Lunes 8 febrero 2010 1 08 /02 /2010 21:27
Nuestra cabaña en la playa. Moorea

Levantada sobre una plataforma de madera, afincada en cimientos bajo la arena, la cabaña se abría al mar mediante puertas de cristal transparente que daban a una terraza sin baranda rodeada de palmeras. La madera oscura del suelo brillaba como recién barnizada, y sobre la cama, aún salpicada de flores rojas de hibisco, un cuadro con los colores de Gauguin. Era la primera vez que veía amanecer en la playa 

Una claridad gris rosácea entraba a través de las cortinas. Estaba deseando salir, pero me mantuve inmóvil durante unos minutos, no sé cuantos, aguzando el oído. Quería escuchar el rumor del mar. Pero apenas se oía; se acercaba mansamente a la orilla.

El primer  baño fue un bálsamo. A la calidez del mar calmo, a 25 grados, acompañaba un acogedor entramado de nubes finas y deshilachadas como tules de seda blanca, y el envolvente manto verde de las montañas bajaba desde el interior a la playa salpicado de esbeltas palmeras, que en ausencia de airados vientos que las doblegaran se mantenían erguidas; todo un regalo a los sentidos.

 Pasamos la mayor parte del tiempo disfrutando del mar y la playa que permaneció solitaria durante casi todo el día, sólo una pareja vino a tumbarse delante del bungalow (quizá el suyo estaba en el interior del jardín que bordeaba la playa), pero se fueron cuando nos sentamos en la terraza. Íbamos y veníamos: sólo había diez pasos hasta llegar  al agua. El color de ésta cambiaba con la misma frecuencia que nuestras idas y venidas: del rosa de los primeros rayos de sol, había pasado por distintos azules matizados por nubes que se algodonaban o se evaporaban; a mediodía, se había vuelto grisáceo por reflejo de nubes preñadas de agua. Decidimos quedarnos a almorzar en la terraza. Una pareja de nativos trajo la comida en dos bandejas.

Al atardecer, dando un paseo, conocimos a Tamahere. Llevaba pantalones hasta la rodilla, y el torso desnudo completamente tatuado; arrastraba su barca fuera del agua. Y cargó la pesca que traía.

-Buena pesca –dijo Alonso.

-Sí, buena –contestó-. Mahi-mahi, ¿lo conoce?

-Lo conozco –afirmó-. De los pescados de por aquí, es el que más me gusta.

-Son para el hotel -dijo alejándose en dirección a las dependencias del hotel-, podrá pedirlo esta noche.

Nos sentamos en la arena cerca de su barca. Comentando los llamativos tatuajes que lucía el pescador, Alonso recordó el caso de una paciente suya de hacía unos años. Quería borrar el nombre de un antiguo novio que se había hecho tatuar en un brazo. Le causaba problemas: se había casado y el nombre de su marido era distinto. Cuando hacían el amor, al ver el tatuaje,  al marido se le desmoronaba el castillo. Estaba angustiada y acudía a la cirugía plástica para que se lo borrase.

Cuando volvió Tamahere aún seguíamos allí. Parecía contento. Era moreno y fuerte, no pasaría de los treinta. Alonso se interesó por sus tatuajes, le ofreció un cigarrillo pero dijo que no fumaba, hacía una vida sana.

-Este tiburón es Dakuwaga, mitad dios mitad tiburón, y estos son cocoteros –dijo señalando con orgullo las oscuras líneas curvas que recorrían su pecho y saltaban a los brazos-; tenía 12 años cuando me hicieron el primero. Entonces la tinta se hacía con aceite y cenizas de cáscara de coco, y me punzaron con dientes de anguila; fue muy doloroso –sacudió la mano como si aún le doliera. (Antiguamente los misioneros prohibían hacerse tatuajes, y la prohibición se mantuvo después de que abandonaran las islas; hubo quien llegó a marchar a Japón para tatuarse… No fue hasta 1980 que se levantó la prohibición)-. Con los instrumentos de ahora, no duele nada.

