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Nuestra cabaña en la playa. Moorea

Levantada sobre una plataforma de madera, afincada en cimientos bajo la arena, la cabaña se abría al mar mediante puertas de cristal transparente que daban a una terraza sin baranda rodeada de palmeras. La madera oscura del suelo brillaba como recién barnizada, y sobre la cama, aún salpicada de flores rojas de hibisco, colgaba un cuadro con los colores de Gauguin. Era la primera vez que veía amanecer en la playa 

Una claridad gris rosácea entraba a través de las cortinas. Estaba deseando salir, pero me mantuve inmóvil durante unos minutos, no sé cuantos, aguzando el oído. Quería escuchar el rumor del mar pero apenas se oía; se acercaba mansamente a la orilla.

El primer  baño fue un bálsamo. A la calidez del mar calmo, a 25 grados, acompañaba un acogedor entramado de nubes finas y deshilachadas como tules de seda blanca. El envolvente manto verde de las montañas bajaba desde el interior hacia la playa salpicado de esbeltas palmeras que, en ausencia de airados vientos que las doblegaran, se mantenían erguidas mirando al cielo; todo un regalo para los sentidos.

 Pasamos la mayor parte del tiempo disfrutando del mar y la playa que permaneció solitaria durante casi todo el día, sólo una pareja vino a tumbarse delante del bungalow (quizá el suyo estaba en el interior del jardín que bordeaba la playa); se fueron cuando nos sentamos en la terraza. Íbamos y veníamos: sólo había diez pasos hasta llegar  al agua. El color de ésta cambiaba con la misma frecuencia que nuestras idas y venidas, del rosa de los primeros rayos de sol había pasado por distintos azules, matizados por nubes que se algodonaban o se evaporaban; a mediodía, se había vuelto grisáceo por el reflejo de nubes preñadas de agua. Decidimos quedarnos a almorzar en la terraza. Una pareja de nativos trajo la comida en dos bandejas.

Al atardecer, dando un paseo, conocimos a Tamahere. Llevaba pantalones hasta la rodilla y el torso, desnudo, completamente tatuado; arrastraba su barca fuera del agua.

-Buena pesca –le dijo Alonso viéndole cargar la pesca que traía .

-Sí, buena –contestó-. Mahi-mahi ¿lo conoce?

-Lo conozco –afirmó-. De los pescados de por aquí, es el que más me gusta.

-Son para el hotel -dijo alejándose en dirección a las dependencias del hotel-, podrá pedirlo esta noche.

Nos sentamos en la arena cerca de su barca. Comentando los llamativos tatuajes que lucía, Alonso recordó el caso de una paciente suya de hacía unos años. Quería borrar el nombre de un antiguo novio que se había hecho tatuar en un brazo: le causaba problemas, se había casado y el nombre de su marido era distinto. Decía que cuando hacían el amor al marido se le desmoronaba el castillo al ver el tatuaje . Estaba angustiada y acudía a la cirugía plástica para borrarlo.

 

Cuando volvió Tamahere aún seguíamos allí. Parecía contento. Era moreno y fuerte, no pasaría de los treinta. Alonso le ofreció un cigarrillo pero él lo rechazó; dijo que no fumaba, que hacía una vida sana. Alonso se interesó por sus tatuajes

-Este tiburón es Dakuwaga, mitad dios mitad tiburón, y estos son cocoteros –dijo señalando con orgullo las oscuras líneas curvas que recorrían su pecho y saltaban a los brazos-. Tenía 12 años cuando me hicieron el primero. Entonces, la tinta se hacía con aceite y cenizas de cáscara de coco. Me punzaron con dientes de anguila; fue muy doloroso –sacudió la mano como si aún le doliera. (Antiguamente los misioneros prohibían hacerse tatuajes. La prohibición se mantuvo incluso hasta después de que abandonaran las islas. Hubo quien llegó a marchar a Japón para tatuarse… No fue hasta 1980 que se levantó la prohibición)-. Con los instrumentos de ahora, no duele nada. (La palabra tatuaje viene de la palabra tatau que significa golpear repetidamente. Mientras llevaban a cabo su trabajo, el tatuador y sus ayudantes entonaban cánticos rituales).

-Este pulpo representa la leyenda de Tangaroa, el dios del mar –siguió Tamahere señalándose el antebrazo izquierdo. (Los símbolos que utilizan los maoríes en los tatuajes no son puramente estéticos, representan la identidad y el rango, unen a cada persona con sus ancestros, pueden representar leyendas o estar relacionados con actividades humanas, como la pesca en rl caso de Tamahere) Y luego contó esta historia de la mitología mahorí-: Tangaroa era hijo de Rango y Papa. Cuando su hermano Tane separó a sus padres para que se terminara la oscuridad en que vivían sus hijos, muchos animales de la tierra escaparon al océano; por eso hay peces en el mar. Estando la nuera de Tangaroa practicando surf, apareció Rogo-Tumu-Here, el demonio pulpo, y la capturó. Al enterarse su suegro montó en cólera y cogiendo su canoa se dirigió a la cueva donde el pulpo tenía secuestrada a su nuera. Tras una terrible batalla, Tangaroa consiguió vencer al demonio y liberar así a la esposa de su hijo. –Y señalando el elaborado tatuaje que lucía en el otro brazo añadió-: Si vienen pasado mañana les cuento la historia de este otro.

No sería posible, estaríamos en Bora-Bora. Le dejamos echando la barca al agua.

-¡Hasta la vista! –se despidió antes de encender el motor. Apenas se distinguía su torso oscurecido por los tatuajes, difuminado en la oscuridad del mar.

-¡Esta noche tomaré mahi mahi! –gritó Alonso devolviéndole el saludo con la mano.

No sería así.

Era 31 de diciembre. La cena estaba especialmente diseñada para celebrar por todo lo alto el fin de año, y en el menú no figuraba mahi mahi. Oiríamos la llamada del pu, la gran concha, convocándonos a disfrutar de la fiesta polinesia que seguiría a la cena. Veríamos los nativos con sus cuerpos refulgentes de aceite de monoi, ceñir a la cintura sus mejores pareos reservados para ocasiones especiales. Y a las bailarinas de larga cabellera oscura, adornada con plumas y conchas, luciendo largos collares de flores sobre sujetadores hechos con mitades de coco, pintados de negro, ejecutar sus eróticas danzas, aparima, hivanu y paoa, al son de tambores, toere, y ukeleles. Y después de la fiesta, cuando las luces de mil colores estallaran en el cielo oscuro sobre la playa de Moorea, nos confundiríamos con las sombras como en cualquier otra noche de cualquier otro mes.

 

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IM A0165 Vista Web grande

 

VIDEO de la erótica danza tahitiana

 

  35. Bora Bora, una belleza con pasado

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Tag(s) : #Descanso

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