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Polinesi:Bora Bora

Resultó excitante atravesar la barrera de coral, dejar atrás las transparentes y apacibles aguas color turquesa de la laguna y encontrarnos en el océano oscuro más emocionante e impredecible, insondable desde la superficie. Partiendo del motu de Tevairoa, siguiendo el arrecife por el lado oeste, llegamos al Paso de Teavanui, el que sirve de comunicación entre las aguas de la laguna y el océano. Entre las paredes de coral amarillo y morado del paso, siguiendo el diseño improvisado de primitivas fuerzas naturales, entraba y salía todo tipo de peces como si de una autopista submarina se tratara

Ya en alta mar, los dos jóvenes nativos que gobernaban la embarcación bajaron el ancla y,  provistos de sendos calderos llenos de pescado, se echaron al agua. No tardó en acudir un grupo de 20 o 30 tiburones que parecían acostumbrados a ese tipo de citas. Se acercaron y los rodearon. Eran tiburones de punta negra.

Animados por los nativos que aseguraban que no se trataba de tiburones agresivos, bajaron por la borda dos turistas, uno mayor de sesenta y el otro bastante más joven. Los escualos se movían a su alrededor zigzagueando velozmente, atrapando los pescados que los nativos iban dejando caer sobre el agua. Viendo tan bucólica estampa de los hombres dando de comer a los tiburones, dos mujeres se sumaron al grupo. Pero hubo un momento en que el hombre mayor, asediado por uno de los tiburones, se puso rígido, se quitó el tubo y las gafas de bucear y miró a su alrededor sorprendido, como buscando una explicación. Decepcionado, con el semblante tenso, nada parecido a la expresión de confianza de cuando había  descendido al agua, se apresuró a subir a bordo. Desilusionado, con las lágrimas a punto de desbordar sus enrojecidos ojos, viejos y cansados, se dejó consolar por su mujer que lo vigilaba desde cubierta. Juntos se retiraron hasta un extremo del barco.

Cuando los calderos quedaron vacíos, el otro hombre, las dos mujeres  y los nativos salieron del agua. Los tiburones siguieron merodeando un rato alrededor del barco y luego se alejaron.

A través del Paso de Teavanui, regresamos a la tranquilidad de la laguna. Fondeados en un lugar poco profundo de aguas turquesa, brillantes y transparentes, atravesadas por rayos de sol plateados, los nativos se echaron al agua con los calderos rebosantes de pescado. Al instante, varias manchas grandes, oscuras y aplanadas, se les acercaron. Un apéndice largo y fino como un látigo seguía sus movimientos. Eran las mantas raya. Había visto reportajes sobre estos peces enormes rodeados de misterio: en uno, un hombre las besaba en la boca mostrando al observador el buen carácter de las rayas, pero en otros se informaba de su peligrosidad: una especie de gancho al final de la cola producía terribles dolores en quien la raya lo hubiese clavado.

Me acodé en la borda intentando descubrir a cuál de los dos tipos pertenecían las rayas de Bora Bora. Veía a Alonso sonriente dándoles en la boca el pescado que le pasaba uno de los nativos; las cogía, las abrazaba, y se enredaba con ellas dando vueltas, como bailando. Decidí que eran del tipo de buen carácter y bajé al agua. Me gustaría besarlas como vi hacer al hombre del reportaje, pero lo más que pude fue dejarlas que se me acercaran a la cara. Se subían por mi cuerpo rodeándome, envolviéndome como su nombre indica, como una manta; se subían por las piernas, por la espalda, por los brazos. Cuando miré a mi alrededor buscando a los otros, vi que habían vuelto al barco: el pescado se había acabado. Yo sólo había pretendido jugar con una manta, pero cada vez había más y más, me rodeaban por todas partes, me hundía empujada por ellas, se subían hasta el cuello, casi me rozaban el pelo y perdí el control de las manos, ya no las acariciaba, sólo quería apartarlas; una me chupó un dedo buscando el pescado que no había y sentí asco y aprensión (y algo de miedo, por qué no decirlo).

Me alejé de allí y subí precipitadamente al barco; todos sonreían a bordo, creían que mis gestos habían sido puro teatro.

Sólo el hombre mayor, el desilusionado con los tiburones, me miró con comprensión: los tiburones iban y venían hacia donde los nativos tiraban el pescado, pero uno se vino hacia él, parecía ciego e insistía en comer pescado de sus manos vacías; creyó que acabaría por llevársele una mano; y se había asustado.

-Subió a tiempo –me dijo el nativo más joven. Y señalando hacia el agua, añadió-: Mire allí.

Y miramos todos. Bajo la superficie transparente del agua, una forma plateada y brillante, alargada y puntiaguda  venía a toda velocidad hacia donde habíamos estado nadando entre las rayas y repartiendo pescado.

-Es una barracuda, una barracuda solitaria -Las peligrosas son las barracudas, pero aquí sólo vienen rayas y son inofensivas, había dicho el piloto  minutos antes, cuando nos invitaba a bajar con las rayas. Ahora pensaba que haber permanecido más tiempo que los demás en el agua había sido una imprudencia por mi parte.

Reanudamos la navegación por la laguna bordeando la isla mayor hasta llegar a Piti Aau, un motu alargado sobre la barrera de coral, con un deslumbrante arenal blanco; la arena era tan fina que flotaba en el agua enturbiando la orilla.

Sobre la franja de matorrales, cocoteros jóvenes y  palmeras que poblaban el arenal, algunos cocoteros se elevaban rectos hasta los diez o doce metros de altura. Bajo sus penachos de ramas deshilachadas, los cocos verdes o marrones se apiñaban en apretados racimos. El nativo que pilotaba la barca se dirigió al que, dijo, tenía cocos maduros y, sin más sujeción que la que le proporcionaban sus manos y sus pies, comenzó a trepar por el tronco. Subía con la misma facilidad que caminaba por tierra firme, un pié tras otro, rápido y seguro; parecía tan fácil… Una vez arriba, arrancó los cocos maduros y los dejó caer a la arena.

Cuando volvió abajo, nos animó a imitarle, a intentar subir al cocotero. Alonso fue uno de los más optimistas. Pero pronto tuvo que rendirse: no era capaz de mantener los dos pies sobre el tronco, siempre dejaba uno en el suelo. El japonés que lo intentó detrás de él consiguió dar tres pasos seguidos tronco arriba; aún así, no subió más de medio metro de los nueve o diez que medía.

Como si quisiera ayudarnos a recuperar nuestra autoestima, el piloto cogió un coco y nos mostró la forma de abrirlo utilizando un gran clavo afincado en el suelo con la punta hacia arriba; seguro que eso sí seríamos capaces de hacerlo. Yo ni lo intenté. Los demás sólo lograron descascarillar la corteza; quedaba bien claro que nadie era capaz de emular las hazañas del joven nativo,  faltaba entrenamiento y habilidad, y músculos y fuerza, y necesidad, haber nacido allí; y aún así y con todo eso, quizá tampoco lo conseguiríamos, siempre nos faltaría algo imposible de tener, la carga genética de todos sus ancestros.

Pero, como nadadores valientes entre tiburones y rayas,  fuimos premiados igualmente, y bajo la sombra de un cobertizo nos ofrecieron una hermosa fuente de hojas de plátano llena de de cocos y mangos (también cogidos allí mismo) sabrosísimos, regalo de la exuberante y espléndida naturaleza polinesia. Y así, entre sabores dulces y amargos, el día fue llegando a su fin.

Polinesia2

 37. La cofabulación de los cielos polinesios  

 

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Tag(s) : #De Aventura

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