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Desde un hotelito de Isla de Pascua.

 


Isla de Pascua4

 

 

Una patrulla de mujeres armadas con botes de spray irrumpieron en la cabina y con paso rápido recorrieron el pasillo disparando sus fumigadores a suelo y techo. Los pasajeros las contemplábamos incrédulos desde nuestros asientos, a la espera de alguna explicación. Pero no la hubo.

-¡Buen recibimiento! –exclamó Alonso con cachaza.

Cuando dieron por terminada su función fumigadora, se abrió la puerta del avión. Ya fuera, recibiríamos la auténtica bienvenida polinesia: dos empleados del hotel colocaron alrededor de nuestros cuellos los tradicionales collares polinésicos de flores.

El hotelito, de estilo provinciano, blanco y pulcro, desarrollado horizontalmente en la llanura costera sobre los acantilados, era uno de los dos mejores de la isla; ninguno de cuatro estrellas. Cada día de los que estuvimos allí se produciría un hecho que nos haría recordar la guerrilla fumigadora del avión. Era lo siguiente. Al atardecer, poco antes de la cena, nos acercábamos al bar-terraza del hotel a tomar el aperitivo. A la misma cita, paseándose por el borde que limitaba el pavimento separándolo del campo, acudían puntualmente las que resultarían ser huéspedes habituales del encantador hotelito de tres estrellas; sólo en el exterior. Paseaban sus voluminosos cuerpos negros, duros y brillantes, con la parsimonia de una reina entre sus cortesanos. Los clientes del bar no les mostraban la menor atención; desde luego eran silenciosas por lo que bien podían pasar desapercibidas… Sin embargo, Alonso y yo, sobre todo el primer día, no podíamos apartar la vista de tan singular y metódico desfile. Desde la mesa a la que estábamos sentados las contemplábamos sin dar crédito; y no porque no las hubiésemos visto anteriormente..., pero nunca tan grandes como aquéllas. Del resto de huéspedes, nadie parecía inmutarse en ningún momento, como si ya se hubieran habituado a su presencia. Sin embargo, al volver de la cena y pasar de nuevo  por la terraza, las encontrábamos despanzurradas sobre el pavimento; decenas de caparazones negros del tamaño de media cáscara de nuez aparecían arrumbados sobre el césped.

Me quedó la duda, ¿fumigar o aplastar? ¡puajjj….!

Pero volviendo al momento de la llegada. Pasamos a la habitación  amplia, blanca y luminosa a dejar las maletas y (como tengo por costumbre) pasé a inspeccionar el cuarto de baño. Era blanco, pequeño, limpio y escaso y un cartel destacaba sobre la repisa del lavabo: “Aviso: Está prohibido limpiar los zapatos con las toallas, si lo hace se le cobrará por unas nuevas”.Me quedé pasmada, nunca podría imaginar que alguien limpiara los zapatos con las toallas, ni que en un hotel fuera a encontrarme con semejante advertencia que dejaba traslucir, bien claro, el grado de respeto que a estos hoteleros les inspiraban sus propios huéspedes. Sin embargo no tardaría en descubrir que el nombre de Isla de Pascua bien podría sustituirse por el de "Isla Advertencia": por las advertencias inadvertidas, las advertencias a destiempo y la falta de advertencias. Así llegó la primera:

Quise aprovechar cuando por la puerta que daba directamente al campo entraba a la habitación la camarera, una mujer de edad, fea y seria y de gesto concentrado, uniformada al más puro estilo colonial de traje negro y delantal blanco almidonado,  para preguntarle por aquel mensaje rezumante de hosquedad. Pero Alonso se adelantó: quería informarse sobre el lugar dónde se encontraba la piscina natural a la que hacía referencia la publicidad del hotel. Y es que aunque no eran el mar ni sus encantos lo que nos había llevado hasta la Isla de Pascua sino sus enigmáticos moais, empezar con un baño de esas características tan poco comunes, sobre todo después del viaje, resultaba atrayente y relajante. 

-Sigan el camino de ripios hasta el final y allí la encontrarán. Si van a bañarse, vigilen la ola –dijo perdiéndose en el interior del cuarto de baño.

-¿Qué habrá querido decir con vigilen la ola? –pregunté a Alonso.

La advertencia me había dejado intrigada, sin embrago Alonso no le dio la más mínima importancia; en eso como en todo nos llevábamos la contraria: yo desconfiaba del mar, él del aire.

Dejando la planicie herbosa, quebrada bruscamente al otro lado por acantilados a plomo sobre el azul cobalto del mar, seguimos el camino de ripios que bajaba serpenteando hasta un grupo de rocas. La erosión provocada por las olas había horadado la parte blanda  de la roca ocasionando una concavidad horizontal de dimensiones similares a las de una piscina familiar. La parte dura, aunque recomida, permanecía erguida presentando cara al mar, protegiendo la piscina del oleaje salvo por una falla en forma de V. Bajo ella, por un orificio ovalado similar a una ventana, entraba y salía agua a la piscina.

La advertencia de la camarera de que vigilásemos la ola no se me quitaba de la cabeza. Sólo después de que Alonso llevase un buen rato sumergido en aquella piscina digna de una película de Esther Williams, y cediendo a su insistencia, acepté bañarme. Y con un ojo puesto en la roca que hacía de fuerte, intentando descubrir por qué lugar se podría colar la ola, me dejé arrastrar por una especie de halo cinematográfico que en aquellos momentos, envolvía el desértico lugar.

La marea estaba bajando, o eso pensé yo. Recordé con dramatismo el comportamiento del mar momentos antes de llegar la gran ola..., cuando se retira abandonando la costa para concentrarse y volver con toda su fuerza. Quizá, en aquel preciso instante, estuviese ocurriendo algo semejante. Quizá en el profundo seno del océano, en las simas abisales, estaría formándose una de aquellas olas que barren las playas y hacen desparecer islas enteras. Y aún siendo más pequeña llegaría hasta estas rocas, entraría por la V que escindía el fuerte y cumpliría con su eterna función de erosionar la roca en su parte más blanda; es decir, donde yo me encontraba. Mi curiosidad científica estaba muy mermada por aquél entonces, nunca fue lo suficientemente grande como para retar el peligro y menos en campo desconocido, así que animé a Alonso a abandonar el enrocado remanso en el que se encontraba tan a gusto para volver a la seguridad de la meseta.

Deslumbrada por el sol que  arrancaba brillos dorados a la pradera, imaginé  un estruendo resonar a mi espalda, allá abajo. Una gran ola se estrellaba contra la recomida muralla, renegrida por la humedad, deshaciéndose en miríadas de picos y rizos de espuma blanca penetraba por el hueco de la V y avasallaba las demás rocas hasta engullirlas, subía por el camino de ripios y, al enrollarse sobre sí misma, dejaba ríos blancos de espuma espesa y lenta y absorbía sedienta y avariciosa el agua de la piscina y la dejaba vacía; como había hecho durante miles, millones de años.

Me volví despacio, dudando de mis sentidos. Lancé al mar una mirada llena de recelo y aprensión. Y el mar me devolvió una imagen serena de calma uniforme, de azul limpio, franco y profundo que aparentaba ser extraño a aquella historia.

Primera advertencia en vano.

 

Isla de Pascua3

  39. Los moais de Isla de Pascua, ¡qué extraterrestres ni qué niño muerto!

 

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Museo de Alepo 10Alepo de piedra, y cal y arena.

 

MAPA DE ISLA DE PASCUA (pinchar aquí)

 

   

 

 

 

Tag(s) : #Descanso

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