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Cuando llegamos a Mae Sai, la ciudad más septentrional de Tailandia, estaba anocheciendo. Bajo la luz mortecina de algún que otro farol, en toscos tablones grasientos, se agolpaban fuentes renegridas rebosantes de fritos y guisos de todo tipo. Aquella pequeña ciudad oscura, de construcciones bajas y ambiente aldeano no parecía otra cosa que un inacabable tenderete-restaurante; al menos eso es lo que se podía deducir de los apasionados comentarios de Joaquín. La presencia de comida parecía inspirarle mucho más que todos los templos que nos había enseñado. ¡Qué entusiasmo explicando la composición de los platos! ¡Y qué mezcolanza de olores!, ¡qué insoportable tufillo de aceite requemado!...

Dejando atrás los restaurantes ambulantes pasamos por un mercado con abundancia de artículos birmanos: cajas lacadas, utensilios de cocina en madera de teca, botes pintados a mano que se cuelgan del techo para guardar el arroz, instrumentos musicales, abanicos, joyeros pintados de oro y rojo, piedras preciosas birmanas... Y llegamos al sitio más famoso de la ciudad, el punto más septentrional de Tailandia, en donde una joven nativa ataviada con el traje típico y tocado y la cara cubierta de maquillaje blanco, posaba para una foto delante del cartel que indicaba el punto exacto. Entablamos conversación con ella y se apresuró a aclararnos que iba así vestida porque estaban celebrando la boda de una prima; ella tenía un puesto de secretaria en una empresa americana de Bangkok. Nos invitó a que la siguiéramos al lugar de la ceremonia. Pero Joaquín hacía rato que miraba con fijación el reloj.

 -Chiang Rai queda a unos 50 kilómetros –dijo-. Llamaré al conductor para decirle que nos vamos.

Antes de abandonar la ciudad, pasamos al lado de un pequeño puente muy importante: al otro lado estaba Birmania. Había gente que lo atravesaba para comprar droga, y, al cerrar la frontera, quedaba atrapada al otro lado.

Nos contó que en una ocasión acompañó a una pareja y ella se empeño en cruzar a Birmania: "El marido no le dio importancia, dijo que ya era mayorcita para andar sola. Cuando volvimos a recogerla, el paso por el puente estaba cerrado. Y ella no aparecía por ninguna parte. La buscamos inútilmente. Se habría entretenido al otro lado de la frontera. No había nada qué hacer hasta el día siguiente, cuando volvieran a abrir el puente. Llegamos a primera hora y la buscamos a uno y otro lado. El hombre ya empezaba a preocuparse. Sólo quedaban unos minutos para que el puente se cerrara. Entonces la vimos venir contenta, despreocupada, como si viniera de una fiesta. Cuando nos vio, le cambió el semblante, y no abrió la boca en todo el viaje."

La historia nos dejó perplejos.

El interior del coche estaba tan sombrío como la plaza del mercado de Mae Sai. Sin embargo, la sonrisa de Joaquín, inédita hasta entonces, resplandecía en su enorme cara de luna llena contrastando con la oscuridad inescrutable de aquellas rayas profundas desde donde nos miraba. Dijo solemne:

-Ya no tiene que comprar la “casa de los espíritus”, señor Suanzes;  yo se la regalo.

Alonso había comentado algo sobre su intención de comprar una casa de los espíritus y me sorprendió enormemente que el guía apareciera con ese regalo. Realmente la actitud de Joaquín había mejorado mucho desde que dejáramos Chiang Mai, cuando supo de la persecución de la que fuimos objeto en el mercado nocturno.

Al llegar a Chiang Rai ya era noche cerrada. Joaquín fue hacia la parte trasera del coche y volvió con una caja de cartón en los brazos por cuyas solapas entreabiertas asomaban papeles de periódico arrugados. Era una casita de madera sin pintar, aún olía a teca, con calados en la fachada y en el tejado.

-Ahora me la llevo para envolverla bien. Y el día que se vayan se la llevo al aeropuerto en un paquete bien hecho.

-No, no hace falta, la pondré junto a otras cosas en una bolsa de mano.

Nunca me gustó viajar con paquetes sin ver antes lo que hay dentro; podrían colarme cualquier cosa para pasar el aeropuerto como les ha ocurrido a otros. Pero de lo que no podrían acusarme es de haber sido demasiado confiada.

  32. Las versátiles termas de Tha Ton 

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