La palabra tatuaje viene de la palabra tatau que significa golpear repetidamente. Mientras llevaban a cabo su trabajo, el tatuador y sus ayudantes entonaban cánticos rituales.

-Este pulpo representa la leyenda de Tangaroa, el dios del mar –dijo Tamahere señalándose el antebrazo izquierdo. (Los símbolos que utilizan los maoríes en los tatuajes no son puramente estéticos, representan la identidad y el rango, unen a cada persona con sus ancestros, pueden representar leyendas o estar relacionados con actividades humanas, como la pesca en el caso de Tamahere)-. Tangaroa era hijo de Rango y Papa. Cuando su hermano Tane separó a sus padres para que se terminara la oscuridad en que vivían sus hijos, muchos animales de la tierra escaparon al océano; por eso hay peces en el mar. Estando la nuera de Tangaroa practicando surf, apareció Rogo-Tumu-Here, el demonio pulpo, y la capturó. Al enterarse su suegro, montó en cólera y cogiendo su canoa se dirigió a la cueva donde el pulpo tenía secuestrada a su nuera. Tras una terrible batalla, Tangaroa consiguió vencer al demonio y liberar así a la esposa de su hijo. –Y señalando el elaborado tatuaje que lucía en el otro brazo añadió-: Si vienen pasado mañana les cuento la historia de este otro.

No sería posible, estaríamos en Bora-Bora. Le dejamos echando la barca al agua.

-¡Hasta la vista! –se despidió antes de encender el motor. Apenas se distinguía su torso oscurecido por los tatuajes, difuminado en la oscuridad del mar.

-¡Esta noche tomaré mahi mahi! –gritó Alonso devolviéndole el saludo con la mano.

No sería así.

Era 31 de diciembre, la cena estaba especialmente diseñada para celebrar por todo lo alto el fin de año, y en el menú no figuraba mahi mahi. Oiríamos la llamada del pu, la gran concha, convocándonos a disfrutar de la fiesta polinesia que seguiría a la cena. Veríamos los nativos con sus cuerpos refulgentes de aceite de monoi, ceñir a la cintura sus mejores pareos reservados para ocasiones especiales, y a las bailarinas de larga cabellera oscura adornada con plumas y conchas, luciendo largos collares de flores sobre sujetadores hechos con mitades de coco pintados de negro, ejecutar sus eróticas danzas, aparima, hivanu y paoa, al son de tambores, toere, y ukeleles. Y después de la fiesta, cuando las luces de mil colores estallaran en el cielo oscuro sobre la playa de Moorea, nos confundiríamos con las sombras como cualquier otra noche de cualquier otro mes.

 

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Por Keti Soeng - Publicado en: Polinesia - Comunidad: Volando de isla en isla
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Jueves 4 febrero 2010 4 04 /02 /2010 13:58
Con la conductora de Moorea

Atrás quedaba el ambiente sombrío del marae y las luchas entre los dioses buenos y los dioses malos. Mientras tanto, el cielo se había encapotado y los picos de las montañas quedaban cubiertos por jirones de nubes grises.

Desde el Belvedere, se podía contemplar el macizo montañoso del interior de la isla cubierto por un manto verde oscuro, brillante, rebosante de humedad. Destacaba el Tohiea con sus 1207 metros de altura por tener las paredes grises y peladas y su forma de cabeza sufriente. El resto era como pirámides rotas de caras  hundidas. 

Nos acomodamos de nuevo en el interior del 4x4 (además de serlo, lo había demostrado; y pronto iba a corroborarlo) para dirigirnos a la costa y hacer la última parte del itinerario. La francesa me dijo que le gustaba hablar español, que tenía unas amigas en Pamplona con las que practicaba. Yo le dije que me pasaba lo mismo con el francés y practicaba con mi prima que vivía en París desde hacía muchos años. Hablando de nuestros cantantes preferidos, españoles y franceses, las dos coincidimos en que nos gustaban las canciones de Édith Piaff, y empezamos a cantar:


Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

Ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal

Tout ça m’est bien égal

Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

C’est payé, balayé, oublié

Je me fous du passé

No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

Ni el bien que me han hecho, ni el mal

Todo eso me da lo mismo

No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

Está pagado, barrido, olvidado

Me da lo mismo el pasado


 Aunque nadie se dignó aplaudirnos, nos quedamos la mar de satisfechas.

