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Algunos creen que Hong Kong es la mayor fábrica de antigüedades chinas, “antigüedades de anteayer” las llaman. Pero lo cierto es que muchas de las maravillosas porcelanas de la dinastía Ming  y Qing, salvadas de ser destruidas durante la Revolución Cultural que las consideraba símbolos burgueses, se encuentran allí. Naturalmente, los precios sólo están al alcance de unos pocos privilegiados, pero cualquiera puede admirarlas; Hollywood Road está repleta de anticuarios. Al día siguiente, en una escapada a la cercana  Guangzhou (Cantón),  encontraría algunas piezas con certificación estatal. Sin embargo había pocas, bastante caras y posteriores a 1800. Hoy en día, el gobierno chino prohíbe sacar del país antigüedades anteriores al siglo diecinueve. Mejor, pensar en otra cosa.

Teníamos un par de encargos y Sonia nos orientó: “Para imitaciones o electrónica de última generación hay que ir a Nathan Road, la Milla Dorada de Kowloon”. La forma más rápida de ir es el metro, cruza el estrecho que separa la isla de la península por un tunel bajo el mar, es limpio y seguro y uno de los más modernos del mundo; por supuesto no se utilizan tickets sino tarjetas personales de lectura electrónica. Al llegar al andén, unas puertas de cristal de suelo a techo impiden el acceso a las vías; sólo se abren para dar paso a los vagones cuando el metro se encuentra detenido en la estación.

-Las mamparas de cristal se han puesto para evitar que la gente se suicide aquí –se apresuró a informarnos Sonia adelantándose, como siempre, a la pregunta que estaba en el aire.

No pude evitar pensar que era una medida previsible en una ciudad obsesionada con la limpieza, donde las idiosincrasias de dos países, uno de Oriente y de Occidente el otro, tan lejanos entre sí en cultura, costumbres e ideológicamente, se complementan para conseguir objetivos comunes. “Suicidarse, vale, pero ensuciar no; ensuciar está prohibido”; cinismo y flema casan bien con casi todo, incluso con el menosprecio por la vida que sienten los que son muchos.

 

El exuberante ambiente de Nathan Road, con multitud de comercios y negocios anunciados por llamativos carteles de neón, se acerca más a la idea que se tiene de las populosas ciudades chinas que el barrio de Central, más exclusivo. Buscamos la dirección donde debíamos comprar un “Rolex Submarin” para nuestro buen amigo Ricardo. Era un segundo piso de una casa antigua, sin ascensor. Nos hicieron esperar un buen rato a pesar de que no había más compradores. Por fin entró en la habitación un hombre con un único reloj en la mano. No era ninguna ganga. “La maquinaria es japonesa y tiene garantía”, dijo a modo de justificación por lo elevado del precio. Sonia nos indicó con un gesto que el hombre era de fiar.

Cumplido el primer encargo, nos lanzamos a la caza de ingenios electrónicos de última generación: cuando vas a ir a Hong Kong, todo el mundo te encarga una cámara digital, una agenda electrónica, un lector de discos y hasta una mini computadora; “allí está mucho más barato” te dicen, y es cierto. Pero buscando cosas concretas, de tienda en tienda, te puedes perder lo mejor de estar allí, curiosear y disfrutar del ambiente. Y eso fue lo que nos pasó.

El resto del día transcurrió con parsimonia en la quietud, relativa, de un antiguo pueblecito de pescadores. Su templo, cuyo origen fue una pequeña pagoda levantada a orillas del mar y de la playa, es ahora un enorme templo, el Templo de los Pescadores. Ocupa una gran extensión de terreno, y constituye un oasis en el paisaje de acero y hormigón de los rascacielos. Dedicado a múltiples deidades cuyas descomunales estatuas aparecen dispersas tanto dentro como fuera del recinto sagrado, es un estallido extravagante de formas y colores. A quien nunca haya estado en un templo chino puede parecerle una alegre feria para niños: La serpiente o naga  azul, de encrespada cola y cuerpo llameante, que repta abriendo voraz su enorme boca, bien puede parecer un temible traganiños; y el enfurecido guerrero de ojos desorbitados que representa el Yin y el Yan, no es otro que el malo que aparece en los tebeos.  Las deidades femeninas tienen aspecto de hada buena; y hasta el Buda Feliz, con su abultada barriga sonrosada, y a punto de soltar la carcajada, recuerda a los gnomos benefactores de los bosques del Norte. Y con las historias que contaba Sonia de religiones y filosofías, creencias, y deidades, disfrutamos como niños.

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13. Del Río De Las Perlas al Seis Banyan de Guangzhou, la antigua Cantón

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