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Teóricamente faltaban diez minutos para el despegue. El comandante echó una mirada hacia atrás, vio que los ocho asientos estaban ocupados y despegó, sin más. Al fin y al cabo, en ese momento, el pequeño avión de hélices era el único presente en el aeródromo de Tahiti.

Rodear el cuello del recién llegado con guirnaldas de flores, generalmente de hibisco o de tiaré, es la forma tradicional que tienen los polinesios de dar la bienvenida. También al despedirse lo hacen, pero con collares de conchas. Entonces, la dulce fragancia de las flores tropicales es sustituida por el picante aroma del agua de mar.

Alonso me regaló el que le pusieron al abandonar Tahiti; así pues yo llevaba dos, el suyo y el mío. Eran largos, de conchas finas y frágiles, blancas y pequeñas como lágrimas de despedida. En el final de cada viaje siempre hay un poso de melancolía al pensar en personas que has conocido: el mahu del restaurante de la playa que nos atendía complaciente cuando, absortos en la contemplación del fulgor de las estrellas, más grande allí que en ningún otro lugar de la tierra, nos quedábamos los últimos; el guía polinesio, que me contó todo lo que sabía de mitología polinesia en su francés susurrante; o la camarera del pareo rosa que lo llevaba tan bien puesto que me tenía intrigada, y que cuando Alonso, más espontáneo que yo, le preguntó el secreto no sólo lo desveló con una demostración práctica sino que me mostró seis formas más de cómo ponerlo; o Louis, el parisino polinesio, que, aunque mimado por el aroma y la calidez de los colores de sus exóticas flores, agradecía la visita de algún europeo (¿para convencerse una vez más de que había hecho lo correcto?) . Cada concha del collar de despedida encerraba la imagen de cada uno de esos rostros amables y de otros muchos..., y también el recuerdo de los lugares visitados, las anécdotas, la emoción de un momento… Tendría que conservarlas con el mismo celo con que se protege un buen recuerdo: “Si dejas que las conchas se rompan en el fondo de la maleta, la Polinesia desaparecerá de tu memoria con la misma facilidad con que se mustia la flor de tiaré; ya sabes, la que renovabas cada día, mientras estuviste allí, adornándote el pelo con ella o colocándola sobre la oreja”.

-¿Estabas dormida? –me preguntó Alonso. Él mismo se respondió, pero en un tono un tanto sarcástico-: No. Sólo pensabas…

Habíamos tardado 8 minutos en llegar a la isla de Moorea.

Y llas flores de nuevos collares ocultaron las conchas.

 

Polinesia1.jpg

  30. Con un pareo, una concha y una perla en la serenidad de Moorea

 

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Tag(s) : #Costumbrista

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