Sunday 29 january 2012 7 29 /01 /Ene /2012 19:20

  Birmania-Indonesia S 031

 

    Tantas veces me había descalzado a la entrada de un templo a lo largo de mis viajes por Asia que ya era para mí algo habitual. Sin embargo, los europeos de la era colonial consideraban ésta una norma que la fe budista no exigía,  y sí algo impuesto por los birmanos con el fin de humillarlos. Y así fueron muchos los británicos que por no tragar su orgullo se vieron privados de la contemplación de una de las pagodas más bellas del mundo.
    Habíamos accedido al recinto por una estructura funcional que, a modo de pasarela cubierta, servía de transición entre la vulgar ciudad de Yangon, ruidosa y sucia, y el venerado templo de Shwedagon, la más monumental obra de Myanmar paradigma de magnificencia. Mis expectativas (acrecentadas por las lecturas de Pierre Loti) eran tan elevadas que temía no ser capaz de apreciarla en toda su belleza. Las pagodas se diferencian de las catedrales en que no se yerguen hacia el cielo con la severidad y decisión de las desafiantes torres góticas o románicas, sino que lo hacen mediante techos escalonados de madera, adornados con primorosos calados y aleros de puntillas doradas, y ampulosas estupas que, con sus formas redondeadas, se elevan voluptuosamente; sólo el hti, liviana y tintineante filigrana metálica, se adentra, picoteando, en las altas estancias celestes, allí adonde asciende compañando al monótono sonido de los mantras.

Sin olvidar lo sagrado del lugar -encierra ocho cabellos de Buda-, el inconmensurable derroche de oro que A Myanmar (Yangon)6acumula la estupa, el exceso de miles de quilates de rubíes y diamantes que centellean al sol desde lo alto de su hti, hacen pensar en un acto pasional. Y el placer nuevo e igualitario del contacto de los  pies descalzos con la pulida superficie del enlosado de mármol, no hace si no aumentar el que penetra a través de los demás sentidos -también el aire se llenó de mantras- añadiendo al acontecimiento cultural un sutil matiz sensual.
    Al poco de llegar, fuimos absorbidos por filas de devotos que, vistiendo el tradicional longyi, semejante al de las mujeres, con ofrendas que acompañaban a imágenes de budas y sombrillas de seda blanca, desfilaban en torno a la estupa poniendo una nota de equilibrio en tan ostentosa muestra de lujo. A este defile siguió otro y a éste uno más. Esta vez eran mujeres vestidas de gala, la sonrisa ausente y el pelo, negro como el azabache, retirado hacia atrás en un  estirado recogido. Entre procesión y procesión, la mayoría de gente completaba sus giros alrededor de la estupa como minuteros de reloj; algunos deambulaban de aquí para allá o descansaban sentados en el suelo formando pequeños corrillos; los niños jugaban a empujarse bajo la divertida mirada de sus madres, cuya amplia sonrisa hacía desaparecer su pequeña nariz chata entre las protuberantes mejillas protegidas con thanakha. De vez en cuando, una túnica naranja delataba al monje, que sentado en posición de loto, pasaba las cuentas de un eterno rosario. Mientras, otros observaban el ajetreo desde el espacio abierto de una capilla o meditaban ante la complaciente mirada de un Buda reclinado.
     Al amparo de la estupa se suceden capillas doradas, imágenes coloridas de dragones, garudas y otras figuras mitológicas, la mayoría rodeadas de ofrendas y velas encendidas; algunas -tantas como días de la semana- llevan adosada una pila con agua: el devoto debe verter cazos de agua sobre la imagen que le atañe, tantos como pecados (correspondencia de la que tuve conocimiento demasiado tarde. Por mimetismo, había vaciado sobre la cabeza del tigre, animal ligado al día de mi nacimiento, tan sólo, un par de cazos; cantidad, a buen seguro, del todo insuficiente).
    A punto de finalizar la primera vuelta, topamos con un grupo de niñas novicias a las que alguna mano con minuciosa codicia había privado de cualquier rastro de pelo sobre su cuero cabelludo. Arrodilladas, con las manos juntas sobre sus hábitos rosa, a una cierta distancia del pie de la estupa (las mujeres no pueden acercarse a menos de x metros) encadenaban ristras de mantras con sus voces infantiles. Atraídos por aquella tierna imagen, permanecimos contemplándolas un largo rato. Pero al fin, su persistencia en la oración pudo más que nuestras cada vez más mermadas fuerzas y retomamos, más relajados si cabe, la primera vuelta en torno a la estupa.
    Tras la insospechada lluvia de mantras, la oscuridad se instaló lentamente sobre el recinto del templo y el aire se fue llenando de nuevos sonidos, conversaciones y murmullos en distintas lenguas, europeas en su mayoría. Y mientras monjes, devotos y niños abandonaban el templo más venerado del pueblo brimano, gentes venidas de otros países zumbaban como abejorros alrededor de la estupa acechando el momento de su máximo esplendor: cuando convertida en una gigantesca burbuja de luz dorada  se alzase con desmesurado fulgor sobre el cielo completamente negro de la ciudad de Yangon; un cielo en el que no habría luna, astro ni planeta, ni cuerpo celeste alguno que brillase tanto como la dorada estupa de Shwedagon.
 
