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Birmania-Indonesia K 045

Había leído en algún sitio que en toda la llanura central de Myanmar, durante la estación seca, puede hacer un calor casi insoportable; con ese pensamiento empujé la puerta del aeropuerto, preparada para recibir una bofetada de aire caliente. Sin embargo, aquella manta densa y pegajosa que se abatía sobre Yangon fue percibida por mí como un hálito cercano, cálido y húmedo. Sólo aquella muchacha de aspecto insignificante parecía empeñada en sacarme del estado ideal de ensimismamiento en que me hallaba: Mientras me hipnotizaba con su sonrisa cortés de ciudadana birmana, y daba órdenes a diestra y siniestra (pagaba al maletero, me despojaba de todo lo que llevaba en las manos para, en su lugar, depositar un esplendoroso ramo de inodoras rosas rojas), estudiaba con fruición mi plan de visitas. Según iba leyendo, movía la cabecita de lado a lado como una muñeca desarticulada de porcelana china. Por fin borró la sonrisa y se decidió a contradecirme:

-¿Es que quieres quemarte los pies ya el primer día? ¿Acaso has olvidado la inquebrantable norma budista de entrar en los templos con los pies descalzos? –Claro que no, le dije. Y, dando al traste con mi idea de pasar todo el día en Swedagon, añadió-: ¡Ahora, el suelo alrededor de la pagoda está ardiente como una plancha de freír!

Bien. Entretendríamos el tiempo esperando el atardecer: un recorrido por la ciudad, un descanso en el hotel, una visita al mercado Bogyoke Aung San...

 Chancleteando a pequeños pasos debido a lo largo de su longy, que le llegaba al tobillo, Ma Lo abrió la marcha de la reducida comitiva (Alonso y yo) hacia el flamante automóvil de fabricación china. Frente a él, aguardaba nuestra llegada un sonriente conductor birmano. (De los 53 millones que habitan Myanmar, las dos terceras partes pertenecen a la etnia birmana, el resto se distribuye entre los shan, arakan, karen, chin, rakhine, mon, kachin, china, india, kayah, lahu, rohinga, gurkha, hmong, naga,  pyu, akha, lisaw, kadu, wa, mawken).

 

Yangon resultó ser una ciudad anodina, desordenada y ruidosa, con enmarañados manojos de cables recorriendo las calles; aunque de no ser así, nos decepcionaría: Si nos rechina ver los puentes oxidados del Bronx y permanecemos enrocados en Manhattan, esa misma precariedad nos parece algo exótico cuando la observamos en las ciudades asiáticas porque eso y no otra cosa es lo que esperábamos encontrar. Interminables filas de coches, como orugas descerebradas, concurrían hacia un punto común y brillante; un punto que, apoyado en el asfalto al final de la calle, se eleva por encima de los edificios como una gigantesca campana dorada: la pagoda Sule. A medida que nos acercábamos a ella, un entramado de bambúes con forma de telaraña rígida la cubría completamente.

-Imposible visitarla –sentenció Ma Lo-, la están dorando.

Llegamos a la zona portuaria, pero una valla de hormigón se interponía entre nosotros y la visión del puerto. Por otro lado, exceptuando el Strand -hotel de lujo, pretencioso y decadente, donde se alojaba lo más selecto de la sociedad británica en tiempos del Imperio como Somerset Maugham, Rudyard Kipling o lord Mounbatten, la mayoría de los antiguos edificios coloniales que todavía siguen en pie, se encuentran desocupados, en estado de semi-abandono. Aunque nada de su estado actual tiene mayor importancia y sí lo tiene el papel que desempeñaron en el pasado, la huella que dejaron los personajes que los habitaron. Incluso hombres como Willi, que lo mejor que dejó de su paso por estas tierras fue colaborar en dejar la semilla; una de las semillas que dieron como fruto la primera generación de anglo-birmanos.

