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Isla de Pascua4 (2)

La primera parada fue frente a un sembrado de cantos entre la hierba corta, seca y pisada. Abundaban las piedras negras y pequeñas, aunque también las había grandes igualmente negras y amontonadas; alguna era de color ocre y superficie esponjosa; había muretes hechos con pequeñas piedras redondeadas y otros más elevados pero derrumbados. Claudia nos dejó al pairo sin advertirnos de que se trataba de un yacimiento arqueológico, de que entre las piedras de aspecto vulgar se encontraban otras sacralizadas. Deberíamos distinguir, según nuestro criterio, (el de turistas más o menos informados - la mayoría más bien menos que más- llegados de los cinco continentes) las piedras sagradas de las que no lo eran, ya fueran pequeñas o grandes, aisladas o arrumbadas sobre cúmulos de tierra y cantos, ovaladas o redondas, planas y sin forma predeterminada o deformadas. Todo un reto. Porque, además de carecer (en la gran mayoría de los casos) de la formación específica necesaria, no se facilitaba al visitante orientación alguna: en toda la extensión de aquel campo no había un solo cartel indicativo (mucho menos explicativo) ni una cinta limitadora, nada; nada de nada. No había la menor advertencia de que este o aquel cúmulo pedregoso fuese vestigio, resto o elemento asociado a algún antiguo ahu que lo distinguiese de cualquier otro murete hecho recientemente para lindar el campo.

Huérfanos de guía, curioseábamos como patos desorientados entre los grandes bloques de piedra sin forma aparente, apilados de cualquier manera, en busca del ansiado moai que no llegábamos a vislumbrar. Desilusionados, muchos abandonaron la búsqueda y volvieron al autobús.

Comida de envidia por un  grupo que recibía las explicaciones de su guía, seguí su rastro. Fotografiaba las piedras más comentadas, con la esperanza de que, más tarde, les encontrara el sentido. Mientras, Claudia permanecía a la sombra del autobús en alegre conversación con el conductor.

Antes de abandonar el sitio, sugerí a Alonso que posara sobre una especie de murete para obtener una panorámica “con bicho”. Apenas había  iniciado el ascenso cuando una voz de mujer, agria y destemplada, cruzó la explanada de lado a lado:

-¡Bájese de ahí! –vociferó. Y cuando tocó una piedra-: ¡No toque éso!

La forma harto violenta y el tono histérico de su castellano áspero, usado sin respeto, chocó frontalmente con el susurrante francés al que ya debíamos habernos desacostumbrado (más de 4000 kilómetros separan Isla de Pascua de la Polinesia francesa y  casi otros tantos la acercan al continente sudamericano), y exigía una explicación: La mujer, que se había acercado a Claudia para recriminarle que no hubiese acompañado a su grupo, se encontró con la reprimenda de un viajero cuyo disfraz de turista no podía ocultar al caballero español:

-No puede ir por ahí llamando la atención a la gente adulta, como si se tratase de niños –dijo Alonso severo-, sobre todo cuando ustedes no cumplen con las mínimas normas que se requieren para una visita turística. Tienen esto igual que si se tratara de un merendero. Carece de indicaciones o advertencias sobre cuáles piedras son sagradas y cuáles no (teniendo como tienen la misma apariencia), no hay ningún tipo de delimitación que separe los muros derrumbados “intocables” de los que no lo son.

  La mujer, que lo escuchaba con la boca abierta, hizo un amago de réplica pero pareció quedarse sin argumentos y calló.

– ¡Ocúpense de hacer bien las cosas si quieren que las cosas estén bien hechas! Y dejen de molestar a los que venimos a visitarles.

 Ella buscó en su compañera una mirada cómplice que aliviara su malestar. Pero Claudia la ignoró y siguió a Alonso al interior del autobús. La mujer permaneció sin reaccionar al pie de la escalerilla durante varios segundos, rígida y desconcertada.

-Ella no es de Rapa Nui, es de Santiago –dijo Claudia. Parecía encantada del rapapolvo que la otra guía acababa de recibir y añadió-: Vienen muchos del continente a trabajar de guías; pretenden enseñarnos. Algunos chilenos parecen echar de menos los tiempos del colonialismo, cuando ellos eran los amos y los rapanui poco menos que esclavos. ¡Sí, si! –sonrió con un aire revanchista en su cara morena.

Dejamos atrás el deslavazado sitio de Hanga Pokura y llegamos a otro en condiciones similares de visita llamado Ahu Aka Hanga. Esta vez íbamos precedidos por Claudia para distinguir unas piedras de otras. El yacimiento, al igual que el anterior, era un campo de cantos negros aislados y dispersos o formando círculos sobre la hierba amarillenta.

-¡Vaya, tampoco aquí hay moais! –exclamó Alonso.

Quizá, como en el anterior, algunos trozos tumbados boca abajo. No permanecimos mucho tiempo allí.

Claudia contó entonces que algunos de los mejores moais habían sido sacados de la isla y llevados a otros países:

-El Hoa Hakananai. Algunos de ustedes, sobre todo los europeos, lo habrán visto en el Museo Británico de Londres. Se trata de un moai de 4 toneladas, el más grande; y el único con  el dorso tatuado. En 1868 fue cargado a bordo de una nave inglesa de la HMS para entregarlo como regalo a la reina Victoria. Todavía estamos esperando que nos lo devuelvan.

Por nuestra parte, nos comía la impaciencia: sabíamos que la mayoría de los moais seguían en la isla y aún no habíamos visto ninguno; al menos ninguno erguido y entero; solo trozos arrumbados boca abajo.

 

Isla de Pascua7 (2)

 41.Volcán Rano Raraku: fábrica de moais o la caída del mito

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Tag(s) : #Arqueológico

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