Llegamos a un lugar que parecía el final del camino pues una cadena de montañas de escarpadas laderas parecía cerrar el paso a las bahías gemelas de Opunohu y  de Cook.

Al pie de una montaña se abría un camino estrecho por el que apenas cabía el 4x4, y Diana se metió por él. Después de ascender 300 o 400 metros, llegamos a un mirador desde donde se podía ver una parte de la bahía de Cook y el majestuoso Rotui, un monte de 900 metros situado en medio de las dos bahías; realmente no valía la pena haber subido hasta allí; quizá por mar se tuviera una vista más completa.

Subimos al coche, dispuestos a volver por donde habíamos venido. Pero Diana no dio la vuelta para bajar al llano. Sin embargo, el sendero que subía rectilíneo por la cresta cincelada que separaba los dos barrancos parecía inaccesible para cualquier vehículo. Las cuatro parejas nos manteníamos expectantes, no entendíamos qué pretendía hacer Diana.

Metió la tracción a las cuatro ruedas y el morro del 4x4 enfiló la montaña ladera arriba. Podría decir, sin exagerar, que no se respiraba para no crear turbulencias. Asomé la cabeza por mi lado y miré hacia abajo con aprensión: el ancho del sendero tenía tal grado de precisión que no sobrepasaba ni un centímetro las ruedas. El borde terroso se deshacía y las piedras desprendidas caían en picado por el barranco. Espantada, retiré la mirada. Me di cuenta, por la expresión de sus caras, de que las dos italianas, sentadas enfrente, habían visto lo mismo.

Sin embargo Diana no mostraba alteración alguna, conducía con absoluta confianza. Finalmente, trasmitió a los demás esa confianza que tenía en sí misma. Aún así, cuando llegamos a la cima, todas y todos respiramos aliviados.

Desde allí se tenía la visión de las bahías más bellas de  Moorea, la de Cook y la de Opunohu. Sus aguas se oscurecen al acercarse a la costa por el reflejo de las montañas volcadas al mar, y adquieren tonalidades más claras a medida que se acercan a la barrera de coral que bordea la isla. Mirando al otro lado, hacia el interior, se veían las montañas vecinas levantarse cubiertas por el mismo verdor homogéneo y rotundo, y las aristas rectilíneas que bordean sus hundidas caras laterales, igual de afiladas que la que nos condujo hasta la cima.

 Antes de iniciar el descenso de la montaña, nos dijo su nombre, Magic Moutain, y su altura, 1106 metros. Pero bajamos por el otro lado, por donde la pendiente estaba más suavizada; y a los lados pastaban las cabras, algunas con sus cabritillas.

Cuando llegamos abajo sanos y salvos, todos admiramos un poco más a aquella mujer de grandes manos, dotada de una extraordinaria energía viril y de no menos extraordinaria sensibilidad femenina. Cuando posó a nuestro lado en una foto para el recuerdo lo hizo adelantando la cadera como una modelo para la portada de una revista.

 

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Por Keti Soeng - Publicado en: Polinesia - Comunidad: Volando de isla en isla
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Martes 2 febrero 2010 2 02 /02 /2010 13:48
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Se acercó a un gigantesco árbol cuyas enmarañadas ramas ocultaban el cielo. Su poderosa figura resaltada por los ajustados pantalones blancos, se recortaba contra  el tronco arrugado y ennegrecido adquiriendo una especial relevancia.  Sin más, comenzó a golpearlo con algún artilugio que encontró allí al lado. Los huecos sonidos que surgieron del interior del viejo tronco nos rodearon y, atravesando el marae, se expandieron en ondas que desaparecían en la selva hasta los poblados.

