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Al escribir la palabra mansión me doy cuenta de que nunca antes había visto este término tan impropiamente usado, y es que el nombre de este Simeón al que me refiero va siempre unido al de Estilita, es decir, anacoreta que vive sobre una columna; mejor dicho, en una plataforma sobre una columna. Pero ésa y no otra es la traducción de su nombre árabe, Qalaat Samaan. La columna, centro y origen de  un complejo paleocristiano, aval mudo de la increíble vida de Simeón, se halla en una escarpada meseta elevada sobre una llanura gris salpicada de manchas verdes.

Aquella mañana de cielo despejado, promesa de un caluroso día de sol, los visitantes, que suelen acudir a diario desde Alepo a visitar el lugar, aún no habían llegado. Y la soledad y el silencio reinante colaboraban en la intencionada solemnidad con que cuatro espléndidas basílicas, construidas siguiendo las direcciones de los puntos cardinales, rodeaban, ensalzándola, la columna de Simeón. Han pasado más de 1500 años desde que el emperador Zenón iniciara su construcción, también terremotos y guerras; aún así, se pueden seguir admirando los múltiples arcos y columnas que adornan sus robustas paredes. De la columna de Simeón sólo queda una masa informe que no sobrepasa los dos metros de alto, el resto se la llevaron los peregrinos, a trozos, como reliquia.

Simeón marcaba sus propios retos. Y para superarlos se imponía nuevos métodos de mortificación. Entre los actos de penitencia inventados por Simeón el uso del cilicio fue el primero y también el más sencillo. Aunque el cilicio ya existía –se utilizaba para denominar un tipo de prenda hecha con lana de cabra de los montes de Cilicia- él fue el primer asceta que lo utilizó como medio de mortificación para alejar tentaciones carnales y fortalecer el espíritu. (Ello me trae a la memoria el disgusto que ocasioné a mi madre cuando, un día, hablando del cilicio, le comenté que siendo yo adolescente, tras un Retiro Espiritual –el colegio los organizaba todos los años-, empecé a usarlo enrollado a la cintura. Inútil fue decirle que apenas molestaba porque, aunque era de alambre, no tenía pinchos que se clavaran en la carne como ella imaginaba. Se enfadó conmigo y con las monjas, y consigo misma por no haberse enterado a tiempo de poder evitarlo).

A punto de irnos, una avalancha bulliciosa se apoderó del recinto. Eran dos grupos de adolescentes de ambos sexos, cada uno con un profesor al frente. Ellas cubrían ya su cabeza con el velo islámico. (Me preguntaba si en sus colegios les habrían hablado de los beneficios del uso del cilicio contra los pensamiento impuros).

Y esta es, a grandes rasgos, la historia de Simeón:

Su vida de zagal habría transcurrido trivialmente pastoreando en los confines entre Cilicia y Siria si aquel invierno, cuando contaba quince años, no hubiese caído una de las nevadas más grande del siglo (s. IV). No pudiendo sacar las ovejas al monte, Simeón acudió a refugiarse en la iglesia de la aldea. Allí pudo escuchar a un monje recitar las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados… Bienaventurados…”. Y Simeón decidió que quería ser uno de aquellos bienaventurados. Siguiendo los consejos de un anciano sobre cómo conseguirlo, ingresó en un monasterio cercano. Como allí había pocos libros y quería recitar 21 salmos cada día de la semana se aprendió de memoria 150 salmos. Pasados dos años decidió que la vida en aquel monasterio no era lo suficientemente austera; probaría en el cenobio de Teleda. En el nuevo monasterio se comía en días alternos. Pero Simeón, iniciando una carrera en la que él mismo sería siempre su más cercano competidor, superó la regla comiendo sólo los domingos. En su joven cuerpo efervescente aparecieron exigencias tanto o más apremiantes que la sed y el hambre y, con ellas, el modo de acallarlas: tomando una cuerda cerdosa que encontró en el establo la enrolló fuertemente alrededor de su cuerpo. En la lucha que mantenía a diario, apenas un poco de carne sanguinolenta separaba la cuerda de los huesos; el dolor apagaría los nuevos instintos. Cuando las ropas y el suelo manchados de sangre lo delataron, el abad le obligó a retirarla. Pero estaba tan adherida a la carne que tuvieron que acudir otros monjes para ayudarle a despegarla. El abad pensó que el extremismo de Simeón era piedra de escándalo para los monjes y lo expulsó del monasterio.

Simeón se sentía un gran pecador y huyó lejos. Después de ser rescatado de una cisterna abandonada donde había permanecido durante cinco días orando, decidido a hacer su vida de penitencia en soledad, se alojó en una cueva. También entonces se empeñó en superar todos los límites. Durante la  Cuaresma no se limitó a hacer ayuno como el resto de anacoretas, sino que se abstuvo de probar alimento alguno y sólo aceptó que le dejaran una jarra de agua y unos pocos panes por si no resistía. Transcurridos los cuarenta días, cuando tiraron la tapia de lodo con que habían cerrado la entrada a la cueva, se encontraron con un Simeón exangüe, sin señales de vida. Gracias a la fortaleza de sus veintitrés años y a los cuidados de un anciano sacerdote, pudo recuperarse para nuevas mortificaciones. Se internó en el monte, construyó un muro de piedras que lo aislara del resto del mundo y se encadenó a una roca; y así permaneció un tiempo, aislado como quería, dedicado a la oración... Sin embargo, lejos de conseguir el aislamiento que buscaba, empezaron a llegar gentes de todas partes a visitarlo, incluso llegó un prelado de Antioquia que censuró su encadenamiento. Su fama se había extendido por todo Oriente hasta llegar a Europa; los peregrinos acudían a pedirle consejo, recibir su bendición e, incluso, en busca de un milagro. Pero Simeón necesitaba estar solo..., alejarse del resto de la humanidad. Fue, entonces, cuando mandó construir una columna, su mansión.

Su altura siempre le parecía escasa y la fue aumentando hasta alcanzar los 15 metros.

Instalado en su cima, sobre una pequeña plataforma rodeada de una barandilla, sin dormir, comiendo apenas nada una vez por semana, rezando postrado o de pie, nunca sentado ni echado, pasó el resto de su vida; treinta y siete años. En este tiempo no dejaron de acudir peregrinos en busca de milagros; reyes y príncipes de la Iglesia solicitaron su consejo, incluso le pidieron que ejerciera su influencia ante otros notables.

(Documentado en La vida de Simeón Estilita según Teodoreto, sacerdote de Antioquia, s. V, y Evagrio, abogado e historiador de Antioquia  s. VI)

 

Hay quienes dicen que abrazar un árbol les da paz y, al mismo tiempo, se sienten cargados de energía, como si el árbol compartiera con ellos su savia a través de la corteza y, al contacto con la piel, se convirtiera en glóbulos rojos que oxigenaran las venas de sus manos, de sus brazos, de todo su cuerpo. Yo nunca pude sentirlo (tampoco abracé muchos árboles a lo largo de mi vida; a decir verdad, sólo probé a hacerlo una vez y no sentí más que la rugosidad de su corteza). El arte a través de una piedra esculpida, de un cuadro, de las palabras de un libro, de las notas musicales de una ópera o de un concierto; la vida de un ser extraordinario, la obra del hombre, en una palabra, es lo que tensa mi espíritu y me inspira más dinamismo.


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