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-Señores Suanzes: sean bienvenidos. Díganme qué quieren hacer hoy después de que se acomoden en el hotel; –y desplegando una cuartilla señaló y dijo- ¿ven? ustedes son VIP.

Nos miramos sonriendo a escondidas, como niños que participan, divertidos, en una comedia preparada para ellos. Le seguimos hacia el exterior del aeropuerto; allí nos presentó al chofer, un hombre callado, servicial y discreto; era tan discreto que pasaba totalmente desapercibido, casi invisible, como si fuera una parte más del coche en el que nos llevaría a los sitios más representativos de la ciudad.

 No se muy bien qué quiere decir la expresión “sentirse como una princesa”, pero si tuviera que elegir una ocasión sería la de aquél día, y en el momento preciso, en  que paramos ante la puerta del hotel Oriental: aún no había iniciado el descenso del coche, cuando una fila de tailandesas trajeadas con el tradicional vestido de ceremonia –larga falda recta y chaqueta corta de seda en colores vistosos- salieron del hotel y se acercaron a recibirnos; la primera me despojó, con decisión, ante mi desconcierto inicial, de todas las pequeñas cosas que llevaba en la mano: un libro, la bolsa de mano, la chaqueta de punto y un foulard; la seguían otras dos jóvenes que avanzaban hacia nosotros con sendas guirnaldas de jazmines rojos y blancos que portaban rodeando sus manos  juntas como en una plegaria; hicieron una leve reverencia y, entre infantiles sonrisas, nos entregaron las pequeñas y delicadas guirnaldas. Les dimos las gracias imitando su gesto de juntar las manos. En todo el mundo no había flores con un perfume tan encantador, dulce, suave y pertinaz como el de aquellos jazmines.

-Su aroma y su belleza simbolizan al budismo. Y la rapidez con que se ajan lo efímero de la vida. Los budistas compran guirnaldas de flores todos los días; las ofrecen en los templos y las llevan colgadas de los coches -nos informó Juan, y añadió- Yo no soy budista, soy católico. El 95% de la población es budista rigorista, menos del 1% somos católicos; el resto son musulmanes e hinduístas.

Escuchábamos a Juan como esponjas, ávidos de empaparnos de la cultura, del sentir, del modo de ser y del comportamiento de las gentes de aquél país tan distinto al nuestro cuya primera impresión estaba siendo tan favorable.

Marchábamos entre la comitiva que formaban las tailandesas de figura menuda que nos precedían y los sonrientes mozos que nos seguían con el equipaje.  La puerta del vestíbulo estaba flanqueada por jóvenes de ambos sexos ataviados con el traje de gala; hacían el saludo ritual con natural elegancia: las palmas de las manos juntas con los dedos cerca del mentón que, como muestra de respeto, acercaban a la frente a medida que hacían una inclinación de cabeza (este saludo lo repetían tantas veces cuantas se pasara por delante ellos), y siempre acompañado de una amplia sonrisa.

No era difícil sonreír estando en aquél ambiente: el elegante y bien decorado hall, de altísimos techos y paredes acristaladas, amplio como un salón de palacio, se llenaba de gracia y armonía con las notas de piezas de música clásica (Mozart, Bethoven, Vivaldi…) interpretadas por un cuarteto de cuerda.  Por todas partes encontramos caras sonrientes hasta llegar a la puerta misma de la habitación. La habitación estaba puesta con tanto gusto y tan llena de amables detalles…como la pondría un familiar a alguien muy querido y esperado: un ramo de flores a la entrada, otro en una esquina y sobre la mesa de despacho, orquídeas en el baño, orquídeas sobre la almohada, batas de seda impecables, bandeja de plata con frutas frescas talladas, una botella de vino blanco junto con una rosa roja de largo tallo dentro de un cubo con hielo…Y cada día que pasaba nos encontrábamos con alguna delicada y sofisticada sorpresa:


 
un día era un entramado de rosas rojas en forma de corazón dejado sobre la cama; otro era un pastel de dulce de suaves colores: azul, rosa, blanco, amarillo, que representaba una pareja sentada sobre un diván; el último día nos regalaron dos marcos para fotos hechos de seda. Y, sobre la mesa, dejaron una caja de bombones cuya tapa era una delicada estrella convexa de chocolate blanco. Dudo mucho que pueda volver a estar en un hotel con tantas atenciones.

 3. A orillas del Chao Phraya, el río de Bangkok.  

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Tag(s) : #Lujo

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