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Dicen de ella que es la rival de Damasco, con la que disputa la titularidad de ciudad habitada más antigua del mundo. Resulta difícil hablar de lugares que conoces por la experiencia de unos pocos días, sería como hablar de la historia de una familia por haber coincidido en la puerta del supermercado. Pero tampoco es cuestión de repetir el canto a la belleza cuando ante sus mismas puertas, pisando el adoquinado de sus calles, se despiertan sentimientos de rechazo. De sus hermosas casas de piedra amarillenta, del carácter de sus gentes, de la vida del zoco tan auténtica, de su hermosa Ciudadela, todo está dicho, y es tan imaginariamente perfecta que genera el máximo de expectativas en el que la visita por vez primera; y aunque su historia se cuente por milenios, y una vida por un puñado de años, es con oro molido con que cada cual mide su hálito.  Y entonces…

Atravesamos la torre de muros curvos, y tras cruzar el foso por el único puente, llegamos a la segunda torre, más grave y solemne, que daba entrada a la alcazaba. Nos acompañaban las explicaciones de Ahmehd sobre las escasas construcciones que permanecían en pié tras el último terremoto, y sobre Ridwan, un rey selyúcida de los tiempos de la primera cruzada, que había tenido en la alcazaba de Alepo su palacio, del que no quedaba nada:

-Cuando lo nombraron rey de Alepo con apenas dieciocho años, mandó matar a sus hermanos menores por miedo a que algún día pudieran arrebatarle el poder; uno, llamado Dukak, pudo huir en el último momento. Dukak fue a refugiarse en la ciudad rival, Damasco, donde le acogieron y le nombraron rey. El odio impidió que las dos ciudades se aliaran en su lucha contra el enemigo común, los cruzados: sus tropas, bajo las órdenes de dos reyes timoratos, aunque numerosas y bien pertrechadas, sufrieron grandes descalabros cuando, cada uno por su lado, acudieron en apoyo de Antioquia que estaba siendo asediada.

>>Y Antioquia cayó en manos de los cruzados. Años más tarde, el príncipe cristiano Tancredo, regente de Antioquia durante el tiempo que Bohemudo, su tío, permaneciía prisionero de los musulmanes, organizó una expedición hasta los alrededores de Alepo arramplando con cuanto se le ponía por delante. Ridwan, acobardado, se ofreció a darle lo que pidiera con tal de que se alejara de su ciudad. Y Tancredo le exigió lo más humillante para los musulmanes, que instalara una enorme cruz en el minarete más alto de la gran Mezquita. Ridwan accedió de inmediato. Dicen que actuaba bajo la influencia de la secta de los asesinos, quienes por odio a otros musulmanes se ponían del lado de los cristianos. ¿Sabían que la palabra asesino viene de hashashshin? –preguntó Ahmehd interrumpiendo la historia. Y añadió-: Así es como llamaban a los misioneros de Hasan, el fundador de la secta. Hasan era chií, había nacido en Irán en 1034 y era un hombre muy severo; dicen que mató a sus hijos; a uno de ellos por beber vino>>

 Nos encontrábamos parados bajo un voladizo, dentro de la alcazaba, escuchando a Ahmehd contar las truculentas “hazañas” de la secta de los asesinos, cuando empezaron a caer, a intervalos, lo que al principio creí eran hojas verdes o trozos de ramas de árbol. No lo eran. Eran vidrios rotos dejados caer sobre nuestras cabezas con, intencionada o no, mala puntería. Si no veo el verde botella brillar alrededor de nuestros pies, seguiría pensando que se había tratado de cualquier cosa excepto  de una agresión. No sé qué hubiese pasado si alguno de aquellos puntiagudos trozos de vidrio hubiese acertado a darnos en la cabeza. Ahmehd salió disparado a denunciar el hecho a un puesto de vigilancia  de allí al lado. Más tarde diría que había visto a los autores, un muchacho de unos trece años y una joven sin velo cuya cara, afirmó, reconocería entre miles. Me sentí decepcionada, triste, no imaginaba los motivos de un acto así.

-Todavía hay en Siria gente que sigue viendo en cada occidental un usurpador francés, un descendiente de los frany, o un amigo del estado de Israel, y por tanto un enemigo del  pueblo sirio. Pero ya verán que no todos somos así… –Ahmehd sonrió cortamente, intentando minimizar el desagradable incidente de cuyos autores no supimos más.