    Una vez estuvimos lejos y con la perspectiva que da la distancia, pudimos verla dorada y solitaria ante la oscura infinitud, elevada sobre la espesura boscosa del monte con la magia prodigiosa de las obras colosales.

 

A Myanmar (Yangon)12

Por Keti Soeng - Publicado en: Myanmar, antes Birmania
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Friday 27 january 2012 5 27 /01 /Ene /2012 13:58

AMSTERDAM.

Amsterdam1

 

      Siguiendo con esta serie en la que recuerdo pequeños detalles del viaje como el hotel, la comida, un cuadro o un concierto, le toca el turno a Amsterdam.

      El Hotel DE L'EUROPE es un espléndido edificio del siglo XIX en lo mejor del hermoso canal Amstell. Desde sus habitaciones se puede contemplar el fluir de la vida cotidiana en el ir y venir pausado de las barcas que transitan por los canales que atraviesan la ciudad.

      Si los cuadros de Van Gogh te mantienen atrapado en su mubruselas-amsterdan 013s eo como si los pies se te hubiesen pegado al suelo cuando traspasas las puertas del impresionante Rijksmuseum y accedes a los Vermeer y los Remb randt su maestría te apabulla; las emociones se te funden en los labios en una  involuntaria e interminable sonrisa.


      Para los que  no les gu stan las ostras vivas: en el restaurante de L'Europe nos prepararon las ostras  más deliciosas que he probado en toda mi vida. (Eso sí, el champán del desayuno no está incluído en el precio del buffet). A tener en cuenta cuando se callejea: cuidado dónde guardas la cartera.


Amsterdam1 (3)

Por Keti Soeng - Publicado en: Ciudades de Europa
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Thursday 19 january 2012 4 19 /01 /Ene /2012 14:42

A Myanmar (Bagan)3

 

     Las horas esperando el atardecer de aquel primer día se fueron llenando de sensaciones nuevas que aún hoy, en algunos casos, no alcanzo a comprender por qué les doy tanta importancia. A pesar de lo que dicen que los viajes sirven para conocerse más a uno mismo, los sentimientos, a veces, dan paso a confusas ideas y entorpecen la razón, y ciertas ideas precipitadas engendran sentimientos que no hacen si no aportar confusión a nuestras vidas, hasta entonces tranquilas.
    A la entrada del Chaukhtatgyi Paya, unos niños, con las caras cubiertas de thanakha, se entretenían jugando con cascotes, restos de yeso y madera, de la obra de embellecimiento de la cubierta del templo.  Éste era más bien feo, como un hangar engalanado para una fiesta de fin de año, con vigas metálicas a la vista como un mecano y columnas plastificadas con colores chillones haciendo dibujos de mosaicos plateados. Pero el inmenso Buda recostado cuyo cuerpo aparecía envuelto en ricos ropajes dorados, parecía satisfecho del aire que le rodeaba, sublimado por el aroma a incienso y flores, velas y bombillas de colores, desde la lejanía de su Iluminación, donde ninguno de los males de este mundo le perturban; su rostro sonriente de mirada serena era reflejado por miles de espejitos de múltiples colores.

