Tantas veces me había descalzado a la entrada de un templo a lo largo de mis viajes por Asia que ya era para mí algo habitual. Sin embargo, los europeos de la era colonial
consideraban ésta una norma que la fe budista no exigía, y sí algo impuesto por los birmanos con el fin de humillarlos. Y así fueron muchos los británicos que por no tragar su orgullo se
vieron privados de la contemplación de una de las pagodas más bellas del mundo.
Habíamos accedido al recinto por una estructura funcional que, a modo de pasarela cubierta, servía de transición entre la vulgar ciudad de Yangon, ruidosa y sucia, y el
venerado templo de Shwedagon, la más monumental obra de Myanmar paradigma de magnificencia. Mis expectativas (acrecentadas por las lecturas de Pierre Loti) eran tan elevadas que temía no ser
capaz de apreciarla en toda su belleza. Las pagodas se diferencian de las catedrales en que no se yerguen hacia el cielo con la severidad y decisión de las desafiantes torres góticas o románicas,
sino que lo hacen mediante techos escalonados de madera, adornados con primorosos calados y aleros de puntillas doradas, y ampulosas estupas que, con sus formas redondeadas, se elevan
voluptuosamente; sólo el hti, liviana y tintineante filigrana metálica, se adentra, picoteando, en las altas estancias celestes, allí adonde asciende compañando al monótono sonido de los mantras.
Sin olvidar lo sagrado del lugar -encierra ocho cabellos de Buda-, el inconmensurable derroche de oro que
acumula la estupa, el exceso de miles de quilates de rubíes y diamantes que centellean al sol desde lo alto de su hti, hacen pensar en un acto
pasional. Y el placer nuevo e igualitario del contacto de los pies descalzos con la pulida superficie del enlosado de mármol, no hace si no aumentar el que penetra a través de los demás
sentidos -también el aire se llenó de mantras- añadiendo al acontecimiento cultural un sutil matiz sensual.
Al poco de llegar, fuimos absorbidos por filas de devotos que, vistiendo el tradicional longyi, semejante al de las mujeres, con ofrendas que acompañaban a imágenes de budas y
sombrillas de seda blanca, desfilaban en torno a la estupa poniendo una nota de equilibrio en tan ostentosa muestra de lujo. A este defile siguió otro y a éste uno más. Esta vez eran mujeres
vestidas de gala, la sonrisa ausente y el pelo, negro como el azabache, retirado hacia atrás en un estirado recogido. Entre procesión y procesión, la mayoría de gente completaba sus giros
alrededor de la estupa como minuteros de reloj; algunos deambulaban de aquí para allá o descansaban sentados en el suelo formando pequeños corrillos; los niños jugaban a empujarse bajo la
divertida mirada de sus madres, cuya amplia sonrisa hacía desaparecer su pequeña nariz chata entre las protuberantes mejillas protegidas con thanakha. De vez en cuando, una túnica naranja
delataba al monje, que sentado en posición de loto, pasaba las cuentas de un eterno rosario. Mientras, otros observaban el ajetreo desde el espacio abierto de una capilla o meditaban ante la
complaciente mirada de un Buda reclinado.
Al amparo de la estupa se suceden capillas doradas, imágenes coloridas de dragones, garudas y otras figuras mitológicas, la mayoría rodeadas de ofrendas y velas
encendidas; algunas -tantas como días de la semana- llevan adosada una pila con agua: el devoto debe verter cazos de agua sobre la imagen que le atañe, tantos como pecados (correspondencia de la
que tuve conocimiento demasiado tarde. Por mimetismo, había vaciado sobre la cabeza del tigre, animal ligado al día de mi nacimiento, tan sólo, un par de cazos; cantidad, a buen seguro, del todo
insuficiente).
A punto de finalizar la primera vuelta, topamos con un grupo de niñas novicias a las que alguna mano con minuciosa codicia había privado de cualquier rastro de pelo sobre su
cuero cabelludo. Arrodilladas, con las manos juntas sobre sus hábitos rosa, a una cierta distancia del pie de la estupa (las mujeres no pueden acercarse a menos de x metros) encadenaban ristras
de mantras con sus voces infantiles. Atraídos por aquella tierna imagen, permanecimos contemplándolas un largo rato. Pero al fin, su persistencia en la oración pudo más que nuestras cada vez más
mermadas fuerzas y retomamos, más relajados si cabe, la primera vuelta en torno a la estupa.
Tras la insospechada lluvia de mantras, la oscuridad se instaló lentamente sobre el recinto del templo y el aire se fue llenando de nuevos sonidos, conversaciones y murmullos
en distintas lenguas, europeas en su mayoría. Y mientras monjes, devotos y niños abandonaban el templo más venerado del pueblo brimano, gentes venidas de otros países zumbaban como abejorros
alrededor de la estupa acechando el momento de su máximo esplendor: cuando convertida en una gigantesca burbuja de luz dorada se alzase con desmesurado fulgor sobre el cielo completamente
negro de la ciudad de Yangon; un cielo en el que no habría luna, astro ni planeta, ni cuerpo celeste alguno que brillase tanto como la dorada estupa de Shwedagon.
Una vez estuvimos lejos y con la perspectiva que da la distancia, pudimos verla dorada y solitaria ante la oscura infinitud, elevada sobre la espesura boscosa del monte con la magia
prodigiosa de las obras colosales.
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