Como hablando consigo misma, dijo con espontáneo desapego al tiempo que extraía el móvil del bolso:

-Pensándolo bien, hoy no acudiré a la cita. Le mandaré un mensaje.

Escribió y me enseñó la pantalla:أحبك

-Es lo que siempre pidió que le dijera (“te quiero”) ¡Pues ya lo sabe!

“Demasiado tarde, ¿no crees?”, pensé responderle pero no dije nada. Para mi sorpresa, Nabil, que se había alejado por un momento de su esposa, abrió el móvil y, pasados unos segundos, lanzó el puño  al aire en gesto de victoria.

Los ojos de Karima rieron. Y, con aires de princesa, moviendo sus informes ropajes con andares de modelo, empañando sus sentimientos con tintes burlescos, dijo:

-Siempre podré ser líder de su harén. ¿Verdad?

La suya no era una pregunta, era la reafirmación de un propósito.

 

Aquella tarde, camino de Damasco, pararíamos en Shaba. Karima me dio una bolsa con ropa para su hermana y una nota que me tradujo antes de cerrarla. Venía diciendo algo así:

(Saludos)

Espero que todos estéis bien mi muy querida Assel. Te mando esta ropa que a mis amigas (las mujeres del ex marido de Karima) ya no les cabe en los armarios. Sé que ahí tendrás mucha gente a quien regalar. Dales besos de mi parte a los niños y no dejes de llamar si necesitas algo.

(Despedida)

Karima

P. D. Gracias por informarme de que Nabil venía a Hama. Me dejó un mensaje en el móvil y estuvimos toda la mañana juntos. Luego tuvo que irse a una cita que había concertado previamente. Quedamos en volver a vernos dentro de unos días. Te tendré informada.

 

Siria (Homs y Hama)17

 

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Tag(s) : #Romántico

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