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-La tribu Karen, o Padaung, procede de Birmania (Myanmar) –empezó a contarnos el guía desde el asiento delantero del coche-. Ahora se encuentra en un poblado de las montañas, al norte de Tailandia, en la frontera con Birmania. Las llaman mujeres jirafa por los aros de metal que llevan alrededor del cuello. En principio se los ponían para protegerse del ataque de los tigres; ahora apenas quedan tigres pero ellas se los siguen poniendo.

-Por tradición, quizás –aventuró Alonso-. ¿A qué edad  comienzan a ponerlos?

-A los cinco años –Joaquín hablaba con la cabeza vuelta hacia atrás- les ponen los primeros aros y a medida que van creciendo les van añadiendo más y más aros. El cuello se les va haciendo cada vez más largo y también más débil.
Me pareció entrar en otro mundo. Allí estaba, frente a nosotros. Tendría unos treinta años. Era alta. Y su alargadísimo cuello estaba cubierto por dorados y brillantes aros de metal, tal y como había visto en fotografía. Un corto flequillo aplastado sobre la frente, asomaba bajo una llamativa cinta de tela.
Su expresión era seria, como a la expectativa; la sentí  distante, pero no era tímida. Sin apenas tiempo para asimilarlo y empujada por su interés mercantil, me encontré cogiendo cualquier cosa del mostrador de su tenderete, el primero del poblado. No prestaba atención a aquellos objetos, lo que verdaderamente me interesaba era verla a ella, comprobar por mí misma que aquellas mujeres existían, que no eran cosa del pasado ni el invento de un viajero chiflado. Resultaba difícil creer que a tan poca distancia de la civilización se pudieran encontrar mujeres como ella. Sin embargo, y a pesar de su extraordinaria existencia, su preocupación era tan prosaica como la venta de unas monerías sin valor que a nadie importaban. Sentí pena y cogí la primera cosa con que tropezaron mis manos: un collar metálico de aluminio en forma de media luna con livianas figuras de elefantes colgando.

El guía se acercó gesticulando sacándome de la fascinación. Recorrimos el poblado; un lugar yermo aprisionado en un estrecho valle rodeado de montañas. Por entre las callejuelas, de tierra marrón con altibajos y guijarros, se distribuían, de forma aleatoria, sin orden aparente, las humildes viviendas: pequeñas cabañas de paredes hechas con hojas entrelazadas cubiertas por un techo de hojas secas y paja.

Una imagen. Delante de un bidón grande de gasolina a modo de depósito de agua, una joven mujer jirafa se aseaba en la calle. El agua jabonosa que resbalaba por su cuerpo, caía a la tierra marrón y reseca formando un charco de espuma alrededor de sus pies descalzos.

-No mires –di un codazo a Alonso cuya descarada mirada había provocado en ella un gesto de fastidio-. No creo que les guste que se las observe durante su aseo.

-Me imagino que ya estarán acostumbradas a los turistas.

Pero no había más turistas, el poblado estaba vacío; sólo alguna que otra mujer jirafa. Estaba claro que no era la hora de visita de los turistas. Siendo el guía de Chiang Mai, era seguro que lo conocerían; le permitirían presentarse cuando quisiese aunque no fuera la hora más conveniente para ellas.

Tampoco se veían hombres en el poblado.

Tras una mesa cubierta por diversos objetos artesanales, dos jovencísimas mujeres jirafa, vestidas impecablemente, nos observaban como si nos estuvieran esperando.

-Ella es Ma-Djae -dijo Joaquín señalando a la que estaba sentada-, hija de la jefa de la tribu. Habla español.

-¿Cómo que habla español? –Alonso la contemplaba escéptico.

Era asombroso ver el desparpajo con que Ma-Djae hablaba nuestro idioma. Tendría unos veinte años y dos docenas de gruesos aros dorados encerraban su cuello. Sus vivos ojos negros sonreían al hablar y los labios rojos, pintados, destacaban en su dulce rostro maquillado con polvo blanco. El lacito rosa con que completaba el tocado a cualquier mujer occidental le quedaría ridículo, sin embargo parecía haber sido inventado para ella.

Sin salir de mi asombro, me di cuenta de que, a pesar de la disparidad de nuestros respectivos mundos, hablábamos con ella con la misma naturalidad con que lo haríamos con cualquier chica de occidente. Contó que tenía un hijo, que se había casado muy joven y que estaba muy contenta de la vida que llevaba. No había estudiado, pero no lo echaba de menos. Nos despedimos con efusivos abrazos.
 

Ya me había acostumbrado a los cuellos anillados. Pero  al verlos en las pequeñas de siete u ocho años me produjo cierto rechazo que sería largo de explicar y no viene al caso.

Luego estaba Ma-Lo, la guapa Ma-Lo, de 18 años.  ¡Qué chocante verla retocarse los labios con un pintalabios rojo-sangre! ¡Con aquélla columna de anillos metálicos! Su nombre español: Pepa. Increíblemente espabilada: aprendió nuestro idioma de hablar con los turistas. Ensalzaba las tallas de madera que vendía diciendo que las había hecho su padre; lo cual, dicho con sus propias palabras, “es un valor añadido”.

-No es cierto que sea su padre quien hace las tallas –murmuró el guía cuando nos fuimos-; las hacen en otra parte y aquí las venden al igual que las venden en muchos otros lugares de Tailandia.
¡Qué lista era Ma-Lo! ¡Que buena carrera de marketing ! 

El personaje más importante estaba por venir.

La cabaña de Ma-Nang era igual de humilde que las demás. Tenía menos años de los que aparentaba; por su aire lejano, quizá. Pero ésa era sólo la primera impresión. Compensaba la lejanía que imponía su aspecto, su posición y el idioma, con la amabilidad propia de las personas de corazón generoso. Su efigie aparecía por todas partes, sin embargo, y aunque estaba orgullosa de ser jefa de la tribu, Ma-Nang decía que no era la persona más importante. Antes de marchar, nos hizo un bonito regalo: dos retratos al carboncillo, el suyo y el de su hija Ma-Djae. Nos despedimos con el sentimiento que embarga a las personas cuando saben que nunca se volverán a ver.

 

Mae Hohg Song

  Video de las Mujeres Jirafa:

24. Mae Hong Son y el Wat Doi Kong Mu

 

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Imágenes de Tribus:

Kenia-Tanz-Seych.Keti-219-Vista-Web-grande.jpgA Sulawesi4

Tag(s) : #Etnico