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Para sumergirse en aquella mercantil orgía, había que dejar el barco a motor y coger una pequeña barca de remos. Al instante, nos convertimos en el centro de atracción de las vendedoras que nos atraían hacia sí tirando de la borda. Con su habitual ahínco a la hora de aumentar su colección de sombreros, Alonso buscaba el más representativo del lugar. No se podía quejar: dándose cuenta de su interés, no tardaron en acercarse con sus castillos flotantes de sombreros de todo tipo: el modelo “cono truncado” no le sentaba bien y se decidió por el cónico, también de paja pero más artístico, más elaborado.

A pesar de la ingente cantidad de barcas que pululaban por el canal, más bien estrecho, y a base de pequeños y consentidos roces y empujones, se movían en la dirección y el sentido previstos sin apenas cambios; la nuestra puso rumbo al punto de partida: era la hora del almuerzo. En cocinillas de un solo fuego sujetas al fondo de la barca, en ollas de porcelana y en cacharros de distintos tamaños, caldos y guisos desprendían sus aromáticos efluvios haciéndonos la boca agua. En otras barcas o apostados en el malecón, tailandeses y turistas daban buena cuenta del condumio; mientras tanto, la ayudante de cocina flotante, acuclillada en el embarcadero, fregaba los platos con agua del canal.

Ya en la orilla, nos metimos por los pasadizos de madera cubiertos de lona que recorrían el mercadillo turístico. Después de un encendido pero amigable regateo, Alonso se hizo con un chake artesanal en madera de baja calidad; rasgando las tres cuerdas del rudimentario instrumento consiguió arrancarle algunos sonidos que hicieron más divertidas las compras.



           A punto de abandonar el mercado flotante sucedió algo que me gusta recordar especialmente: Era un crío de apenas seis años con una ristra de postales en la mano. Tenía unos grandes ojos negros que le ocupaban media cara, pero sin expresión en la mirada. Se puso delante de mí y me tiró de la mano.

-¡Hola!, –bajé hasta la altura de su cara- ¿Cómo te llamas?

En lugar de contestar -era demasiado pequeño para entender inglés- extendió el brazo mostrando la secuencia de postales.

-¡Ah! Quieres vendernos esa bonita tira de postales – dijo Alonso sonriente.

Adivinando que el tesorero de aquél tándem de extranjeros no era yo si no el señor que le estaba hablando, el pequeño me soltó la mano y levantó hacia Alonso su escasa mercancía.

-¿Cuánto vale? –acompañaba la pregunta con un gesto de la mano.

Eso sí lo entendió. Como un hombre maduro avezado en negocios, impasible, casi con desprecio, levantó el brazo derecho y mostró la palma de la mano. Me incliné hacia él para ver de cerca qué era lo que con tanta decisión enseñaba: en signos tan grandes como cabían en su mano infantil, aparecía escrito: 50 bath.

Cogió el billete. Y con la misma indiferencia de antes, igual de inexpresivo y lejano, se dio media vuelta y se alejó. Una mujer joven salió a su encuentro, le miró dulcemente y, después de guardar el billete, le sonrió... Y puso en su mano otra ristra de postales.

El niño desanduvo sus pasos, y con una expresión distinta, premiado por la sonrisa de su madre, nos miró con aquellos ojos oscuros tan grandes que le ocupaban media cara, y nos dijo adiós agitando su manita en cuya palma seguía poniendo: 50 bath.

Nos fuimos de allí con cierta nostalgia, echando en falta el tiempo necesario para ver y mirar con calma; saborear los gestos, las sonrisas, hablar y dejar que hablen, ver más allá de una mirada, buscar lo que se esconde tras el rostro impasible de un niño de seis años; oír, escuchar a la joven madre de una criatura que vende en el mercado…

18. Palos chinos de la suerte serpiente pitón y folclore


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Tag(s) : #Compras

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