--Es el árbol sagrado –dijo mientras devolvía la piedra a su sitio-. Hacían ésto  para llamar al pueblo.

El rostro moreno e inexpresivo de Diana había adquirido una expresividad nueva e insospechada. En sus ojos, negros como tizones, brillaba un punto blanco del tamaño de una cabeza de alfiler. Miraba en todas direcciones escrutando la tierra empedrada del recinto sagrado como si temiera que de ella fuera a surgir alguien o algo. El quejido del tronco se había perdido en la lejanía y un silencio acechador se instaló en el marae. El aire rezumaba humedad. Y el ambiente, de por sí sombrío, se había transformado en un lugar sobrecogedor que deseaba abandonar cuanto antes.

Pero entonces Diana empezó a hablar:

-El principio fue la trinidad, Tane, Ru y Tangaroa –su tono ya no era amable. Sonaba profundo, solemne, como si hablara por boca de un antepasado importante; una sacerdotisa-. Tane creó los árboles, Ru formó las montañas y Tangaroa los pescados. La Creación se llevó a cabo en seis etapas: Pensamiento, Noche, Luz, Tierra, la de los Dioses y la de los Hombres.

Hizo una pausa y, con paso solemne, se dirigió adonde nos habíamos quedado, a cuatro o cinco metros del árbol, delante de un muro bajo de piedras oscuras, sagradas.

-Quizá alguno de ustedes ya conozca algo de la mitología maorí… -dijo parándose a nuestro lado.

 Yo recordaba algo de lo que me había contado el guía de Tahiti, pero no dije nada. Al no recibir respuesta alguna, prosiguió su relato:

-Rango es el cielo, de material opaco, que se extiende sobre Papa, la tierra plana. Y duerme con ella. Tuvieron un hijo, Tane, padre de los árboles, de los pájaros y de los insectos de la selva; su segundo hijo fue Tiki, padre de los hombres; Tutenganahau, autor del mal, o Tumata-nenga, dios de los hombres y de la guerra, fue el tercero. El cuarto hijo fue Tuhu, autor del bien. Luego vinieron Tawirinatea, padre de los vientos, y Tangaroa dios de los pescados y padre del Océano. También tuvieron hijos que no eran seres vivientes.

“En un  principio Rango y Papa, estaban tan fuertemente adheridos uno a otro que la luz no podía pasar entre ellos. Sus hijos se veían obligados a vivir en la oscuridad. Cansados de esa oscuridad continua, resolvieron tener un consejo para decidir qué hacer con sus padres. El dios del mal propuso matarlos. Pero el dios de los bosques aconsejó separarlos”

Diana miró la hora en su reloj de pulsera y se dio la vuelta dándonos la espalda. Los demás no nos movimos. Para entonces el marae había adquirido la dimensión de una obra de teatro.

-¿Y entonces…? –preguntó con delicadeza la francesa que había venido a sentarse a mi lado.

-Todos aceptaron la proposición de Tane –contestó a la vez que abría los brazos dando a entender que la respuesta era obvia-. Bueno, hubo uno, Tawirinatea, el dios de los vientos, que no la aceptó, y secundado por sus hijos los vientos poderosos, desencadenó la guerra de los elementos.

Diana había vuelto a su tono impersonal, amable. El aura de sacerdotisa encolerizada cuando golpeaba el árbol sagrado había desparecido y volvía a ser la guía aséptica e inexpresiva de antes:

 -El dios Tane reaccionó. Y apoyando la cabeza en su madre la tierra y afirmando los pies contra su padre el cielo logró separarlos quedando así entre ellos el  dios de la selva. Y surgió el día y al día le sucedió la noche. 

"Aunque separados para siempre por sus hijos, Rango y Papa conservan todavía su amor mutuo -Diana siguió su relato y la seguimos por el camino que llevaba fuera del marae-. Los suspiros que exhala la tierra se elevan hacia el cielo desde montañas y valles y es lo que los hombres llamamos nieblas. Y cuando el cielo, en las largas noches llora la separación de su amada, derrama lágrimas sobre su seno; nosotros las llamamos rocío."


