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Siria (Homs y Hama)21

 

Por su situación privilegiada en el fértil valle del río Orontes y haber sido cuna de cabeza de linaje de emperadores romanos, Emesa reunía cualidades suficientes para ser visitada. Sin embargo la encantadora ciudad ribereña, otrora inspiradora de románticas ensoñaciones, es hoy una ciudad moderna llamada Homs, que por la facilidad de su situación para el negocio, el desarrollo de la industria y la creación de refinerías, se ha convertido en la tercera ciudad económica más importante de Siria. Hechos, batallas, extravagantes personajes míticos, palabras que se alzaban de las páginas de un libro de historia formando dioramas en tres dimensiones, se desvanecen in situ, atrapados en la cercanía vulgar de modernos edificios de cemento y cristal, sin vestigio alguno del arte y la cultura de un antepasado, que sabemos que existió porque así está escrito.

 

Impelidas por su ambición y avaladas por su belleza, cualidades que poseían sobrada y equitativamente, las hermanas Julias abandonaron su provinciana ciudad natal, Emesa, para hacerse hueco en la capital del Imperio, la Roma de finales del siglo II; casándose con Septimio Severo, el hueco para Julia Domna, la mayor de las hermanas, resultó ser el de más alto rango dentro del Imperio. Como la ambición es inherente a la persona y se acrecienta con el mayor nivel de estatus, la emperatriz Julia Domna gobernó hasta donde Septimio se lo permitió.

Cuando al fallecimiento de Septimio su hijo Caracalla eliminó a su hermano Geta con el propósito de gobernar el Imperio en solitario, Julia Domna, sobreponiéndose al asesinato de su hijo, se aprestó a colaborar con su verdugo y asumir labores de gobierno.

Tras seis años de mandato, Caracalla fue a su vez asesinado. Su sucesor e instigador del magnicidio, Macrino, temeroso del poder de Julia Domna, la mandó de vuelta a Siria. Privada de poder, se dejó morir de inanición.

 A la desaparición de su hermana, Julia Mesa tomó las riendas de la familia, plantó cara a Macrino y presentó al ejército a su nieto Heliogábalo como hijo natural del desaparecido Caracalla. Con apenas 14 años, Heliogábalo, hasta entonces sacerdote supremo del dios sol El-Gabal, principal divinidad de la ciudad, fue proclamado augusto por la Legión de Emesa (admirados, al parecer, por su seriedad y belleza) adoptando el nombre de Marco Aurelio Antonio Augusto.

Algunos historiadores contemporáneos de Heliogábalo afirmaban que el emperador-sacerdote se condujo con total desenfreno tanto en sus costumbres sexuales como por su fanatismo religioso, imponiendo a los romanos el culto a su dios sirio, situándolo, incluso, por encima del mismísimo Júpiter; el odio que inspiraba en el pueblo era compartido por el Senado y la Guardia Pretoriana. Y en el año 222, víctima de una trama de la que participó activamente su abuela Julia Mesa, quien tenía otro nieto preparado para sustituirlo, Heliogábalo fue asesinado.

Pregunté a Ahmehd si podríamos ver la piedra negra, símbolo del dios sirio, que Heliogábalo había llevado al Palatino para imponer a los romanos la veneración a El-Gabal, y que éstos, desaparecido Heliogábalo, habían devuelto a Emesa. En lugar de responder directamente, Ahmehd habló de las numerosas batallas que habían tenido lugar en Emesa, batallas como la que en 272 emprendió Aureliano contra el Imperio de Palmyra poniendo fin a las ilusiones de independencia de la reina Zenobia. Luego dijo:

 -El sitio donde estaba la piedra negra era el templo de El-Gabal. Pero ya no existe. Ahora hay una mezquita, la Gran Mezquita de Homs. Pensaba llevarles ahora.

Me estaba empezando a parecer inútil haber acudido a Homs en un intento de pasear por la historia de Emesa; pero allí estábamos en el camino de vuelta a Damasco.

De los recuerdos de aquel día, rescatados de esa parte del cerebro donde se alternan lo real y lo imaginario, lo leído con lo vivido, uno destaca con fuerza:

Hama, Homs y Bosra10Había mucho movimiento por las modernas calles de Homs, en la plaza y en los jardines que rodean la Gran Mezquita. Los hombres atravesaban la verja, cruzaban el gran patio y entraban a la sala de oración por la puerta principal. Ahmehd me señaló un cartel: yo, “naturalmente”, no podía pasar: Una flecha colgada en la verja indicaba a las mujeres que se abstuvieran de ingresar al patio, y en lugar de entrar a la sala de oración por la puerta principal debíamos de usar una entrada secundaria lateral. Siguiendo hacia la izquierda, en el sentido de la flecha, me encontré con que la puerta indicada se hallaba cerrada y otra, más adelante, daba paso a los urinarios; continué en busca de la dichosa entrada hasta completar una vuelta alrededor de la mezquita. Una puerta, a la derecha de la verja, se me había pasado desapercibida. Era una entrada corriente, como la de una casa. En lo que podría ser el portal, sentadas en el suelo, se hallaban algunas mujeres esperando que salieran las que estaban rezando dentro. Una joven sonriente, acompañada de su pequeña hija, me indicó que debía cubrirme con una chilaba antes de pasar. Cubierta “debidamente” me asomé   a la puerta. No necesitaba seguir: la sala de oración para las mujeres  no era más que un estrecho pasillo donde ellas, como pollos en la jaula de una granja, se hacinaban postradas en el suelo sin espacio ni ventilación. El muro que se alzaba delante parecía haberse deslizado hacia ellas, obligándolas a encogerse, a arrimarse contra la pared. De la gran sala de oración, al otro lado, sólo se distinguía la pequeña porción de cúpula verde, que el medio metro por  encima del muro permitía ver. Mientras unas esperaban otras rezaban pegadas a la pared acristalada de un mausoleo, mejor dicho, a su parte trasera, porque el resto, que tampoco se podía ver, daba a la gran sala de oración donde los hombres descansaban, charlaban y oraban desahogadamente en cómoda amplitud.

Sentí una rabia al borde de las lágrimas.

Cuando me reuní con Alonso su semblante era alegre y relajado, con la expresión beatífica de un ser privilegiado, que cree que las cosas están bien así y son como deben ser. Ante esa supuesta primacía dejé aflorar mi sentimiento, sostenido por un aluvión de sensatas razones.

A veces me pregunto si mi respeto hacia todas las religiones es tan sincero como creo ya que algunas de sus normas las considero completamente rechazables. Imagino un ser recién llegado al planeta preguntándose por qué ellos se reservan la mayor parte del espacio ¿acaso no hay tantas mujeres como hombres? “Incluso más -diría yo-. Pero no conozco ninguna religión que sea democrática”. La cuestión no es trivial y, aún entendiéndolo, mi amigo tendría dificultad para verbalizarlo; no se puede ofender a una mitad.

-Ahora visitaremos la mezquita de Khaled ibn-al Walid, compañero de Mahoma –dijo Ahmehd animoso-. Era conocido como “La espada de Dios” por haber permanecido invicto en múltiples batallas contra bizantinos y sasánidas. Los musulmanes lo veneran como santo por haber conquistado  para el Islam la Siria romana.

-“¡¿Noo…?!”

Hama, Homs y Bosra12

 17. Recuerdos de mujer de las gigantes norias de Hama

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Tag(s) : #Histórico

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