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Desde el Hotel Rtz Carlton de Hong Kong

 

Egipto 001 Vista Web grande

 

Iban y venían con sus cuerpos ahilados, ligeros, tanto que no parecían pisar el suelo, los ojos anclados en el rostro de Jacobo y una sonrisa tímida y pequeña, incluso en las que sobrepasaban los cincuenta, y a la que él correspondía con verdadera complacencia. Su vestimenta era sencilla y no lucían ningún tipo de joya ni complementos, por lo que pensé que su estancia en el hotel se debía a una reunión de mujeres del Partido o a un pago en especias por parte del Gobierno.

 

-¡Son tan pequeñas y parecen tan flexibles…! -dijo sin mirarme. Y añadió como si en lugar de hablar con su mujer estuviera hablando con un compañero de juerga-: Apostaría a que podría meter una en mi maleta.

 

Quise decirle que dejara de mirarlas con aquella pose de actor holiwoodiense pero mis cuerdas vocales, tensas como alambres herrumbrosos, apenas emitieron un leve chirrido. Supe entonces que Ella, mi otro yo, surgiría controlándolo todo. Ella era una leona que lanzaba un rugido de advertencia. Y yo, cada vez más pequeña, me acurrucaba en su interior, en un rincón de su estómago dolorido de despecho, a pesar de que sabía que la leona no existía.

 

El gel de todos los frascos se convirtió en montañas de espuma bajo el fuerte chorro de agua caliente. Mientras Ella comenzaba a sumergirse poco a poco, oí su voz que decía: <<Por mí, puede llevarse a casa una de esas pequeñas contorsionistas chinas!>>  Su risa rabiosa me conmocionaba a través de los espasmos de su estómago. Y siguió <<Ya hice sitio en la maleta....>> Caí en la cuenta de que el mozo de la lavandería se había llevado toda la ropa. Desnuda en medio de la habitación, contemplaba la maleta abierta, vacía, sobre la cama. Me quedé escuchando, y la voz de Ella estaba callada. Entonces supe qué debía hacer.

 

Jacobo abrió la puerta y empezó a maldecir, chapoteando por la moqueta empapada. Al oír el grifo del baño y ver la montaña de espuma que salía, hundió un brazo en la bañera, espantado de terror. Luego fue hacia las ventanas del dormitorio e intentó abrirlas y soltó una carcajada al comprobar que eran estancas. Movió las perchas incomprensiblemente vacías sobre sus rieles y, después de un breve silencio, oí que se acercaba a la cama. Cuando sentí el roce de su mano al otro lado de la pared de la maleta, asomé un brazo fuera. Con infinita ternura, me acarició y me rodeó con sus brazos.

 

 

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Tag(s) : #Negocios

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