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IM A0152 Vista Web grande


<<Tahiti, sugerente nombre rescatado de las noches de primavera, de melodías que sonaban a mar y a olas, de cócteles de piña semejantes a humeantes volcanes en miniatura y exóticas sombrillas en el borde. Retazos de sonidos, aromas, y sabores grabados en las mentes juveniles, que aderezados con idílicas imágenes posteriores, permanecían adormecidos bajo la elevada meseta de una vida adulta y sin esperanza de ser rescatados.

>>Sin embargo hoy, esperas que todas aquellas fascinantes imágenes de películas antiguas en las que parejas de jóvenes tahitianos, parcialmente vestidos, sonreían desde el otro lado de la pantalla, pasen a formar parte de tu propio escenario y rodeen tu cuello con collares de flores. ¡Qué ingenua eres!

  >>“Claro que siempre conseguiste lo que querías; donde, cuando y como te dio la gana. Hasta que un día, la vigilante Envidia dio un toque a la divina Ecuánime: “Mírala que bien vive; ¡demasiada suerte para estar ahí abajo!”  Y la divina Ecuánime, encargada de conservar la Tierra como un gran valle de lágrimas, decidió bajarte de ese monte donde te hallabas encumbrada y tan a gusto... ¿acaso lo has olvidado?>>

¡No! ¡Claro que no!

<<Pero guiada por los efluvios de un sueño adolescente, que debiera estar olvidado, llegas aquí, ¡como si la vida transcurriera en un ciclo tendente a cerrarse sobre sí  mismo! Y es que tú, ¡cabezota!, no escarmientas. Y sigues tejiendo ilusiones y añadiendo nuevos sueños al plato, y empujas y empujas la balanza hasta inclinarla  nuevamente de tu lado.>>

 

-Despierta –me susurró Alonso al oído-; estamos aterrizando.

-Ya… Si no iba dormida; sólo pensaba.

Atardecía cuando, ya fuera del aeropuerto, esperábamos a subir al coche que había ido a recogernos para llevarnos a nuestro hotel en Tahiti, Le Meridien. No sé por qué, me vinieron a la memoria escenas de la película El Motín de la Bounty, pero no era capaz de recordarla; sólo que transcurría en Tahiti y poco más. Recurrí a la memoria de Alonso, mucho mejor que la mía:

-El Bounty existió realmente. Y también fue cierto lo del motín –empezó diciendo-. El Bounty era un velero de la armada inglesa. Llegó a Tahiti con el encargo de recoger un cargamento de árboles del pan –hablaba sin perder de vista el equipaje que esperaba en la acera a ser cargado en el maletero del coche-. Los ingleses buscaban un alimento más barato para alimentar a los esclavos que trabajaban en las plantaciones de algodón del Caribe.

-Y se amotinaron porque no querían marcharse.

-Espera: Tuvieron problemas durante la travesía y el viaje se alargó más de lo previsto; llegaron a los Mares del Sur con varios meses de retraso. Por ese motivo se vieron obligados a permanecer en Tahiti a la espera de que salieran los  brotes.

-Y fue, durante ese tiempo, cuando la tripulación le cogió el gusto a la isla y a las tahitianas… Y cuando Marlon Brando se enamoró de Talita.

-Eso… Marlon Brando –dijo siguiendo la broma. Luego continuó-: Cuando el Bounty zarpó con su cargamento rumbo a las colonias del Caribe, una parte de la tripulación iba a regañadientes. Después de unos días de navegación, dirigidos por el primer oficial, Fletcher Christian (Marlon Brando), que se había casado con una nativa, se amotinaron. Redujeron al capitán, Bligh, creo que se llamaba, y a los que le apoyaban, y los embarcaron en un bote. Ellos se quedaron en el barco y volvieron a Tahiti. Bligh consiguió llegar a Inglaterra. Los amotinados, junto a un grupo de hombres y mujeres nativos, se escondieron en una isla desubicada en los mapas de entonces. Y para evitar ser encontrados por los ingleses, quemaron el barco.

Más tarde nos enteraríamos de que aún quedaban en la isla algunos de los descendientes de los amotinados.

Cuando llegamos al hotel, en la pequeña playa de Nuuroa, era noche cerrada, sin luna, y la abundante iluminación navideña no dejaba ver las estrellas. Dejamos las maletas, sin abrir, en la habitación, y nos dirigimos hacia un bar que habíamos visto al llegar en un extremo de la playa. Seguimos por la orilla hasta un saliente donde las mesas parecían flotar sobre el agua. Era un lugar tranquilo y solitario, muy relajante.

El bar no era tal, sino un restaurante francés, Le Carré. La maître, una corpulenta mujer de grandes ojos, grandes manos y grandes pies, perfectamente maquillada, se disculpó: no servían copas, sólo cenas. Pero cansados del viaje como estábamos, no nos apetecía cenar, sólo celebrar nuestra llegada a Tahiti con una copa de buen vino.

 No hicimos gesto de marcharnos, se estaba bien allí. Ella ladeó la cabeza en un gesto muy femenino de comprensión. La observé al retirarse arrastrando las sandalias, meneando sus escurridas y rígidas  caderas. Al rato volvió con una amplia sonrisa, exhibiendo su blanquísima dentadura resaltada por el rojo del pintalabios, y una botella de Bordeaux.

Evidentemente era un mahu. En Polinesia, este tipo de personas, los mahu, está ampliamente aceptado y juegan un importante papel en la sociedad. Algunas son hermafroditas y otras tienen mentalidad de mujer encerrada en un cuerpo de hombre;  son mujer-hombre, hombre-mujer. También están los rae rae pero esa es otra clase distinta, más semejante a los dragqueens. Tradicionalmente, la propia familia, cuando tenían varios hijos varones, educaba a uno de ellos como a una chica. Aunque esa costumbre ya no está en vigor, sigue habiendo jóvenes que tienen una sensibilidad especial, una femineidad muy acusada, y son mahu por voluntad propia. De mayores, no todos son homosexuales, y algunos se mantienen castos. Muchos les temen porque, dicen, son tremendamente vengativos.


Restaurante le Carrè en Uuroa. Tahiti

 25. Las más hermosas flores del jardín de Louis

 

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MAPA DE TAHITI (pinchar aquí)

 

Tag(s) : #Lujo

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