Desde el Tree Camp Londolozi en Sabie Sand
La cabaña se ubicaba entre las copas de los árboles. Los monos se descolgaban hasta el mirador camuflado entre las ramas, con sus crías enganchadas a la barriga. Comían las migajas dejadas en el plato y lamían donde anteriormente había posado un vaso. Tres metros más abajo, dos elefantes trompeaban una palmera ya derribada. Mientras, un kudu macho sacudía la cabeza para librar sus retorcidos cuernos de unas ramas. Cuando se sentó a rumiar, su vástago vino a incordiarle. Los grandes ojos negros de un waterbuck me miraban alertados.El buffet está servido. Familias de cercopitecus acudían puntuales a la cita
. Cien veces huían de la honda de Mattew y otras tantas volvían. De madrugada, huellas frescas en la arena.
Una manada de perros salvajes dormitaba sobre la hierba alta y seca. Trece individuos, despatarrados, dejaban espacio entre unos y otros y la cría de la pareja alfa. Una hiena trasnochadora (o madrugadora) había dado con ella. A cada ronda, acortaba distancias. Pero su olor llegó al macho alfa. Se incorporó con las orejas redondas, ahora aguzadas, orientándolas. Con desgana, perezosa, su hembra acabó por imitarle. ¡Zas! De un salto, toda la manada salió escopetada tras la hiena. Volvieron. Ésa ya no se acercaría en lo que quedaba de día. La cría, recién despertada, se acercó a jugar con su madre, que le gruñó irritada.
Bajamos en un claro para tomar el té; té o café, pero con marula, para calentar el estómago. Milton descubrió un leopardo dormido, desmadejado, sobre la gruesa rama de una acacia seca.
L a cabeza de una jirafa llegaba hasta su altura. Entre sus inacabables patas, una hiena husmeaba la tierra. Ésta alzó la cabeza pero sólo pudo observar: el inerte impala permanecía cerca del leopardo, colgado de una rama inalcanzable.
La noche se nos echó encima. Con ella volvieron los sonidos, ausentes por el día. Sonidos de acecho y cacería, pisadas, chillidos, rugidos, interminables gemidos y el roer de huesos desnudos.
Fuimos a Drakensberg. La mañana era ventosa. Las nubes cruzaban raudas sobre las montañas. Mantener el rumbo en el centro del escarpe era como para un borracho seguir la rectitud sobre una línea trazada en el suelo.
Las cascadas plateaban el paisaje como en un belén. Extensos bosques de abetos inundaban las llanuras de verdor en contraste con las escarpadas paredes del cañón del Blyde. Sobrevolamos la God’s Window, pero un cúmulo de nubes blancas y densas se había depositado encima. No pudimos ver nada. Tampoco bajar al picnic. La botella la llevamos para compartir con las dos parejas, ingleses y canadienses, compañeros de safari, y brindar con champán por futuros viajes
Milton y Melvin cogieron el rifle y bajaron: las huellas de leopardo se internaban en el matorral.
Era la estrella, la madre. Posaba indolente en su atalaya, dejando resbalar su indiferente mirada sobre nuestras cabezas. Saltó al suelo y la seguimos hasta un grupo de impalas alertadas. No muy lejos, un optimista jovenzuelo,
seguramente el hijo, acechaba, camuflado entre la hierba dorada, una pieza tres veces más grande. En lo alto del talud, la hembra de kudu, envalentonada no sólo por sus cuatrocientos kilos contra los ciento y poco del leopardo sino también por la presencia de sus hermanas, que el joven no veía, le bufó y le escupió en sucesivas oleadas. Por último, el trío de ases. Viejos y cansados ases. Tres hermanos contra un pesado búfalo de cornamenta más que respetable. Agotados, dos de los leones descansaban lejos, mientras el tercero yacía a dos metros de su víctima ya desentrañada. Los dos parecían dormir tranquilos en mutua compañía. Pero el sueño del verdugo nunca es igual al de la víctima.
Ver imágenes del hotel Tree Camp Londolozi.
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