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Africa del Sur.Zambia.Victoria Falls3 (2)

 

Lo encontramos sentado sobre la hierba, ajustándose las sandalias de llantas que había dejado ocultas entre los arbustos. Aproveché para trasmitirle mi agradecimiento, pues en las Cataratas apenas sí había tenido tiempo de mirarle a la cara. Se mostró tímido pero contento,  y caminó a nuestro lado hasta el banco que había cerca de la orilla, junto al embarcadero. Alonso le invitó a sentarse mientras esperábamos el barco que nos devolvería al punto donde, aquella misma mañana, habíamos embarcado con rumbo a Isla Livingstone.

Después de su trabajo de guardián de la Piscina del Diablo, Mukombwe (seguiré llamándole como en el sueño, puesto que su nombre real no lo recuerdo) trabajaba para un hotel en la ciudad de Livingstone, antigua capital de Zambia, en turno de tarde. Antes de venir al sur, había sido minero en Copperbelt, igual que su padre y sus siete hermanos, y también como su abuelo, que había trabajado en la compañía de Cecil Rhodes que explotaba los territorios que había adquirido a los pueblos shona y matabele. Su abuelo paterno, perteneciente a los shona, había sido un destacado minero, de él decían que sabía escuchar a la roca y por eso le dejaban ayudar con los barrenos; cosa que sólo estaba permitida a los mineros blancos, sus jefes. Trabajaba ocho horas diarias y le pagaban poco, pero nunca le pegaron. Al hablar de su abuelo,  en los pequeños ojos de Mukombwe,  escondidos en el fondo de sus profundas y oscuras cuencas, se encendía una pizca de luz, una pasajera ráfaga de orgullo. Es cierto, se sentía orgulloso de su abuelo; y de su abuela de quien decían que era descendiente de Lobenguela (el rey ndebele que había cedido a Rhodes el monopolio de la explotación de los yacimientos mineros del país a cambio, según dicen, de un barco a vapor, armas y una pensión vitalicia).

Pero el padre de Makombwe, segundo en la estirpe minera, no había tenido tanta suerte, lo despidieron junto a decenas de miles cuando se agotó la mina en la que trabajaba. Él aún era chico, el menor de los hermanos. En lugar de dedicarse a labrar las tierras familiares como hicieron otros, ellos siguieron apegados a la mina. Empezaron a subir clandestinamente al vertedero a recoger restos de cobre y manganeso que luego vendían a un tratante, un amigo de su padre que había sido sindicalista. A Makombwe no le gustaba aquel trabajo. Además estaba aquella eterna nube gris que oscurecía el día y hacía el aire irrespirable; y la lluvia ácida que corroía los tejados de lata y abrasaba los cactus, y el amasijo de porquerías de los desagües a cielo abierto. No, no fueron buenos tiempos. Un día de calor, después de varias horas de buscar en el vertedero, la tierra se abrió bajo sus pies y cayeron hasta diez metros. Su padre no se pudo recuperar de las heridas y murió a los dos meses; en el hospital dijeron que tenía demasiado plomo en la sangre para seguir viviendo.

“Desde el momento que llegué aquí, empecé a tener suerte, encontré buenos trabajos y conocí a mi novia. He ahorrado dinero, y con lo que espero ganar dentro de dos años ya podremos casarnos”, dijo enseñando su blanca dentadura a modo de triunfo; tenía la carne pegada a los huesos y, al sonreír ,la cara se le llenó de arrugas.

 

 

Africa del Sur.Zambia.Cataratas5

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Tag(s) : #Viaje Antropológico

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