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La lancha con motor fuera borda recorría velozmente los canales alejándonos, sin remisión, de aquél mundo irreal y a la vez tan auténtico y natural. Juan había captado nuestro estado de ánimo al dejar el Mercado Flotante; y como siempre, oportuno con sus silencios y  comentarios.

De nuevo en la civilización de carreteras y autopistas, conducía con prudencia y hablaba sin perder de vista el asfalto:

-Pararemos en la ciudad de Nakhon Pathom. Allí se encuentra el santuario más alto del mundo, el Wat Phra Pathom de 120 metros de alto, uno de los más importantes de Tailandia al que acuden peregrinos de todas partes.


          Sobre una escalinata blanca de tres series de catorce escalones, bordeada por impresionantes nagas (serpientes) de piedra blanca, gente ajetreada subía y bajaba con la cabeza gacha. En la cima un monumento semejante al chedi, la estupa, con forma de montículo coronado por una torre cónica de superficie anillada y la fachada abierta en forma de ángulo con el vértice hacia abajo, guarda una gigantesca imagen dorada de Buda en posición de Tranquilidad, abhaya mudra (de pié con la mano derecha levantada). Un anciano monje escuálido y fibroso, sentado sobre un taburete cuadrado pintado en rojo y oro, blandía un manojo de varillas que mojaba de vez en cuando en un recipiente con agua. Arrodillados ante él, los fieles recibían su bendición después de depositar su óbolo en una cesta allí al lado. Mientras, a los pies del Buda, un chamán echaba al suelo los palos chinos de la suerte. Una vez interpretados, daba un papel con el resultado escrito en tailandés y en chino, y en ingles por el reverso; todos concluían con la misma frase: “Su suerte es buena, debe hacer una ofrenda al templo para que siga siendo buena”.
 

Era un día caluroso. Juan se protegía del sol con su paraguas color crema precediéndonos por aquél lugar lleno de turistas bautizado con el pomposo nombre de “Jardín de la Rosa”; no había muchas flores, y rosas no vi ninguna.
          Acaparó nuestra atención una temible pitón que descansaba sobre los hombros de un hombre joven de piel oscura, menudo como la rama de pino. La gente tomaba distancia cuando el muchacho se acercaba con sus tres metros de serpiente bien medidos. Pero Alonso, el intrépido, no dudó un instante: sin inmutarse, dejó su frágil cuello a merced de aquella serpiente de cuerpo robusto como un brazo de Schwazenager: los verticales ojos de la bicha quedaron fijos en su apetitosa cabeza mientras enroscaba la cola alrededor de su mano izquierda…

           -Foto, por favor –pidió satisfecho.

Me apresuré a obedecerle deseando que terminara cuanto antes aquél antipático momento.


          Disfrutó tanto con la experiencia que no paró hasta que me la puso encima.  La sujeté del cuello tan fuerte como pude a pesar del miedo y el asco que me daba. Aún así, más de una vez, el muchacho tuvo que darle un coscorrón a la pitón por levantar la cabeza más de la cuenta: la fiesta podía terminar en un bocado.

Cuando Juan se acercó, debió de encontrarme más pálida que la cera:

-¿Se encuentra bien?

-No mucho, la verdad.

-¡Ah! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!...-reían a mis espaldas.

 Sin acabar de reponerme, me dejé llevar hasta el recinto donde tendría lugar una manifestación artístico-folclórica.

El programa consistía en:

1. “Ordenación de un monje”: En Tailandia todos los muchachos, incluido el rey, deben pasar una temporada en un templo, como monjes, para estudiar y meditar. Y la Buat Naag es la ceremonia de ordenación de la que participan familiares y amigos.

2. “Boxeo Tailandés”, el deporte más popular de Tailandia. Los contrincantes pueden luchar con todas las partes del cuerpo: pies, manos, rodilla, codos, cabeza…

3. “Boda Tailandesa” de la que ofrecían los aspectos más curiosos: los novios escuchan al oficiante tumbados boca a bajo.



          4. Las danzas: “Uñas Largas”, de seducción; “Danza Yoei” ensalzando el coco; “Danza del Bambú”: bailarines y bailarinas saltan entre dos palos de bambú que chocan entre sí resultando peligrosa cualquier falta de precisión.

5. Los elefantes guiados por sus mahou acarreaban troncos y los apilaban ayudándose de sus trompas. Mientras tanto las bailarinas tailandesas, lujosamente ataviadas, bailaban sobre el césped una “Danza de Despedida”.
           El día había sido muy completo y sin duda emocionante. Pero aún no había terminado y teníamos planes de incursión en el misterioso Patpong.

19. Patpong, más que un mercado nocturno

 

Tag(s) : #Costumbrista

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