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Siria (Palmira)18

Cuando subimos al derruido castillo de Qalah Ibn Maan, en lo alto de la colina, una sucesión de nubes grises vinieron a posarse sobre las azuladas montañas lejanas adonde el sol había acudido a ocultarse. Habíamos ido allí con la esperanza de contemplar las ruinas de la ciudad antigua, dorada por los últimos destellos del ocaso. Sentados en la ladera de tierra nos manteníamos obstinadamente expectantes hasta que el bosque de columnas desapareció, agrisado en la arena, entre sombras  de palmeras del oasis. Sin embargo su color era dorado, y todos lo sabíamos. Uno a uno bajamos la rampa de tierra hablando animadamente, disimulando nuestra común decepción.

De camino hacia una jaima en el desierto donde tendría lugar la cena, pasamos al lado de arcos y columnas rescatados de la oscuridad por faros estratégicamente colocados. Nos acercamos escépticos; ciertas cosas sólo el sol debería iluminarlas. Lejos de allí, el cielo sin luna aparecía cuajado de estrellas.

A la cena siguió una fiesta beduina. Un solista, acompañado de pitos y tamboriles, entonaba monótonas canciones árabes jaleado por un corro de jóvenes sarracenos que, agitando sus panderetas al son de los tambores, giraba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda como el minutero de un viejo reloj que pasa de las cinco a las seis y otra vez vuelve a las cinco; y así todo el tiempo. Tras un breve descanso, esperando ver aparecer danzarinas envueltas en vaporosos velos, un árabe con bigote y estómago abultado vino a unirse al corro de efebos moviendo sus carnes con desasosiego. Vista la ausencia de cambios en el repertorio tomamos las copas y terminamos la fiesta fuera. Ahmehd murmuró:

-Lo que me echa para atrás de hacerme musulmán es que has de conformarte con ver a las huríes cuando llegues al Paraíso. Pero… ¿y si llegas allí y no están?

-¡Como aquí, que tampoco están!… –bromeó Alonso.

Nos reímos todos con las sentidas dudas de Ahmehd, y también por confiar en las veleidades de la atmósfera y en que una fiesta beduina en el desierto de Palmyra podría transportarnos a la corte del rey Salomón.

El día comenzó con el previsible pago de tributos por la fiesta de la víspera. Sin embargo a primera hora cruzábamos el Arco Monumental que separa el decumano del templo de Baal. La mañana era espléndida, y el azul, pincelado a rachas de nubes blancas, asomaba a través de los arcos en los muros, que se orientaban compartimentando el espacio abierto al cielo. La solemnidad del recinto acallaba las voces, la gente se movía con lentitud examinando cada imagen, cada grabado en las piedras del templo, el más grande e importante de la ciudad antigua de Palmyra. El dorado, ausente en el ocaso, impregnaba ahora cada uno de los poros de la piedra palmireña: desde las compactas paredes del templo, a través de frontones, fustes y capiteles del decumano máximo, se extendía por los templos de Nebo y Baal-Shamin, por el ágora, el teatro y el ninfeo hasta llegar al límite de la ciudad donde, antiguamente, se levantaba el  palacio de Zenobia, ahora sedimento de piedras arrumbadas del campamento de Diocleciano.

Saliendo del teatro, tan bien conservado que parecía que los actores podían salir a escena en cualquier momento, fuimos abordados por un crío beduino provisto de un montoncito de postales. Alonso lo escuchó sin entender lo que decía. Su semblante serio y triste me recordó al de otros niños que en otras partes del mundo venden, como él, recuerdos a los turistas.

 Mientras me acercaba al templo de Nebo, dios mesopotámico de la sabiduría, la escritura y los oráculos, oía a Ahmehd hablar de las excelencias del templo:

-Aunque más pequeño y de menor importancia que el de su padre Baal, dios de dioses, el templo de Nebo tuvo gran relevancia en la antigüedad por la infalibilidad de sus oráculos. –Y en tono quejoso, añadió-: Los dioses antes hablaban a los hombres, ahora, en cambio, están callados. En aquellos tiempos, el oráculo del templo de Nebo era como el de Apolo, no se equivocaba nunca. Venían de toda Siria a consultarlo.

-Cierto -corroboró Alonso-, el oráculo de Apolo era infalible. Pero todos sabemos cuál era el secreto ¿verdad?

-¿Secreto? ¿Qué secreto? –preguntó Ahmehd desconfiado por el tono irónico de Alonso.

-¡Sí, hombre!, ¡la coma!... ¿O no sabías que el secreto estaba en la coma?

En la expresión de su cara podía leer, sin equivocarme, lo que estaba pensando. Comenzó el relato:

>>Una vez, una mujer, devota de los dioses, fue a consultar el oráculo a propósito de la suerte de un hijo que marchaba a la guerra. El oráculo contestó y dijo:

“Volverá no morirá”.

>>Pero en el transcurso de una batalla el hijo resultó muerto. La mujer volvió al templo a reclamar al oráculo por haberla engañado. Sin embargo, el oráculo no admitió haberse equivocado. Y el oráculo le contestó:

“El oráculo no se equivocó, fuiste tú quien lo interpretó mal,  pues no dijo: Volverá, no morirá sino Volverá no, morirá. Por tanto no tienes nada que reclamar al templo.”

 

Hay en la vía, al final del primer tramo, un decorativo tetrapilo en granito rosa que marca el cruce del decumano máximo (este-oeste) con el cardo máximo (norte-sur). De las columnas que forman sus cuatro templetes, donde antiguamente se guardaban estatuas de deidades como Isthar, sólo una es original, pues aunque la ciudad fue reconstruida por Diocleciano y se mantuvo en pie durante el imperio bizantino, una vez en manos musulmanas padeció las disputas entre omeyas y abasíes; y lo poco que quedaba se vino al suelo durante el terremoto de fines del siglo XI.

Desde el tetrapilo se divisaban lo que parecían torres aisladas de castillos derrumbados. Esparcidas por el desierto, más allá de la muralla de Justiniano, las torres funerarias, de cuatro o cinco pisos, con nichos para una o más familias, donde los cadáveres embalsamados aguardaban la otra vida, permanecen intactas, con sus primitivas pinturas, relieves y estatuas (algunas en museos).

Aceptando el ofrecimiento de un camellero para ir a las tumbas-torre, me subí a uno de sus camellos. Al poco de iniciar la marcha comprendí que se trataba de un jovencito inexperto apegado a las faldas de su madre: cabeceaba y culeaba como una lombriz al tiempo que lanzaba desesperados bramidos llamando a su madre que se alejaba en sentido contrario. A punto estuvo de tirarme sobre las piedras si no fuera por un joven beduino que acudió a rescatarme. Mientras tanto Ahmehd se hallaba ocupado en reclamar su dinero al camellero. Así que desandamos el camino, decumano abajo, hacia el Arco Monumental, para allegarnos a la necrópolis en la furgoneta.

Los templos se alejaban y las columnas se yuxtaponían ofreciéndonos su mejor perfil dorado. El pequeño se acercó con sus postales descoloridas y arrugadas a un grupo de turistas desperdigados por entre capiteles caídos. Y una pareja de árabes, con elegantes túnicas blancas, marchaba cogidos de la mano entre las esbeltas columnas corintias del decumano.

Siria (Palmira)12

  15. En Homs buscando Emesa

 

Aquellas joyas de Palmyra y el museo-alepo
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