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Madha Pradesh, Maharastra, Goa9

 

El safari en Kanha resultó diferente a cualquier otro desde el principio. El hotel suele ser un lugar de descanso entre una y otra salida en busca de animales salvajes. Del tigre, allí, por encima de todo. Nada sucede en el hotel que tenga importancia salvo en Kanha, donde todo es transversal. Duermes en una casita rodeada de huerta, de la que Ashish obtiene casi todo lo que necesita para elaborar sus platos; Amit, el recepcionista, igual te sirve de guardaespaldas en el gigantesco mercado de un lejano pueblo, en el que nunca puso un pie un extranjero, que te acompaña a una boda, circunstancia que modificó mi percepción anterior sobre este tipo de acontecimientos. Y luego está Sony, considerado por los guías de la reserva como el más hábil de los naturalistas.

Después de los cuatro días de safari en Pench, éste de Kanha era el séptimo. La noche anterior habíamos bromeado con otros huéspedes en presencia de Sony y Amit: Es cierto que había tigres, sí, lo sabíamos, por las  llamadas de alarma de los animales que aventaban al felino. Pero no habíamos conseguido ver ni uno. Así pues, Alonso haría una foto al cuadro que presidía el hall del hotel para tener, al menos, una imagen con la que recordar el safari. Todos reímos. Y una pareja belga comentó que de donde venían, en Bandhavgarh N.P., habían visto varios. Bien. Pues este día, Sony y el guía decidieron adentrarse en territorio del tigre, en Kisli.

Los cuatro escudriñábamos el terreno, como auténticos sabuesos. Pero fue Sony el primero en verlos. Un cachorro salió al camino desorientado, asustado por los mahouts que batían la selva a lomos de sus elefantes; lo habían separado de su madre, que rugía furibunda. En dos ocasiones más Sony exclamó ¡Tiger! ¡Tiger!. Eran tigres solitarios que atravesaban el sendero. Su aparición fue tan fugaz que apenas los vimos; al adentrarse en la espesura, han desaparecido.

La pista de tierra era allí como una espina que divide la selva en dos de un modo brusco, sube recta y desparece en una alto, como vaciándose al otro lado. La cabeza de un tigre asomó en ese punto. Se encontraba tan lejos que no creí que valiese la pena decir nada: desaparecería al instante, como los anteriores. No ocurrió nada de eso, sino más bien todo lo contrario, su cuerpo ocupaba el ancho de la pista. Entonces, los demás también lo vieron. Sony echó el freno y nos pusimos de pie. El tigre comenzó a caminar hacia nosotros. Lo hacía por el centro, con parsimonia, sin titubeos; seduciendo con su ritmo pausado de rey de la selva. No había nadie más allí, nadie en absoluto. Todavía estaba lejos pero con cada paso que daba, el diseño de sus marcas se hacía más evidente. Sony dio al contacto, y cuando el tigre estaba a poco más de cinco metros, comenzó a dar marcha atrás: El tigre avanzaba hacia nosotros como si fuéramos un obstáculo evanescente. Seguimos así durante varios minutos, cuatro o cinco, él caminando hacia el jeep y éste reculando por la pista, estrecha y ahora con curvas. Yo me caí sentada, y Alonso protestó a causa del vídeo donde el tigre bailaba arriba y abajo. Mientras él (o ella) posaba sus patas en la arena con la suavidad de un cojín de plumas, pero con firmeza y a piñón fijo, Sony aceleraba marcha atrás volando sobre los surcos, tomando las curvas, y nosotros dando tumbos; botábamos en el asiento trasero como palomitas. Además… ¡Su avance era mayor que nuestro retroceso! ¡Sus pasos eran más largos que el recorrido de las ruedas!

 -Es el-el ma-ma-ma-cho Mu-Mu-Munna –dijo el guía desde el asiento delantero, entre bandazo y bandazo. Lo reconoció por sus manchas (que son como nuestras huellas digitales).

Yo, que a pesar del bamboleo  no le perdía de vista, me fijé en cuatro manchas de la cara que eran como cuatro cejas. Y en sus ojos, que ahora nos miraban como si hubieran descubierto que dentro de ese extraño animal de hierro había otros cuatro más pequeños.

No podría precisar durante cuánto tiempo más seguimos así, Munna avanzando hacia nosotros, Sony haciendo retroceder el jeep… Eso resultó formidable. Yo sentía el corazón acelerado, pero no era miedo, estaba fascinada.

Un jeep asomó por entre las hileras de árboles altos y verdes, y pronto se situó a la espalda de Munna, lo que no gustó nada a Sony, que dijo:

-Munna es un tigre apacible pero no se le puede atosigar.

Dio un acelerón y perdimos de vista al tigre. Pero sólo fue un instante, Munna reapareció después de una curva cerrada. Anduvo unos pasos más y se detuvo. Hizo amago de dirigirse hacia la derecha pero se fue a la izquierda. Se plantó de espaldas a un árbol junto a la pista y expelió sobre él, lo más alto que pudo, su húmeda señal. Así marcó Munna su territorio. Después, se internó en la jungla.

 

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     Munna marcando territorio; Hwasa, en indi

 

Mientras Sony se abría paso, marcha atrás, entre un grupo de jeeps recién llegados, detenidos a nuestra espalda, todavía pudimos ver a Munna desfilar cuesta a bajo entre la fronda y los árboles. Tendida sobre la hojarasca, las manchas negras sobre su piel dorada brillaban con los destellos de la luz del sol que se filtraba entre las ramas de los árboles.

 

India-Dubai-K1-303.jpg

Munna, el tigre dominante.

 

Aquella noche, en el hotel no se hablaba de otra cosa. La chica de la pareja belga se quejó de su mala suerte, dijo que ellos no habían visto un tigre tan de cerca, ni durante tanto tiempo ni siquiera en Bandhavgarh.

Ashish se apresuró a servirnos la cena para luego cambiar el gorro de cocinero por una gorra de turista y llevarnos a tiempo a la boda, a la que también se apuntó Amit; Sony como guardaespaldas; ése fue el mejor dia de todo el safari. 

 

A India II58 

Boda de Kavita y Rajendra

 

India-Dubai K1 381

Sito con Sony y Amit en Gadi Market 

 

9. La historia que comenzó con un bebé barasingha

Tag(s) : #Safari

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