Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

  Siria-Jordania-S-036.jpg

 

 

Me reiría si no fuera por la vergüenza que me daba verle allí de pie, parado ante nuestra mesa, gesticulando como un filamento desgarbado, señalando su reloj de pulsera con ampulosos ademanes de mando. Su camisa azul de rayas desdibujadas por una noche de parranda, acentuaba la opacidad de su cutis terroso y semioculto por rizos negros bamboleantes, contrastando patéticamente con el frufrú de túnicas blancas y kafías de seda de los árabes elegantes que iban y venían del buffet complacidos consigo mismo. El paisaje al otro lado de la calle Shukri Al Quatly, con las cúpulas blancas de la moderna mezquita destacándose sobre el horizonte polvoriento de los nuevos barrios, era más atrayente que la presencia de nuestro guía sirio reinventado en sus malos modales. Me sentí aliviada cuando desapareció sin decir palabra; el Museo Arqueológico estaba allí al lado y, además, aún era temprano.

Cuando bajamos al lobby, fui la primera en verlo. Antes de que pudiera darle los buenos días, resumió su mal café en cinco palabras “Y ahora querrán ir despacio”. Alonso le miró con hartura. Rara vez se tomaba la molestia de enfadarse, pero se planteó que o le paraba los pies en seco o nos iba a dar el viaje. Lo detuvo en lo que parecía una triunfal marcha hacia la salida y le dijo:

-Un momento, Ahmehd. Escucha bien lo que voy a decirte porque sólo te lo diré una vez: Este es un viaje privado hecho a medida de las necesidades del cliente. Y, ésas, las decido yo. ¿Lo has entendido? –Al no oír su respuesta le repitió-: Que si lo has entendido…

El problema de Ahmehd no era el mal café, es que no había desayunado. Se le derramó la leche cuando su mujer le tiró a la cabeza el móvil que se había olvidado en el cuarto. Y es que para ser un árabe cristiano tenía una vida sentimental complicada.

Me extrañó que, siendo el trayecto hasta el museo tan corto, Ahmehd insistiera en llevar el coche y me preguntaba cuál de aquellos aparcados a la entrada del hotel (Mercedes, BMW, Jaguar) sería el nuestro. Debió abrírseme la boca cuando vi a Khaled, que así se llamaba el nuevo conductor sirio, subirse a una furgoneta de seis plazas (al parecer, habíamos descendido de clase). Para más inri, Khaled, no era un conductor profesional, era profesor de idiomas en un instituto que, aprovechando el período de vacaciones escolares, se había contratado con la agencia para ganar un dinero extra y, sobre todo, hacer turismo gratis. Pero de eso nos iríamos dando cuenta más tarde: Una mañana, nos tuvo dando vueltas y vueltas en busca de una gasolinera; había tenido la poca cabeza de no llenar el tanque de combustible antes de emprender un viaje de casi cuatrocientos kilómetros, y hubimos de meternos por carreteras secundarias hasta encontrarnos perdidos en mitad del desierto; finalmente fuimos a parar a un pueblo dejado de la mano de Dios, donde tuvimos la suerte de que un hombre le vendiera el bidón de gasolina que tenía en casa.

Qué pareja tan singular la que nos había tocado en suerte.  

En pocos minutos llegamos al museo. Escuchamos las explicaciones de Ahmehd sobre la relevancia de las piezas de arte mesopotámico, egipcio, romano y árabe rescatadas de un palacio omeya de Palmyra que adornaban la puerta de entrada. Después se marchó a desayunar (“Pobrecito” había comentado Alonso. Sí, pero él bien que quiso acortarnos el desayuno, pensé yo). Un paseo por los milenios tercero y segundo a. C., a través de los descubrimientos de Ebla y Mari, me devolvieron el placer de sentirme en Siria: tablillas con escrituras de cinco mil años de antigüedad, las extraordinarias figuras de adoradores con las manos cruzadas de forma imposible y ojos de lapislázuli; la inquietante Isthar de pronunciadas curvas y ojos saltones, diosa de la belleza y del amor; en la sala de Ugarit se exponían objetos del 2500 a.C; las tablillas cuneiformes descubiertas contienen partituras musicales y textos sobre distintos ámbitos. En una se trata el divorcio entre Ammistamru, rey de Ugarit, y la hija del rey Ammuru, y hace referencia a la devolución de la dote y a su sucesión en el trono. Me acordaría de Ammistamru el día en que Ahmehd nos confesó que dejaría de ser cristiano para convertirse en musulmán porque así tendría dos mujeres y no perdería a sus hijas. No sé si llegó a hacerlo, contaba tantas mentiras…

Cuando Ahmehd se reunió con nosotros, nos faltaba por visitar la importante sala de la ciudad Dura Europus, pero estaba cerrada. De la sección islámica de vidrio y cerámica pocas explicaciones podía darnos, y sólo para leer los carteles… consideré que podía haber seguido desayunando.

 

Siria-Jordania-S-236.jpg

Museo Arqueológico de Damasco

5. La Gran Mezquita Omega desde el yihab

Mapa de Damasco aquí   

Artículos relacionados:

Florencia1 (3)Ciudades de Europa. Florencia

Copia-de-Copia-de-italia-enrique-sito-keti-012-copia-1.pngHacia Mae Hong Son

 

 

 


Tag(s) : #Museos

Compartir este post

Repost 0