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         Para acercarnos al mercado flotante  tomamos un barco de madera, de popa alta, estrecho y alargado, con cuatro bancos individuales bajo un techo de plástico tirante sobre cuatro arcos transversales. Nos sentamos en fila india. Con gran estruendo, se puso en marcha el motor fuera borda levantando la proa como para salir volando. Comenzamos así nuestro recorrido por las aguas turbias, entre verde gris y marrón opaco, de los canales. La vegetación, fresca y abundante en palmitos, palmeras, plátanos y otros árboles, se abría a una o varias casas de madera levantadas sobre balsas o pilotes. La puerta, siempre abierta, dejaba entrever una estancia diáfana, sombría, sin apenas muebles y con ropa apilada en un rincón; las balaustradas bajo techado recorriendo la fachada, exhibían gran cantidad de ropa en perchas; y delante, sobre un pedestal en agua, la “casa de los espíritus”,  un pequeño altar en forma de casa presidido por Buda en recuerdo de los antepasados de la familia en el que diariamente se deja comida, incienso, flores.

Los canales –khlongs- cruzan el territorio en todas direcciones y los usan como vías de comunicación. Cuando nos cruzábamos con alguna barca, el piloto reducía la marcha; eran pequeñas, para una o dos personas, y casi siempre era una mujer quien la llevaba; mujeres vestidas de oscuro con los típicos sombreros cónicos de paja.

En un momento del recorrido en donde el canal se estrechaba, e íbamos más despacio por la proximidad de las casas, un caimán, de unos dos metros de largo, surgió de entre la maleza con andares apurados. Vino hacia la orilla y se zambulló en el agua, justo en el preciso instante en que nosotros cruzamos por delante, a una cuarta de distancia. Instintivamente, aparté la mano de la borda y me encogí en el fondo de la barca.

-¡Un caimán!

-Es normal –dijo Juan con parsimonia-. No pasa nada.

-Pero si aquí hay casas… ¿conviven con los caimanes como si fueran perros o gatos?

 -No tanto, no dejan que se les acerquen –reía-, la gente les da miedo; por si se los comen.

 

Al dar una curva, encontramos el canal atestado de barcas: habíamos llegado al mercado flotante.

Construcciones lacustres de una planta, en madera, cemento, piedra, y todo tipo de materiales, se sucedían en ambas orillas. Una pasarela de tablones, a modo de calle, permitía ir de unas a otras y también acceder al embarcadero o directamente a las barcas. En cada barca una mujer –raras veces dos y casi nunca hombres- armada de un pequeño remo y ayudándose con la mano cogida a otra barca cercana, trata de vender a todo el que se le acerca los productos de su tienda flotante. Ordenadamente extendida por la cubierta, en cestas de mimbre, tinas de plástico o palanganas de porcelana, la mercancía es el objeto de todas las miradas. En pocos lugares del mundo, así de pequeños, se puede encontrar reunida tal variedad de frutas: piñas, plátanos, melones, sandías, cocos, papayas, mangos, guayabas, mangostanes, durianes, longanes, rambutanes...; también verduras, y palanganas y pucheros conteniendo productos cocinados allí mismo, en la barca.         



Era un espectáculo increíble, pero natural. Las barcas, ligeras y manejables, se movían por la orilla y por el centro del canal pegadas unas a otras como cáscaras de nueces flotando en un balde.

17. Compras en el mercado Flotante

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Tag(s) : #Mercados flotantes y mercadillos

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