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           Las noticias de hoy procedentes de Thailandia no son buenas, Bangkok se encuentra en estado de excepción. Mis recuerdos, los que cuento aquí, son de hace unos años, cuando el país estaba en calma, antes del tsunami. Espero que pronto se arregle la situación y los thailandeses vuelvan a vivir en paz y con la prosperidad que sin duda merecen.

            Era nuestra primera noche en Bangkok, cenaríamos en la famosa Sala Rim Naam, al otro lado del río Chao Phraya. Sería una cena de la cocina tradicional tai seguida de un espectáculo de danzas y de teatro basado en el cuento épico Ramakien.

Antes, asistiríamos al eterno espectáculo del sol en su solemne ocaso tailandés, un espectáculo libre y gratuito que, más allá de la retina, nos quedaría garbado para siempre. Aquél era ese instante mágico que atrapa todas las miradas, cuando el grandioso amarillo ardiente se convierte en un disco rojizo: bajaba despacio, indolente, digno y majestuoso, como dueño del lugar, hacia el lecho blando del río. El astro se apagaba lentamente como un viejo, sin poder dar marcha atrás. Mientras, las aguas del Chao Phraya, en paciente espera, lo iban cubriendo, debilitando. En la parte baja del disminuido círculo, donde antes era nada, comenzaron a ascender atrevidos picos negros de torres y edificios. Y en los momentos finales, antes de extinguirse, surgieron, invocadas, inquietas ondas doradas como llamas de oro líquido flotando sobre la negrura del agua entre destellos de luz cobriza. El fuego se convertía en fluido y el fluido se hacía fuego mientras el sol lo hería.

La ciudad despertaba a la noche y encendía sus primeras luces. El Chao Phraya se quedó a oscuras, como queriendo desaparecer de la vista de los curiosos que absortos lo contemplábamos. Pero su deseo por fluir de incógnito sólo se cumplió durante escasos segundos: las falúas se iluminaron con cientos de bombillas colocadas en hileras bordeando sus picudos techos. Las barcas duplicaban así su silueta reflejando su contorno de luces sobre la superficie del agua. Se semejaban a templos ambulantes navegando por el río en romería; como en una fiesta, sin serlo; una fiesta tranquila.

Del embarcadero privado del hotel continuamente salían falúas transportando a los clientes que querían cruzar al otro lado del río. Hicimos la travesía en pocos minutos

A unos pasos de donde desembarcamos una mujer mayor, sentada en una silla, tallaba una sandía a la luz de dos farolas. Delante de ella, sobre varias mesas bajas, exponía el resultado de su paciente trabajo: centros imposibles de flores que no eran flores: eran formas de flores conseguidas tras el tallado minucioso de todo tipo de frutas y de verduras: desde sandías, papayas, melones y piñas, hasta calabazas, zanahorias, remolachas y pepinos. La anciana, muy amable, sin yo pedírselo, me cedió su asiento para posar en una foto (como queriendo aparentar ser la autora de aquellas pequeñas obras de arte). Pero el resultado no fue el esperado. A pesar de mi talante, en lugar de una hábil tailandesa talladora de frutas, más bien parecía una orgullosa española ante su puesto callejero de pipas y golosinas.
 

 4 Cocina tailandesa y Ramakien.

 

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Tag(s) : #Diversión

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