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 Las explicaciones del guía en Chiang Mai se redujeron a cuatro frases dichas con desgana: “A Chiang Mai la llaman la “Rosa del Norte”. Tiene tantos templos como Bangkok. Fue la capital del reino Lanna durante el siglo XIII; posteriormente lo fue del reino de Siam. Hoy es la segunda ciudad más importante de Tailandia”.

¿A quién dedicaba, entonces, su atención? Al nuevo conductor, naturalmente. De unos cuarenta años, alto, enjuto, de piel morena y bigote; tenía una mirada oscura, atravesada; y huidiza cuando la cruzabas. No hablaba más que en thai; ni siquiera por señas... Joaquín no paraba de hablar con él, como si nosotros no existiéramos (con el anterior conductor apenas hablaba). Así, los trayectos resultaban bastante aburridos, sin información sobre lo que íbamos a ver, etc. Yo, siempre curiosa y ávida de información, tenía muchas preguntas. Cuando me decidí a hacerle una, me contesto groseramente que no iba a hablar más porque se mareaba de mirar atrás. ¡Novedad! Daba igual, su mutismo no afectaba al paisaje: atravesábamos la provincia de Lampang, y la carretera, bordeada de mercadillos y casas de los espíritus, constituía todo un espectáculo; en el propio asfalto se podían ver cosas imposibles: un tronco de árbol circulaba sobre las dos ruedas de un patinete; a los siete metros, que era lo que medía, el ciclista pedaleando…

 

Nos detuvimos en un pequeño poblado al borde de la carretera.

-Este es el poblado de la tribu hmong. Antes de la prohibición, se dedicaban al negocio del opio y la heroína –Joaquín torció la boca en un amago de sonrisa-. Ahora las mujeres hacen trabajos de artesanía para los turistas.

Dando por concluida la información, se apartó a un lado.

Y sí, allí estaban las mujeres hmong, ataviadas con el traje típico de vivos colores y profusión de bordados, adornadas con collares y pecheras de redondeles plateados, con coquetos tocados las más jóvenes. Atendían a turistas, simples curiosos, o compradores compulsivos en sus rústicos tenderetes hechos de tablones, ramas y paja. Las antiguas campesinas cultivadoras de cannabis, ahora artesanas y vendedoras, atendían sus puestos con modales propios de un colegio de pago. ¿Es posible la combinación entre rusticidad y delicadeza? Ellas podían ser, eran, una buena prueba. Su mercancía: tapetes, bolsas, pareos, colchas, faldas, manteles,cojines de fibra natural todos con el mismo bordado, la hoja de cannabis. “Ya le dije que antes vivían de la droga; ahora, como está prohibida, utilizan la fibra para hacer cojines”, dijo el guía cuando me acerqué a preguntarle. No sabía si creerle. Aún así, compré unos cuantos por si acaso; para colaborar con el cambio.

  26. La Escuela de Elefantes

 

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Tag(s) : #Etnico

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