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                  Además de baños de sol y agua, peces exfoliantes y masajistas de playa, había en Hat Ban Tao un par de distracciones a cada cual más excitante. La que saltaba a la vista -como no podía ser de otra manera en un país de mercados- era la de shopping, poder ir de compras sin salir de la arena de la playa. En una sucesión continua de tenderetes ambulantes, a medio camino entre el césped del hotel y la orilla del agua, se podía encontrar todo aquello que se ha olvidado llevar para pasar un día en la playa: sombreros, gorras, pareos, sandalias, gafas, bronceadores, agua, refrescos, pulseras, collares, bañadores, toallas, y a precios muy bajos; sólo curiosear resultaba entretenido..., y gratis.

                  La otra distracción (para algunos una distracción, para otros, generalmente otras, un incordio) a precios no tan bajos, y donde el curiosear podía ser divertido pero no gratis, se refería a las llamadas señoras o señoritas de compañía. Hay que saber que no es lo que antiguamente se entendía por señora o señorita de compañía: damas que, por su esmerada educación, se las contrataba para enseñar buenos modales a niñas de buena familia, o para dar conversación a señoras distinguidas. A las que me refiero aquí no es a ésas,  es a otras: no acompañan a niñas ni a señoras, buscan señores para acompañarlos y para lo que haga falta. Pero lejos de ser una actividad relativamente barata como el shopping playero, ésta podía resultar bastante más cara.
                 Esta "distracción" no es exclusiva de Hat Bang Tao, pues en Tailandia, como en tantos otros países donde el hambre acucia, la prostitución es una actividad muy extendida y difícil de controlar. Allí, como en todas partes, tiene sus lugares preferidos: los hoteles de lujo. Sin mediar presentación formal, y como un huésped más del hotel, entablan relación “inocente y desinteresada" con poseedores de tarjeta sin límite o carteras abultadas. Y… ¡quién sabe, entre ellos puede encontrarse su príncipe azul, aunque sea entradito en años...!

                

  Cuando después de una ligera comida en el restaurante de la playa volvimos a las hamacas, dos atractivas mujeres sentadas sobre sendas toallas del hotel, a poco más de un metro de separación de las nuestras,  invadían con desparpajo nuestro espacio vital. La más alta y delgada tenía acusados rasgos orientales, y la otra, rubia y menos sofisticada, parecía su aprendiza. A pesar de lo incómodo, chocante e incongruente que resultaba su cercanía en una playa tan inmensa y tan vacía, no se me ocurrió cambiar de sitio pero, al poco, asombrada por las posturas de modelo que adoptaban -como si estuvieran rodando un spot de cosméticos- cambié mi sitio con el deAlonso; así podría disfrutar relajadamente del mar y las olas. (Él, como siempre, parecía no enterarse de nada). Y yo, que no sentía más curiosidad por ellas que la normal ante un comportamiento extraño, las olvidé al instante.

Luego supe que la cobradora de masajistas se había dado prisa en prepararnos aquel plan cuando a su extraña pregunta contesté "ya nos vamos mañana"; quiso hacernos un favor:  los body-body que organizaba tenían mucho éxito entre los clientes del hotel. Claro que, aunque ella no lo sabía, aún teníamos varios días por delante. Por la noche pregunté a Alonso:

 

                    -¿Tú sabes qué es un body-body?

                     -Yo no, ¿y tú?

                     -¡Noo, que va! ¡Yo tampoco!

40. Phi Phi, la isla


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Tag(s) : #Sexual

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