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Lunes 1 febrero 2010 1 01 /02 /2010 13:28
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Alguien se había equivocado.

Aquél pedazo de hierro sobreviviente de varias guerras, renqueante, repintado mil veces y ahora de amarillo grafitado, con dos duros bancos laterales pulidos por decenas de traseros  guerrilleros ¡no podía ser nuestro medio de transporte para recorrer la isla! ¡Acabaríamos magullados, medio muertos!; éso si no nos dejaba tirados en mitad del camino… (¡menos mal que en Polinesia no hay fieras salvajes! pensé). Pero sí, lo era. Y Diana, aquella enorme polinesia de pantalones blancos ajustados que sacaba a todos más de media cabeza, su explosiva conductora.  Entonces ¿qué clase de excursión nos habían organizado?

A las tres parejas que esperaban acomodadas (si vale la palabra) en los duros bancos, dos de italianos en viaje de novios y una de franceses de mediana edad, no parecía extrañarles la rusticidad del vehículo y se mostraban confiados. Nosotros, en cambio, que creíamos que se trataría de un tranquilo paseo estábamos bastante mosqueados. Y con razón. No tardaríamos en comprobar que ni sería un paseo ni sería tranquilo.

Cuando Diana ocupó su asiento, todos admiramos la facilidad con que movía aquel volante, que más que volante parecía un rueda de carro de la época de los romanos, grande y áspero como una arpillera, y cómo aquel trasto herrumbroso camuflado de amarillo respondía a sus órdenes con la sensibilidad de un ferrari sobre una pista de pruebas. Y el volante se convirtió en una prolongación de sus poderosas y huesudas manos, largas y cuidadas y de uñas pintadas de blanco como una modelo.

Dejamos atrás la carretera y nos metimos al campo entre cultivos de piña, de taro y de tiaré, cafetales y árboles de canela y vainilla. Tenía la sensación de que aquel trasto, hasta entonces herrumbroso y repintado, se había convertido, insospechadamente, en el vehículo más fiable para recorrer caminos de agua, fango, piedra o barro, o las empinadas cuestas que llevaban hasta cumbres de 1000 y 2000 metros.

Con voz clara aunque grave, Diana nos informaba, en inglés y francés alternativamente, sobre cada árbol que encontrábamos a los lados del camino; también sobre cada arbusto cuyas ramas rozaban la carrocería y penetraban por los espacios abiertos sin ventanas dejándose acariciar, impregnando el ambiente con su aroma fresco y a veces dulce. Muchas de las variedades de flores existentes en el trópico estaban presentes en aquellos campos del valle de Opunohu, y Diana sabía el nombre de todas: allamanda, oiaseau de paradis, anturium, flores del frangipaniers

Al llegar a un arroyo de aguas claras y transparentes que discurría  entre la fronda, bajo los árboles, Diana detuvo el vehículo quedando con las cuatro ruedas metidas en el cauce. Con los pantalones remangados y sin zapatos, comenzamos a descender uno a uno. A medida que los pies se sumergían en el agua helada que saltaba corriente abajo sobre los cantos rodados, surgían los ¡huy! de las chicas, y los muchachos, que aunque no protestaban, levantaban los hombros como queriendo auparse en el aire.

Buscando peces, que no había, pasamos el rato. Cuando quisimos darnos cuenta nuestra conductora había desaparecido. Resultaba extraño que escogiera un lugar sin baños (aparentemente no los había, estábamos en plena selva; además nos lo habría dicho) para hacer la consabida “parada técnica”.

Al rato vimos surgir su rostro moreno de entre los matorrales. Traía los brazos cargados con ramas de palmera y plátano, flores y piñas. Y no dijo nada. Más de uno habría podido pensar que aprovechando que pasaba por allí, había ido a recoger unas cuantas cosillas para llevar a casa: la fruta y las flores se encontraban al alcance de la mano, como en el paraíso.

