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Paseos por Damasco1 (3)

 

Damasco surge en medio del desierto como una rosa con los pétalos apiñados en su doble corola. Desarrollada a partir de una semilla que germinó 4000 años atrás, en el cruce de caminos de Egipto hacia Anatolia y de Mesopotamia hacia el Mediterráneo, brota entre jardines y huertos, ahora florecidos, rescatados de la arena por las aguas del Barada. Entre construcciones de piedra, levantadas sobre la malla helenística, no se encuentran restos del antiguo reino arameo, tampoco vi cúpulas de basílicas ni torres de iglesias restos del período bizantino, pero sí numerosas mezquitas iluminadas, muchas otomanas, dentro y fuera de las murallas romanas. Y entre todas ellas destacan los elegantes minaretes de la Gran Mezquita Omeya, testigo de la época en que fue capital política del mundo islámico.

Los estrictos controles de seguridad del Hotel Four Seasons (barrera para inspección ocular de los automóviles, incluido el maletero por si había alguien dentro, comprobación de la reserva, escaneo de equipaje y demás bultos, arco detector de metales), lo avanzado de la hora y sus cómodas instalaciones quitaban las ganas de volver fuera. Sin embargo, sumergirnos en alguno de los famosos zocos, en aquella primera noche de Damasco, se convirtió en una necesidad imperiosa. Ahmehd pidió un taxi y nos acompañó al zoco cubierto al-Hamiyah. Antes, habíamos despedido a Walid, que volvía al día siguiente a Jordania; volveríamos a encontrarnos después de nuestro periplo sirio.

Un monumento arrebatado de energía, dedicado al gran defensor del Islam, Saladino, a quien Damasco abriera sus puertas, preside la bulliciosa calle que da entrada al  zoco cubierto, al-Hamidiyah, situado en lo que antiguamente fue el foso de la Ciudadela. Bajo una bóveda de cañón, alejada en la oscuridad, las altas paredes del zoco dan cobijo a una sucesión de tiendas con  escaparates profusamente iluminados, atiborrados de mercancías: muebles damasquinados, cajas y bandejas taraceadas, brocados de seda y oro; tejidos de damasco, en seda o algodón, caracterizados por dibujos mates del mismo color que el fondo brillante; platos, fuentes y vasijas; puñales con incrustaciones de plata, joyas exquisitamente trabajadas, dulces, vestidos. El ambiente en el interior de las tiendas era serio, trascendente. No vi ninguna dependienta, de hecho no las había, todos eran hombres, tradicionalmente buenos comerciantes, honestos. Todo lo que había era tan atractivo que pasaría horas mirando, tocando. Los joyeros tenían pocos clientes. Algunos, sentados en banquetas a la puerta de su tienda, prestaban más a tención a la cháchara del vecino o a la gente que pasaba que al posible cliente. Y es que el otro gran atractivo de los zocos está en el ambiente, en el ir y venir de los damascenos; sobre todo de ellas.

A pesar de que los hombres, en su mayoría, visten a la occidental, el ambiente que se percibe en las calles, en los zocos, no parece haber cambiado mucho en los últimos siglos. Ello es debido, en parte, al aspecto exterior de las mujeres. En grupo, nunca solas, ocultan sus formas bajo gruesos ropajes negros que llegan al suelo, cuidan que del velo negro que oculta su cabello no se escape un solo mechón, lo contrario sería considerado un imperdonable acto de coquetería; se sentirán felices de ofrecer en primicia a su hombre, marido, dueño, el placer de ser el primero en contemplar su larga y cuidada cabellera. Sin embargo, la mayoría llevaba el rostro descubierto. Me admiraba en las más jóvenes el meticuloso maquillaje de ojos, único gesto visible de coquetería. Las observaba con curiosidad femenina y ellas me devolvían la misma mirada.

Algo que me dejó sorprendida por el anacronismo que suponía, desde mi punto de vista, fue la ropa exhibida en las tiendas de moda femenina. En primer lugar los colores de los pañuelos expuestos sobre la cabeza de las maniquíes iban del rosa chicle al verde pistacho pasando por el rojo pasión. Sin embargo, por la calle, sólo se veían mujeres tocadas con pañuelos negros en su mayoría. Pero más me sorprendió la oferta de ropa interior. Yo, que siempre me he considerado una mujer moderna, me sentiría cohibida si tuviera que elegir entre aquellos modelos de sujetadores y bragas con profusión de  lentejuelas, cristales de colores, abalorios, plumas, transparencias estratégicas, dorados, monedas. Las posibles clientas escogían desde el umbral sin el menor empacho; sin embargo, no parecían gogós, más bien jóvenes casaderas acompañadas de la madre, abuelas, tías o amigas; todas enfundadas en el inexcusable uniforme negro. Una joven esbelta reclamaba la atención del vendedor para informarse, quizás, por el precio de alguna prenda. Rodeada de sus sonrientes acompañantes, se acercó al cuerpo una colorida túnica profusamente bordada en pedrería que aún colgaba de su percha; por debajo de su pesado y largo abrigo negro, asomaban los bajos de un vaquero y unos pequeños tacones. A falta de espejo, buscaba su  imagen en el gesto de sus acompañantes. Se le iluminó la cara al verse reflejada en  su reveladora y amigable mirada. Eligió otras prendas similares, no necesitaba probarlas: todas tienen la misma hechura con similares adornos y, además, talla única. <<¿Por qué se cubren con pesados y largos abrigos negros si lo que les gusta son los vaqueros y las túnicas ligeras de vivos colores?>>, me decía a sabiendas de que era una pregunta capciosa; a cambio pregunté a Ahmehd:

-¿Cuándo podrá lucir una prenda como ésa?

-Cuando se case –afrimó-. Es  costumbre que el marido regale varias túnicas lujosas a su esposa. Se las ponen para recibir a sus amigas y a las mujeres de la familia. Yo le regalé seis a mi mujer –dijo al tiempo que encendía el móvil. Con gesto de orgullo nos mostró la foto de una mujer. Nos acercamos a un escaparate para verla mejor. En lugar del obligado pañuelo negro, la mujer de la foto lucía una ondulada melena rubia, tenía los ojos verdes y su piel blanca lucía clara y luminosa. Aparentaba menos de la mitad de años que Ahmehd, que sobrepasaba con creces los cuarenta.

-Es musulmana de ascendencia turca -dijo a modo de aclaración-. Se quitó el velo porque yo se lo pedí –añadió satisfecho.

A Ahmehd le gustaba más hablar de sus circunstancias personales que de los temas propios de un guía. Y no tardaría en desvelarnos una parte importante de su vida.

 

Siria-Alepo28 Vista Web grande

      4. Y ahora querrán ir despacio por el museo arqueológico de Damasco

 

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Tag(s) : #Costumbrista, #Mercados y joyas

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