Willi había llegado de Madrás para trabajar en la sede de la Corte Suprema –un grandioso edificio, hoy en deplorable estado-. Y es que después de que Inglaterra invadiera la región, en el año 1824, y habiendo aprendido de sus anteriores conquistas lo costoso que es gobernarlas (gastos en seguridad, justicia, etc.), los ingleses declararon esta zona, a la que llamaron Birmania, provincia de su joya de la corona, la India, y miembros del Raj, la administración británica de las colonias del Indostán, llegaron para hacerse cargo de su gobierno. Pero el floreciente negocio de la madera de teca, tan apreciada en Inglaterra, llevó a Willi a a meterse a la explotación forestal de los bosques del norte, montar un aserradero y asociarse con un reputado y ambicioso importador londinense. Conoció entonces a Phyu, hija menor de un birmano a quien, desinteresadamente, había asesorado durante su empleo en la Corte Suprema. Aquella niña, que entonces tenía quince años, le dio tres hijos, dos hembras y un varón, antes de cumplir los dieciocho.

Pero Willi nunca pensó en comprometerse formalmente con una nativa, sino con su novia inglesa de toda la vida –que a punto estaba de hacer su aparición en Rangún para casarse-, y buscaba la forma de deshacerse de Phyu. Cuando un hijo de su socio londinense llegó a Rangún, enviado por su padre para investigar nuevas vías de negocio, Willi vio en él un posible relevo: Jeremy, doctor en Geología, joven y apuesto, podría estar interesado en entrar al portal de jade. Y una mañana, en que las aguas del Rangún amanecieron mansas, invitó a Jeremy a una travesía por el río. Willi orientó la barca hasta el delta del río y, en la ribera norte, cerca de la modesta casa donde vivía Phyu, junto a sus padres, hermanas y los tres niños hijos de Willi, embancaron.

En una escena tan irreal que a Jeremy nunca se le hubiera dado imaginar, niños y mujeres, semidesnudos, se solazaban despreocupadamente con la tibieza de las aguas poco profundas de la enturbiada orilla. En todo el tiempo que permanecieron allí, Jeremy no pudo apartar la vista de aquella muchacha de piel atezada, cuyo cabello oscuro, liso y largo brillaba al sol como un ondulado rio de lava cristalizada. El día que estaba previsto que Jeremy volviera a Inglaterra, Willi acudió al Strand a despedirlo. Sin embargo, Jeremy había cambiado de planes: iniciaría su trabajo como geólogo en los yacimientos de Mogok. Willi se alegró, sabía que le acompañaría Phyu. “Te comprendo perfectamente, Jeremy. Es meta de todo joven en su sano juicio entrar al portal de jade –dijo hablando un doble lenguaje aprendido de los nativos. Aunque obligado por el papel de padre adoptivo que su socio en Londres le había encomendado, mientras Jeremy permaneciera en Birmania, le brindó un consejo que él ya había puesto en práctica-: Pero hazme caso, cuando lo hayas conseguido y comiences a distinguir entre las diferentes variedades de jade, quizá quieras formar una familia… entonces, vuelve tus ojos a Inglaterra”.

 

-En el Bogyoke Aung San os enseñaré a distinguir las diferentes clases de jade –prometió Ma Lo, sabedora del doble sentido de sus palabras (por las connotaciones sexuales que chinos y birmanos confieren a esta piedra semipreciosa); no en vano, aunque aún no lo hubiese afirmado, Ma Lo es fruto de una de las ramas de aquella generación anglo-birmana; bastaba con mirarla a los ojos: en lugar de grandes, oscuros y rasgados como en la mayoría de los birmanos, los suyos eran pequeños y redondos, de color azul pálido como dos botones de nácar.

 A Myanmar. Amarapura1

  2. Un corazón de jade, rubíes y la misteriosa caja de laca. Mercado Bogyoke Aung San

Tag(s) : #Urbano

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