Si para algunos es la ciudad más bella del mundo, para otros fue la Ciudad de la Luz: de todos es sabido que los niños de antes veníamos de Paris.
Para muchos fue la ciudad de su primera vez: Los novios antiguos la escogían para su “luna de miel” (aunque daba igual que hubiesen ido a Santander, cuando conseguían salir de la habitación apenas les quedaban fuerzas para acercarse al Louvre). Con el tiempo volverían para descubrir el erotismo tardío en “El ultimo tango en París”. Y los crápulas impenitentes buscarían las pinturas de Manet en el Folies Bergère.
Hoy, cualquier motivo es bueno para visitar París: acudir a las rebajas del Fauburg-Saint Honoré (Hermès, Gucci), rue Cambon (Chanel) o Avenue Montaigne (Yves Saint Laurent, Christian Dior) y al VIII arrondissement; darse una cena en la Tour d’Argent; asistir a la última exposición del Musée d’Orsay o encarar cualquier línea roja que nos quede por traspasar.
Porque…siempre nos quedará Paris.