Estaba obligada a creerle, no quería aceptar una realidad tan decepcionante. Nos animamos hablando con cuatro jóvenes musulmanas, interesadas en nuestra nacionalidad, profesión, edad incluso; eran alegres, desinhibidas en cierto grado a pesar de los ropajes y el velo. Poco después nos vimos “asaltados” por una amigable pandilla de niños dirigida por Maryah, su líder de unos ocho años. Hicimos de improvisados reporteros gráficos: nos persiguieron durante un buen trecho reclamando nuestra atención, solicitando ser retratados y  posando con frescura ante nuestras cámaras. Fueron momentos deliciosos; también cuando sus jóvenes madres acudieron volando escaleras abajo, los negros velos al viento sobre la explanada de piedra blanca, llamando a sus retoños, apremiándoles a volver con ellas. Esa era la alcazaba bonita.

Cal y arena.

La frustración volvió a rondarme cuando entré en una tienda no turística, vacía de clientes, cuyo dependiente, sin yo saberlo, se hallaba bajo la promesa de ignorarme por mi condición de mujer occidental. Optamos por descansar en una terraza, tomar un refresco y relajar el ánimo. Allí respetaban la charia islámica (no había bebidas alcohólicas, ni siquiera para turistas). Pero las miradas lascivas no están bajo control de la charia, y hacen que te sientas incómoda. Nos fuimos sin tomar nada. Me preguntaba si dotar a estos especímenes de gafas inhibidoras de la tercera dimensión no sería menos disparatado que imponer el burka a las mujeres. Olvidémoslo. La tarde transcurrió, más agradable, callejeando por los zocos, dejándonos envolver por los aromas de sus famosos jabones, escuchando a los orgullosos orfebres detallar el delicado trabajo que encierra una pieza, acariciando las pilas de cientos de chales de seda, dejándonos guiar por comerciantes armenios que, hablando nuestro idioma, nos arrastraban hasta su tienda; eran, éstos, comerciantes amables, honestos y de carácter abierto.

Cal y arena.

Siria.Alepo5El hotel no estaba lejos. Las luces de los edificios y de la esfera iluminada de la famosa torre del reloj se reflejaban en la oscuridad del suelo, recién mojado por una lluvia pasajera. Y a un lado, bañado en luces amarillentas, soberbio como un palacio, se alzaba un gran edificio de piedra caliza blanca, el hotel Sheraton de Alepo, nuestro hotel; tan hermoso por fuera como vulgar por dentro. Pasamos al lado del piano (en letargo bajo una funda acolchada de embalaje) y nos dirigimos a la mesa que, rodeada de cordones rojos separadores del vulgo como los que ponen en los museos delante de algunos cuadros, exhibía el pomposo cartelito de preffered guest (título inherente a la tarifa de las habitaciones más caras). Nos pidieron disculpas por la noche anterior y nos rogaron que subiéramos a la habitación donde nos habían preparado una sorpresa. Al abrir la puerta, encontramos todas las luces de la habitación encendidas y, dispuestas sobre el velador y en la mesa de despacho, varias fuentes con comida y una botella de vino. Era una forma de disculparse. Aunque, como a tal despliegue le faltaba la tarjeta, no sabíamos si era por el desayuno de posguerra de aquella mañana o por la fiesta no solicitada de la noche anterior: El desayuno (en la exclusiva Planta Club del hotel) además de presentar un buffet de racionamiento, guardaba la sorpresa de una colección de lamparones resecos, sobrepuestos uno sobre otro, que revelaron toda su inmundicia al retirar de la mesa la servilleta (primorosamente doblada, por cierto) que cubría el mantelito. Pero ése había sido un detalle menor. Aquella primera noche, una noche primaveral, se había celebrado la fiesta de bodas de la hija de un alto cargo militar. Esto no tendría mayor relevancia si no fuera por un pequeño detalle, y es que a los árabes les encanta celebrar las fiestas al aire libre (que la ciudad entera participe de su exultante felicidad…), y aquél hotel, el mejor hotel de la ciudad, tenía el lugar adecuado para una fiesta de ringorrango: un gran patio rodeado de varios pisos de habitaciones entre ellas la nuestra. Sí, la nuestra; las demás parecían estar vacías. La fiesta se inició, para nosotros, a las once de la noche, con la machacante orquesta de música árabe y la chillona voz del vocalista taladrando los cristales de la ventana. Debía finalizar a la una pero ¡con los militares habíamos topado!,  el reloj de la torre marcaba la una pasada y el embrutecedor ruido de  tambores, aporreados con vigor de asaltante, penetraba en mi cerebro a través del colchón, del cabecero, de las patas de la cama, haciendo inútiles los tapones de los oídos. A las dos de la madrugada, completamente desvelados, hartos de que trajesen bebidas para calmarnos, recorríamos los pasillos en pijama para una habitación que no daba al dichoso patio ¿No podían habérnosla dado antes?

Cal y arena.

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  11. Serjilla, una ciudad muerta en el desierto pedregoso de Siria

 

Tag(s) : #Insólito

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