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Jóvenes tailandesas, sonrientes y delicadas, tocaban el ja-kae endulzando con su  sonido monocorde el ambiente cosmopolita del amplio y luminoso hall. Al fondo en el lobby-bar, camareras ataviadas con elegantes trajes largos rectos de seda verde brillante, servían las mesas con delicadeza y cuidados modales; en ocasiones llegaban a arrodillarse en una actitud bastante común en Tailandia; lo hacían con natural dignidad y gracia, la espalda siempre erguida y el rostro relajado.

Aquel hotel, a orillas del río Kok, resultó ser un lugar muy agradable. Después de cenar dimos un paseo por la orillas del río que en aquella época iba escaso de caudal. El cielo estaba totalmente despejado y hacía muy buena temperatura. Me sentía cansada a la vez que contenta y expectante.

 

El día amaneció igual de despejado. En el embarcadero esperaba una falúa cuyo nombre era “Sol del Norte.” Después de una hora de navegación, llegamos a Tha Ton, un remanso de naturaleza contenida aislada del resto por algún matiz indescriptible.

En la extensa manta verde de hierba que se prolongaba hasta el mismo cauce del río, un romántico lago encantador y solitario aparecía salpicado de flores de loto color rosa flotando aisladas sobre la superficie del agua.

-Los tallos son comestibles –dijo Joaquín rompiendo el encanto-; están muy buenos.

¡Era lo último que se me ocurriría pensar a la vista de aquellas flores tan bonitas y  exóticas!

Una mayor diversidad de vegetación, abundante en matorrales, helechos y árboles se divisaba más allá del lago. Joaquín, siguiendo su costumbre, no nos había comentado nada sobre la visita de ese día por lo que al encanto del lugar en sí, había que añadir el factor sorpresa. Así, cuando llegamos a otro lago más pequeño y vimos una nubecilla flotando sobre la superficie del agua, no sospechamos que se trataba de aguas termales.

Más adelante encontramos otros lagos y fuentes a distintas temperaturas. En uno, cuya agua brotaba a más de cuarenta grados centígrados, nos tumbamos en la hierba con los pies metidos en el agua viendo correr las nubes. En aquel paraje aislado, tranquilo y solitario, tan sugerente y romántico, detuvimos el tiempo por un momento; sin prisas, sin preocupación por nada.

Cuando Joaquín se acercó, creí que había llegado el momento de marchar. No era éso, sólo nos animó a seguirle hasta el lago de la nubecilla de vapor. Cargaba con varios envoltorios y dos cañas de pescar.

-¿Para qué son esas cañas Joaquín? ¿Vamos a pescar allí?

-¡Sí, claro!... ¡Peces al vapor! –dije señalando las humeantes aguas.

 Sin hacer caso de la guasa, Joaquín deslió los papeles dejando al descubierto su contenido: media docena de huevos de perdiz y otros tantos de gallina; hizo el reparto en sendas bolsas de tela al extremo de las cañas y entregó una a Alonso.

-¡Tenga!, métala en el agua, –y cogiendo la otra se puso a su lado.

“¿Y qué hago yo con una caña de pescar y una bolsa de huevos como cebo en un lago de aguas calientes?”, parecía decir; pero obedeció.

-Espere unos minutos y estarán cocidos los huevos.

-¡Ja, ja…! –no paramos de reír durante un buen rato. ¡Nos estaba dando una clase experimental de adaptación al medio ambiente! Pero Alonso no era un  alumno paciente: se cansó de la cocina ecológica y dejó al guía solo con las dos cañas.

Cuando lo volvimos a ver, disfrutaba, como un glotón regordete, de un nutritivo desayuno de huevos pasados por agua.

-Pues sí que es cierto que los tailandeses comen a cualquier hora y en cualquier sitio; a cada dos pasos que das, te encuentras con un puesto de comida.

-Un tailandés, un puesto de comida –corroboré.

Poco después abandonábamos la placidez de Tha Ton a bordo del Sol del Norte para adentrarnos en la selva al descubrimiento de la tribu de los akha.

  33. Al encuentro de los Akha conocimos a Dokwai, el elefante contorsionista 

Tag(s) : #Relax

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