Birmania-Indonesia K 049

    Una vez fuera, una niña desarrapada, de unos doce años, que sujetaba por los brazos a un pequeño que se tenía en pie a duras penas, se separó del grupo y se plantó ante nosotros. Tenía la cara sucia y al niño le caían los mocos. Enseguida se le unió un muchacho, con la cara pintada con thanakha formando un extraño dibujo que le cubría la nariz y culminaba en la frente. Nos observaba fijamente con una mirada extraña, demasiado dura para un niño de su edad; una dureza retadora que ocultaba su propio desamparo;  y sin embargo no era insolente.
    Parado en lo alto del montículo de cascotes, sus ojos almendrados de pupilas dilatadas, enrojecidos por la fuerza de la extrema determinación de un adulto agraviado, se clavaron en las mías durante un instante prodigiosamente largo. Nunca en mi vida había visto una mirada como aquélla: de contenida rebeldía, de doloroso sometimiento acusador, de temores, abusos y rencores acumulados por generaciones o, quizá, por sus hermanas o por él mismo. Conmigo, advertía al mundo, con la humildad y valentía propia de un chiquillo respetuoso, que ningún agravio quedará impune para esta generación nueva, decidida a no seguir perdiendo un solo paso de vida mientras que otros de su edad encaminen los suyos a alcanzar el nirvana, con o sin ayuda, en una o en varias vidas.
    Se volvió de repente, perdido el interés, igual que hace un cachorro de león sorprendido sólo en medio de la sabana cuando se da cuenta de que formas parte de un todo inofensivo. Ella, que hasta entonces había permanecido seria, sonrió temerosa y, sin dejar de mirarnos, levantó la sucia camiseta del pequeño dejando a la vista su sexo como si ser varón tuviera una relevante importancia. Fue una escena cuyo sentido no podría descifrar, pero me inspiró una repentina tristeza.

Rostros de Myanmar1

    Se acercaba el mediodía, y aunque el sol aparecía aplacado por un cúmulo de nubes bajas, decidimos pasar el resto del tiempo de espera al abrigo del Governor’s Residence en el barrio de las embajadas. Aquella burbuja orweliana de los días de Birmania mantenía a raya el calor, y el ruido y los olores rebotaban en el exterior de sus muros de hormigón como en repuesta a algún conjuro de la era colonial. Atravesamos el pequeño lago que rodea la Residence caminando sobre un dique, que disfrazado de puente de madera separa eficientemente las verdosas aguas estancadas, habitadas por amigables carpas, de las otras, claras y asépticas, de una refrescante piscina alrededor de la cual, sobre hamacas repartidas por el césped, descansaban algunos cuerpos ávidos de sol, blancos como la tiza;  y por un laberíntico entramado de verandas y pasarelas llegamos a nuestra habitación. Cuando al esperado atardecer nos reencontramos con Ma Lo, se hallaba en compañía de una compañera de trabajo, morena, guapa, vestida a la occidental, que con inusitado desparpajo aprovechó que Alonso es médico para hacerle una consulta: al turista italiano al que servía de guía le había salido un sarpullido. Despachada la consulta con la amabilidad que le caracteriza, dejamos a la moza asomada a la veranda, las carpas arremolinadas delante de su sombra, bullendo ansiosas, formando torbellinos bermellón con sus ojos saltones emergiendo a la superficie, abriendo la boca hacia aquellas manos que, vacías de pienso, simulaban echarles comida. Camino de Swedagon Paya, Ma Lo comentó que la osadía de su amiga siempre le había dado buen resultado: Aprovechando la invitación de una pareja de turistas había visitado España en dos ocasiones, alojándose en su casa. Ahora el hombre se había separado de su mujer y, dentro de dos meses, iban a casarse. (No podía dar crédito a lo que estaba oyendo, los ojos debían estar saliéndome de las órbitas cuando dije: ¡Me pregunto qué habrá pasado con el guía masculino que teníamos asignado!).