Pues no, tampoco había sido éso.

Bajó el portón trasero del vehículo y usándolo a modo de mesa empezó a trabajar las hojas de plátano y palmera. Las trenzaba con tal habilidad que nos tenía embobados. Seguíamos los rápidos movimientos de sus manos concentrados en ellas como queriendo memorizarlos, como si alguien fuera a examinarnos. Las hojas se fueron entrelazando hasta convertirse en una refrescante y lustrosa fuente verde. Con la habilidad de una experimentada camarera, cortó las piñas en pequeñas porciones y las colocó sobre la fuente. Y con las flores, con aquellas exóticas flores de colores brillantes y tan extraordinarias que ni siquiera en el jardín de Louis habíamos visto, adornó el conjunto.

 Aunque no sonreía y sus gestos medidos denotaban seguridad y firmeza y sólo hablaba lo justo e imprescindible, lo hacía con delicadeza. Diana no dejaba de sorprendernos.

 

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Sábado 30 enero 2010 6 30 /01 /2010 13:32


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La placidez de Moorea envuelve al viajero nada más llegar a la isla. Se percibe una especie de serenidad influida quizá por el movimiento suave y el gesto relajado de sus habitantes. Es muy fácil dejarse llevar por la sensación de intemporalidad que dan aquellas sociedades que se desarrollan sin prisa, donde lo benévolo de la naturaleza que les rodea colma todas sus ambiciones. Flota en el ambiente una cierta indiferencia hacia todo lo externo; como cuando se piensa que qué más da ésto que aquello, que nada va a cambiar se haga lo que se haga. Sin poder decir exactamente de dónde o de qué provenía, me invadió un deseo, una necesidad: dejar pasar el tiempo sin apenas hacer nada.

Aquella mañana, nos dejamos perder  por una de las tres o cuatro calles anchas bordeadas de casas bajas y espacios vacíos que conforman el pueblo. Pareos de todos los colores, con flores o dibujos de Gauguin ondeaban al viento delante de las tiendas, y en el interior camisas azules y encarnadas estampadas con la flor nacional, la flor de tiaré. Aunque no hay nada que vendan barato (por ósmosis, han aprendido a valorar lo que tienen y a cotizarse alto como bien saben hacer los franceses) esa forma de vestir, con pareo y camisa holgada, era la más cómoda y adecuada para pasar los días que teníamos por delante, y Alonso fue el primero en adoptarla.

 Después de un almuerzo a base de pescados en la terraza de un pequeño restaurante, un restaurante familiar con tres o cuatro mesas, nos acercamos a ver las famosísimas perlas negras.

Tradicionalmente, los polinesios bucean a pulmón y bajan hasta las profundidades para coger las ostras perlíferas. Pero hoy en día las que llegan al mercado proceden de granjas establecidas en las islas; son las perlas cultivadas. En sus laboratorios se inicia el proceso de inducción a la ostra a producir la preciada perla: Introducen en su interior una esquirla que al ser percibida por la ostra como un cuerpo extraño irá recubriéndolo de sucesivas capas de nácar. Pasados los 30 meses durante los que permanecen sumergidas en granjas submarinas, son subidas a la superficie para extraerles la perla ya constituida. El proceso puede ser repetido con cada ostra hasta tres veces a lo largo de su vida. El espesor de la capa de nácar se ve mediante radiografía. Y ello, junto al color, la forma y la ausencia de imperfecciones en su superficie, determina el valor de la perla. Las perlas negras de los Mares del Sur tienen fama de ser las más bellas, y son tan perfectas como garantiza su precio.

Pero además de las perlas, existe en Polinesia un producto mucho más modesto y al alcance de cualquiera, son las conchas; ideales para llevarlas como recuerdo. Después de descubrir mediante pulido todo el esplendor que encierran sus múltiples capas de nácar, las recortan y decoran con motivos sencillos inspirados en la naturaleza.

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Perlas y conchas de Polinesia1

 

 

Perlas y conchas de Polinesia2

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