A Myanmar. Mingun4

Por Keti Soeng - Publicado en: Myanmar, antes Birmania
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Monday 16 january 2012 1 16 /01 /Ene /2012 14:06

Budapest

Budapest1 (2)

 

 

       Al igual que otros que conozco de la misma cadena, Le Meridien de Budapest tiene buena situación y un servicio que nunca decepciona. A pocos pasos de allí se encuentra el afamado Gerbeaud donde, además de endulzar el paladar de capitalinos y foráneos con sus deliciosos pasteles, se puede disfrutar de auténtico foie húngaro en su acogedor restaurante Onyx. Pero para catarlo a placer repetimos experiencia en Gundel, un restaurante de ambiente refinado, con música en vivo, donde elaboran foie de varios tipos (no desmerecen un ápice del foie francés más cotizado y su precio es menos “aristocrático”) que maridan sabiamente con vinos de cosecha propia. Al salir del restaurante, tanto los vinos como los distintos tipos de foie se pueden comprar para llevar a casa.

Budapest1 (3)

        Alimentado el cuerpo tan sabiamente, solazar el espíritu en Budapest es cosa fácil: dejándose arrastrar por la vibrante música zíngara, por el desgarrado lamento de un violin solitario o acudiendo a alguna representación de su prestigioso Teatro de la Ópera  (el problema para asistir a la Ópera está en conseguir buenas entradas. Sin embargo, recuerdo un Turandot sublime desde uno de los peores asientos del último piso; y son unos cuantos).

        Aunque no hay que olvidar que, si bien su esencia es musical, la capital húngara es una ciudad bendecida por las aguas. No sólo el Danubio se convierte allí en el musical espejo azul en el que bailan amarfiladas las agujas del Parlamento, sino que cálidas y balsámicas aguas que brotaban generosamente para solaz de héroes de pasadas guerras y batallas, hoy se protegen en recintos palaciegos para uso y disfrute de propios y extraños.

        Y si para cuando nos vamos queremos materializar lo más refinado de cuanto hemos conocido y llevárnoslo a casa, nada mejor que una delicada  pieza de porcelana.

 


Por Keti Soeng - Publicado en: Ciudades de Europa
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Saturday 14 january 2012 6 14 /01 /Ene /2012 20:53

Venecia1   

           Asomado al Gran Canal, el Hotel GABRIELLI SANDWIRTH es un buen refugio. A pesar de estar al lado de la Plaza de San Marcos, no es un lugar de tránsito por lo que constituye un remanso de paz dentro de la vorágine turística. Recuerdo las notas de un piano de café deslizarse melancólicas sobre las oscuras aguas de una solitaria e inundada Plaza de San Marcos en una noche cálida. Dicen que que las terrazas de la Piazza son caras, olvidan que un instante así no tiene precio.

 

                    Aunque Venecia es uno de los primeros destinos turísticos del mundo, los venecianos son simpáticos y acogedores. Después de recorrer los lugares más emblemáticos, conviene dejarse perder por sus calles y canales más alejadas del centro donde transcurre la vida normal de los venecianos y se pu ede disfrutar de su compañía.

Venecia2 (2)

                  Además del célebre cristal de Murano, los juegos de ajedrez venecianos, hechos con piedras semipreciosas (ágatas, lapislázuli...) y artísticas y delicadas piezas de plata, son disputados por los grandes coleccionistas del mundo. Una conocida galería de arte, Rubí, a los pies del Rialto, expone los modelos más cuidadosamente elaborados.

 

 


 
Por Keti Soeng - Publicado en: Ciudades de Europa
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